Artísticamente la ciudad de Toro había cubierto más que de sobra nuestras expectativas, aunque nos llevábamos una sensación agridulce en lo referente al futuro de su población después de haber visto que una inmensa mayoría de inmuebles estaban a la venta y numerosos negocios cerrados a cal y canto. Cubierta pues la visita, nos propusimos visitar las ruinas de uno de los monasterios que más nos han llamado la atención, las de Santa María de Moreruela que, aunque nos obligaba a desviarnos un poco de nuestra ruta principal, no suponía descalabro alguno en la planificación de nuestro viaje a Galicia. Eso sí, llevábamos poco gasoil ya en el coche pues no habíamos repostado desde que iniciamos el viaje en Torremolinos. Miré la aplicación que llevo en el móvil de gasolineras más cercanas y de mejores precios y me ofreció como más interesante y económica dentro de la ruta que llevábamos marcada la de Villarín de Campos, pequeño núcleo de población a menos de cuarenta kilómetros de Toro, donde llenamos el depósito. Llegamos al Monasterio pasadas las una y media de la tarde. Aparcamos el coche en un descampado, a la sombra de un árbol de tamaño considerable. Aún no habíamos descendido del vehículo cuando un señor, que desbordaba amabilidad por los cuatro costados, nos recibió y nos dio las indicaciones necesarias para llevar a cabo la visita a la vez que nos facilitó un pequeño folleto que satisfacía plenamente las dudas que nos pudieran surgir. Tenemos que decir que las ruinas de este monasterio eran totalmente desconocidas para nosotros. No habíamos oído hablar de este cenobio y si lo habíamos oído, se nos había olvidado por completo. Fue a través de uno de los grupos de Amigos del Románico que sigo en Facebook donde tuve las primeras noticias de su existencia. Y ver la foto de su famosa cabecera casi nos obligó a realizar esta visita.
El Monasterio de Santa María de Moreruela se localiza junto al río Esla y desde 1931 es considerado Monumento Histórico Artístico. Tradicionalmente se la ha conocido como la primera fundación cisterciense de la península, producida en la primera mitad del siglo XII. La visita comienza en la PORTERÍA, que actualmente funciona también como recepción de visitantes. Del desaparecido claustro, el lado oriental es el más interesante, pues en él se encontraba la SALA CAPITULAR, estancia con cuatro pilares que compartimentaban el espacio y cubierta con bóveda de aristas. Se trata de un espacio construido entre los siglos XII y XIII que ha sido objeto de una intervención reciente, en la que se ha completado la cubierta y los tres arcos por los que se accedía desde el claustro. La restauración se ha hecho utilizando materiales nuevos, de forma que se diferencia con claridad esta obra de la original. Al sur de la sala capitular se encuentra el ARMALIORUM, con dos nichos laterales, convertidos luego en arcosolios, y la sacristía. Inmediatamente después encontramos el LOCUTORIO, una pequeña sala cubierta con bóveda de cañón, para llegar a la SALA DE MONJES. Se trata de un espacio de planta rectangular que se desarrolla de forma perpendicular al claustro, cubierto por bóveda de arista sobre dos pilares cruciformes. Su construcción es de finales del siglo XIII. Dada la hora que era y que no teníamos muchas ganas de subir escaleras, las estancias reconstruidas de la parte superior de del cenobio las obviamos y nos dirigimos a disfrutar plenamente de la IGLESIA, construida a finales del siglo XII, todavía en estilo románico, aunque con elementos de transición hacia el gótico, como los arcos apuntados o las bóvedas de ojiva. No se conserva íntegra, pero han perdurado suficientes restos como para dar una clara idea de sus formas y volúmenes. Se trata de una planta de cruz latina compuesta por tres naves de nueve tramos y crucero muy marcado. De todo el conjunto, lo más destacado es la cabecera que está formada por siete absidiolos semicirculares que se abren a la girola, que alcanza mayor altura. Esta, a su vez, rodea la CAPILLA MAYOR o el ábside propiamente dicho, que eleva su cubierta por encima de todo el grupo formando una tercera altura.
Los absidiolos se cubren mediante bóveda de cuarto de esfera y se comunican con la girola a través de arcos de medio punto. La girola está cubierta en cada uno de sus tramos por bóveda de crucería. Si la visión de los restos de la capilla mayor y la girola se nos había hecho pródiga en sensaciones, aún nos quedaba lo mejor. Salimos de la nave del templo y caminamos por el exterior del mismo en paralelo a ella camino de la cabecera de la iglesia que se encontraba vallado debido a la restauración que en ese momento estaba operativa. Sin embargo, tuvimos la grandísima suerte de que en ese momento estaba entrando un camión por la zona vallada y nosotros, haciéndonos un poco los despistados, entramos detrás de él, lo que nos permitió disfrutar del conjunto de siete ÁBSIDIOLOS desde una cercanía digna de envidia. Al rato apareció el señor que nos había recibido para indicarnos que allí no podíamos estar, que debíamos salir fuera del recinto vallado. Nosotros, muy educadamente, le comentamos que no nos habíamos dado cuenta de la valla y que ya nos íbamos, eso sí, después de hacer multitud de fotos. Cuando el reloj marcaba algo más de las dos y media de la tarde enfilábamos camino hacia Gondomar.
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