Cuando empezamos a planificar nuestro viaje a Galicia, tras tomar la decisión de que utilizaríamos la llamada vía de la Plata, antigua carretera romana de discurre entre Sevilla y Gijón, lo primero que se nos vino a la cabeza fue hacer noche en la localidad zamorana de Toro con la intención clara y firme de visitar –esta vez, sí– la Colegiata de Santa María y el Pórtico de la Majestad, entre otras cosas, que en nuestro anterior viaje no pudimos ver por encontrase la ciudad celebrando sus fiestas patronales. Después de un largo día de carretera –recompensado en parte por nuestra visita a Hervás–, llegamos a Toro en torno a las siete y cuarto de la tarde, con la decepción impresa en el rostro después de habernos encontrado cerrada la iglesia de San Pedro de la Nave, a la que nos habíamos desviado previamente a propósito para visitarla. Sin embargo, nos topamos con que los horarios de visita que habíamos visto en días anteriores por internet no se correspondían con la realidad de los hechos.
Una vez en la ciudad, nos alojamos en la habitación 215 del céntrico HOTEL ALDA CIUDAD DE TORO, sito en la plaza Delhy Tejero, por la que abonamos cincuenta y cinco euros. Aparcamos inicialmente en la calle Puerta Nueva, aunque un poco más tarde conseguimos dejar el coche prácticamente a pie de hotel. Nos llamó la atención la advertencia del recepcionista sobre la no recomendación de beber agua del grifo pues llevaban varios meses con dicha prohibición dado el nivel de contaminación de las aguas de la ciudad. Para compensar esta situación, nos informó que nos habían dejado sendas botellas de agua mineral en la habitación, que, una vez en ella, pudimos comprobar que era amplia, limpia y bien iluminada, tenía tres camas, aunque evidentemente solo utilizamos dos, y con un cuarto de baño de dimensiones holgadas. Después de organizar la maleta que traíamos y de refrescarnos un poco , nos echamos de nuevo a la calle en torno a las ocho de la tarde. Habíamos leído –y habíamos podido comprobar in situ en nuestra anterior visita– que en Toro se tapeaba muy bien y con esa intención de tomar unas cervezas con unas tapas a modo de cena dirigimos nuestros pasos hacia la zona de la Plaza Mayor donde se ubicaban la mayor parte de una pequeña lista de cuatro o cinco bares que habíamos sacado de internet con fama de ser generosos y variados en las tapas que ofertaban. ¡Nuestro gozo en un pozo! Nuestra sorpresa fue mayúscula pues todos los que integraban nuestra lista estaban cerrados y con grandes carteles en sus puertas y ventas de SE VENDE o SE ALQUILA. A partir de este momento decidimos dar un largo paseo –aún era temprano– por algunos de los monumentos que íbamos a visitar la mañana siguiente: la Plaza Mayor, el Ayuntamiento, la iglesia del Santo Sepulcro y ¡la Colegiata!. Disfrutamos a placer viendo como la penumbra del cercano atardecer iba apagando los brillos de la amarillenta piedra de su magnífico ábside. Nos sentamos un rato para contemplar también el fuerte desnivel existente entre este espacio y el cercano río Duero cuyas aguas atravesaban mansamente el puente medieval de origen romano mientras se alejaban de la ciudad. Poco después iniciamos el camino de vuelta por calles por las que no habíamos pasado con anterioridad buscando algún bar en el que poder tomar un pequeño refrigerio. Misión imposible. Todos los locales de restauración que nos cruzamos estaban cerrados. No habíamos visto en una población la cantidad de carteles de negocios con la persiana echada como aquí. Finalmente, el único que nos encontramos abierto fue la cafetería del hotel, ubicada en los bajos del mismo. Entramos y nos sentamos en una mesa cercana a la puerta, que era una de las pocas que quedaban libres. Una numerosa clientela se arremolinaba alrededor de la pantalla de televisión que en esos momentos transmitía un partido de fútbol entre las selecciones de Escocia y España valedero para la Eurocopa 2024. Una amable camarera se acercó a nuestra mesa y le pedimos dos cervezas que nos trajo con presteza acompañadas de un generoso plato de patatas fritas de bolsa. Le pedimos que nos diera la carta y, tras su lectura, nos decantamos por una tapa –seguimos la recomendación de la cordial camarera que nos atendió– de foie de pato con manzana caramelizada, dos tapas de nuggets de rulo de cabra con miel y una abundante ración de cecina a la plancha con su correspondiente pan. Yo completé la noche con una copa de vino de la tierra. Pagamos quince euros por todo, nos levantamos de la mesa y nos dirigimos a la habitación del hotel en cuyas instalaciones nos encontrábamos. Pasaban algunos minutos de las diez y media de la noche. Ahora tocaba dormir.
Poco antes de las siete y media de la mañana, noche cerrada aún, aprovechando que Concha aún dormía, me eché a la calle y me dispuse a visitar aquellos lugares que yo llevaba planificados pero que, en teoría y dada la escasez de tiempo del que disponíamos, no íbamos a poder hacer, pues solo teníamos previsto estar en esta ciudad las primeras horas de la mañana. Así que salí de la habitación en el mayor de los silencios y enfilé mis pasos hacia la calle San Lorenzo el Real donde contemplé la elegante silueta de la iglesia del mismo nombre y que visitaríamos más tarde. La mañana se presentaba con el cielo totalmente despejado, pero con una temperatura fresca. Continué mi paseo matutino hasta llegar al conocido como PALACIO DE LAS BOLAS, cercano al actual Mercado de Abastos. Construido en ladrillo y piedra, luce en su fachada unos relieves de piedra en forma de bola, lo que dan nombre a la construcción y a la calle donde se ubica el conocido palacio. Muy cerca lucía la sobria fachada del CONVENTO DE LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN Y SAN CAYETANO, un antiguo palacio del siglo XVI donde, según habíamos leído, habitan tan sólo seis religiosas. Un poco más adelante llegué hasta las ruinas restauradas de la IGLESIA DE SAN PEDRO DEL OLMO construida en el siglo XIII, cuyo ábside conserva restos de pinturas murales góticas. A la espalda de este templo se alza la gigantesca mole del PALACIO DE LOS MARQUESES DE ALCAÑICES, construido en el siglo XVI, con tres plantas de altura y fachada de ladrillo. El edificio fue la última residencia del Conde Duque de Olivares, y también se celebró en él la boda de Doña Juana (hija de Carlos I) con Don Juan Manuel (rey portugués). Seguí caminando hasta llegar a la plaza de la Santísima Trinidad donde se encuentra el templo del mismo nombre. La IGLESIA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD conserva restos arquitectónicos de los siglos XII y XII. Y por fin, cuando el reloj marcaba las ocho casi en punto de la mañana me encontré el primer bar abierto, la CAFETERÍA TABLARREDONDA, a cuyo interior me lancé en busca de una bebida caliente. Un señor de avanzada edad jugando en una máquina tragaperras y yo éramos los únicos clientes que poblaban el local. Un camarero con gesto aburrido ordenaba la barra del establecimiento. Pedí un café con leche que me sirvió con prontitud acompañado de una pequeña magdalena industrial. El calor proporcionado por la ingesta del brebaje me procuró una sensación de bienestar que agradecí en silencio. Aboné mi bebida –1,30 euros– y me dispuse a continuar la visita. Me acerqué al aledaño PALACIO DE LAS LEYES, donde en 1505 se leyó el testamento de Isabel “La Católica”, proclamando heredera de Castilla a su hija Juana y regente al rey Fernando. En la actualidad solo se conserva la portada de estilo gótico, pero que es realmente bella. Volví sobre mis paso y me desvié en la calle Tablarredonda para pasar delante de la refinada fachada de la CASA DE LA NUNCIATURA, palacio considerado como uno de los edificios civiles más importantes del conjunto histórico de Toro. Justo en la intersección de la calle Arbás y la anteriormente mencionada destaca la presencia del MONASTERIO DE SANTA SOFÍA, fundado a principios del siglo XIV por la reina regente de Castilla Doña María de Molina. Y desde allí hasta la cercana IGLESIA DE SANTA MARÍA DE ARBÁS, de estilo románico-mudéjar, construida en piedra, tapial y ladrillo. A la fábrica inicial pertenecen algunos restos del muro septentrional: un arco apuntado tapiado y una ventana abocinada. Ni que decir tiene que pocas ciudades me habían sorprendido más que esta urbe zamorana, principalmente por dos motivos: el primero por la enorme cantidad de casas palaciegas renacentistas y barrocas diseminadas por su intrincado –a veces– callejero; el segundo, mi enorme sorpresa ante la numerosísima cartelería de “Se vende” o “Se alquila” colgada en multitud de fachadas. Desde aquí me adentré en la calle Magdalena para llegar al MIRADOR PUERTO DE LA MAGDALENA, donde se rehúnde el terreno en vertiginosas cárcavas rojizas horadadas por la fuerza del agua. Ya de vuelta hacia el hotel, pues iba siendo hora de despertar a Concha, contemplé la belleza de los ábsides construidos en ladrillo de la iglesia de San Salvador de los Caballeros, desacralizada en la actualidad y reconvertida en museo, de la que hablaremos cuando realicemos la visita a la misma incluida en el bono Toro Sacro. No obstante, y dado que aún no habían dado las nueve en el reloj, me desvié por la calle Rejadorada para terminar de visitar lo que no teníamos previsto. Impresiona la aristocrática fachada del PALACIO REJADORADA, hoy convertido en un establecimiento hotelero. Sin embargo, la historia de este palacio merece ser contada. Tras la decisiva batalla de Toro, en 1476, entre las fuerzas de Isabel I de Castilla y Juana la Beltraneja, reina consorte de Portugal, los partidarios de la segunda planearon entregar la ciudad a la reina católica. Al frente de los conspiradores se hallaba Antonia García de Monroy, que fue descubierta y ajusticiada por los leales a La Beltraneja y sus tropas portuguesas, que colgaron su cadáver en la reja de esta casa. Más tarde, cuando los Reyes Católicos entraron por fin en la ciudad, mandaron dorar aquella reja en homenaje a la heroína toresana. Un poco más adelante se puede ver la imponente fachada del PALACIO DE VALPARAÍSO. Edificado en el siglo XVIII tiene una fachada lineal, construida totalmente en piedra. Sobre la portada el blasón de la familia Vivero, ascendientes de los marqueses de Valparaíso. En una bocacalle que viene a morir por la que iba andando destacaba la fachada color berenjena del TEATRO LATORRE, construido a mediados del siglo XIX y dedicado al actor local Carlos Latorre. Seguí caminando hasta llegar a la IGLESIA DE SANTA CATALINA DE RONCESVALLES, construida en una mezcla de sillería de piedra y ladrillo. La entrada o portada principal tiene una galería porticada. Habíamos leído que en estos momentos está desacralizada y es lugar donde se guardan algunos de los pasos de Semana Santa. Enfrente se yergue el edificio de una residencia de ancianos dependiente de la Diputación Provincial en lo que en su día fue iglesia de algún convento desaparecido. Finalicé mi paseo mañanero llegando hasta el ARCO DE SANTA CATALINA, abierto en el tercer recinto amurallado en el siglo XVIII. En este punto volví sobre mis pasos ya camino del hotel. No obstante, lo iba a hacer dando un pequeño rodeo. Así, al llegar a la altura de la calle Cristo giré a la izquierda para visitar la adusta fachada del CONVENTO DE SAN JOSÉ, ocupado por una congregación de Carmelitas Descalzas, seguidoras de los pasos de Santa Teresa. Muy cerca, en una plaza encantadora, se abría la fachada del REAL MONASTERIO DE SANTA CLARA, fundado por la hija primogénita de Alfonso X el Sabio. Finalmente, siguiendo la calle Hornos vine a salir a un lateral de la IGLESIA DE SAN JULIÁN DE LOS CABALLEROS, ubicada frente a la ventana de nuestra habitación en el hotel. Presenta una fachada, de transición gótico-renacentista reedificada a finales del siglo XIX. Eran las nueve y cuarto de la mañana y las algo más de dos horas del paseo habían cundido. No obstante, antes de subir a la habitación me decanté por entrar en la cafetería del hotel donde habíamos estado la noche anterior y tomarme un segundo café con leche, con idéntico precio al que me había tomado una hora antes.
Recogida la habitación, bajamos a recepción y abonamos la cuenta. Cargamos la maleta en el coche y nos adentramos de nuevo en la cafetería del hotel para que Concha desayunara. Pedimos sendas tostadas de aceite y tomate con los respectivos cafés con leche. Tres llevaba ya esa mañana. Finalizado el desayuno, nos dirigimos por la calle Sol hacia la primera visita incluida en el bono que íbamos a comprar. Previamente pasamos de nuevo por la coqueta PUERTA DEL MERCADO, también llamada TORRE DEL RELOJ, construcción del siglo XVIII levantada sobre la puerta principal del segundo recinto amurallado. Casi contiguo a esta vimos el llamado ARCO DEL POSTIGO en el que aparece el relieve de la Anunciación. Llegamos por fin en torno a las once menos cuarto a la iglesia de San Sebastián de los Caballeros, sita en la Plaza de la Paja, donde compramos dos entradas del paquete turístico llamado TORO SACRO con el que se podía acceder a la Colegiata de Santa María y a cuatro iglesias musealizadas y por tanto desacralizadas. El precio que pagamos fue de doce euros. No obstante, la señora que nos vendió las entradas tuvo problemas con la red de internet porque no le funcionaba correctamente en ese momento. Ello supuso que al resto de iglesias que comprendía el bono pudiéramos entrar porque llevábamos las entradas física, pero no porque figuráramos en su aplicación como poseedores de las mismas. La IGLESIA DE SAN SEBASTIÁN DE LOS CABALLEROS, construida en el siglo XIII, es de planta rectangular, consta de una sola nave, con capilla mayor. En la década de 1970 el Estado decide restaurarla para albergar las pinturas murales procedentes del monasterio de Santa Clara. Las pinturas corresponden a la tercera década del siglo XIV. El tema de las pinturas se puede clasificar en tres bloques: el primero, llamado Ciclo de Sta. Catalina de Alejandría, está dedicado a la virgen y mártir; el segundo, el Ciclo de San Juan Bautista con escenas relacionadas con este santo; y el tercero, la Historia de los evangelios y de los santos, con escenas dedicadas a San Francisco de Asís, San Cristóbal y otras relacionadas con la vida de Jesucristo. Finalizada la visita nos encaminamos hacia la IGLESIA DE SAN SALVADOR DE LOS CABALLEROS, de estilo románico-mudéjar, fue erigida a comienzos del siglo XIII y gestionada por la Orden de los Caballeros del Temple, de ahí su nombre. Presenta una planta, de tres naves con las correspondientes capillas y ábsides. Para nosotros, exceptuando la Basílica, fue la visita más completa en cuanto a contenido. Entre las obras que custodia podemos ver varios capiteles de la Colegiata románica de la ciudad, una estatua pétrea de la Virgen con el Niño del siglo XII, y en ella el Niño no aparece en el regazo de la Virgen, sino que está suspendido a la vez que la Virgen le sujeta por las caderas, un Cristo policromado románico de la iglesia de Nuestra Señora del Canto, un sarcófago del siglo XIV de la iglesia de Santa María de Arbás, las imágenes de San Juan y la Virgen, una talla de la Virgen de la Vega, del siglo XIII y la mesa de altar románica de la iglesia de la Trinidad. Una visita realmente muy interesante. Desde aquí nos encaminamos hacia la plaza Mayor para visitar la que consideramos menos atractiva de la oferta del bono Toro Sacro. La IGLESIA DEL SANTO SEPULCRO, de primitiva fábrica románico-mudéjar, ha llegado hasta nosotros muy transformada debido a las reformas llevadas a cabo entre los siglos XV y XVII. Nos dio la sensación de que su función actual es la de custodiar las distintas tallas que procesionan en la Semana Santa de la ciudad. Numerosas imágenes de Jesús, la Virgen y otros santos se ubican en las distintas capillas y espacios adaptados a tal fin. Un grupo de escolares escuchaban con un silencio recogido y exquisita educación las explicaciones de un guía sobre los distintos pasos procesionales. Finalizada la visita y realizadas las correspondientes fotos, nos encaminamos hacia el plato fuerte de todo el bono: la Colegiata y su Portada de la Majestad. La fábrica de la COLEGIATA DE SANTA MARIA LA MAYOR pertenece fundamentalmente a los siglos XV-XVII. De su primitiva fábrica, románico-mudéjar, conserva la torre (aunque desmochada), las fachadas occidental y septentrional, la cabecera con tres ábsides y bóvedas y uno de los arcos formeros. De notoria calidad son los trabajos escultóricos de la primera etapa constructiva, centrados en los capiteles de la cabecera y en la puerta septentrional, que acusa la huella del gran legado que el maestro Mateo hizo a Santiago de Compostela y aporta un rico muestrario de instrumentos musicales tañidos por los Ancianos del Apocalipsis en torno a una manifestación de la divinidad de Cristo, flanqueado por los santos intercesores, la Virgen y San Juan. Sin embargo, la atracción principal del templo se abre en el interior del mismo, dando paso a la capilla de Santo Tomás, donde se levanta regia y grandiosa la PORTADA DE LA MAJESTAD. La portada occidental fue labrada y policromada en el último cuarto del siglo XIII, y es una de las más importantes manifestaciones de escultura monumental del período gótico en Castilla. Planteada en estilo románico en días de Fernando III y proseguida hasta su terminación en gótico. Presenta dos programas iconográficos. Uno, dedicado, en consonancia con el incremento de la devoción mariana en el siglo XIII, a la exaltación de la Virgen y de la Iglesia por ella simbolizada en su paso por la tierra, su muerte, asunción y coronación en el cielo. Sobre el tímpano, una representación selectiva de la Iglesia triunfante se sucede en las arquivoltas: ángeles, apóstoles, mártires, obispos y abades, vírgenes y dieciocho músicos con un variado e interesante repertorio de instrumentos. En la última arquivolta se exponen en posición radial las figuras del ciclo del Juicio Final: un Cristo Juez humanizado por el espíritu risueño del gótico, ángeles con los instrumentos de la Redención, la Virgen y san Juan en actitudes intercesoras, la resurrección de los muertos, axesuados, y, en hileras divergentes, bienaventurados y réprobos camino del cielo y del infierno. El lenguaje brutal en que se expresan los tormentos de los condenados contrasta con la dicha de los elegidos, acogidos amablemente por el Padre Eterno en un lugar ameno, en el jardín del Paraíso, que difiere de las representaciones usuales del cielo y carece de precedentes escultóricos tan acabados. Muy original resulta también la presentación del Purgatorio como lugar físico, que comunica con el Paraíso, al que con ayuda de san Pedro acceden las almas purificadas por las llamas. Completamos la visita deambulando por el templo para ver la CAPILLA MAYOR, con diversos sepulcros murales del comienzos del siglo XVI pertenecientes a la familia Fonseca y los principales retablos que atesora la Colegiata: el de los Santos Juanes y el de San Julián. También nos llamó la atención una tabla flamenca llamada VIRGEN DE LA MOSCA ubicada en la antigua sacristía. Por último, destacan las cuatro esculturas sobredimensionadas de las pilastras de las naves realizadas en piedra policromada: el arcángel San Gabriel, Santiago el Mayor, San Juan Evangelista y una primorosa imagen de la Virgen en cinta, que nos recordó vivamente la que habíamos contemplado en otra pilastra de la iglesia de Santa María del Azogue en la ciudad de Benavente.
Con los ojos como platos y con un síndrome de Stendhal subidísimo, nos encaminamos hacia la última visita que teníamos programada. La IGLESIA DE SAN LORENZO EL REAL es de estilo románico-mudéjar y es una de las iglesias más antiguas de Toro (finales del siglo XII). Consta de una sola nave central de ladrillo, artesonado restaurado. A la izquierda se encuentra la capilla gótica del s. XVI. Alberga numerosos sepulcros. El más importante de éstos, junto a la cabecera del templo, de estilo gótico-flamenco, es en el que descansan los restos de Don Pedro de Castilla, nieto del rey del mismo nombre. En la capilla gótica lateral se ubica el retablo es de Fernando Gallego, pintura flamenca de finales del siglo XV. Consta de 24 tablas en las que vemos reflejadas escenas de la vida de la Virgen y del martirio de San Lorenzo, entre otras. Este retablo, que inicialmente se encontraba cubriendo el único ábside de la iglesia, puso al descubierto al ser desmontado para su restauración unos frescos del s. XVIII. El coro es de estilo morisco, del s. XVI, con policromía restaurada. También en su interior, una talla de la Virgen de Guadalupe –popularmente conocida como VIRGEN DE LAS OREJAS– de estilo renacentista. En este momento dimos por finalizada la visita a esta bella ciudad zamorana poseedora de un patrimonio increíble, pero que nos dio una sensación de moribundo que va perdiendo poco a poco su bienestar. Eso sí, antes de irnos, nos acercamos al supermercado Gadis que se encontraba muy cerca de donde teníamos aparcado el coche y compramos bag in box de tres litros de vino tinto de Toro que nos llevaríamos a Galicia. Santa María de la Moreruela nos esperaba con los brazos abiertos.