Teníamos por segundo día consecutivo la jornada matutina plenamente libre. Los niños con actividades, Víctor tenía trabajo toda la mañana y Ana ya tenía preparada la comida de mediodía. Así que con esas perspectivas decidimos acercarnos a alguna localidad cercana a Gondomar para conocerla. Nos levantamos con calma y preparamos un desayuno ligero en casa. La mañana que se nos presentaba ante la vista anunciaba un día radiante de sol y una temperatura muy agradable. Cogimos el coche y bajamos en busca de los nietos, Levy y Chloe, a los que tenía que llevar al pabellón polideportivo donde tenían toda la mañana cubierta de actividades. Concha, mientras, se quedó en el piso para preguntar si era necesario realizar alguna compra. Dejados los nietos y recogida Concha, enfilamos en dirección a A Guarda (La Guardia, en castellano), una villa marinera fronteriza con Portugal donde viene a morir del padre de todos los ríos gallegos, el Miño. Habíamos leído que en este pueblo casi todo gira en torno al mar y la pesca, ya que muchos de sus habitantes trabajan en empresas vinculadas al mar, ya sea como mariscadores, pescadores, redeiras u otros oficios.
Algo más de media hora nos llevó recorrer los casi cuarenta kilómetros que separan Gondomar de A Guarda. El cielo continuaba siendo de un añil casi doloroso, más vivo aún que el azul del mar que se dibujaba a nuestros pies. Sin embargo –todo no iba a ser perfecto– un viento bastante molesto nos recibió al llegar a nuestro destino, que refrescaba bastante el ambiente. Buscamos aparcamiento mientras íbamos recorriendo las calles de entrada a la villa, labor que en un principio nos resultó infructuosa. Dejamos atrás el mercado y continuamos callejeando hasta llegar a la Carretera de Circunvalación, muy cerca del inicio de la calle La Cal donde conseguimos encontrar un hueco donde dejar estacionado el coche. Eran algo más de las diez y cuarto de la mañana cuando iniciamos la visita. Comenzamos a descender por la empinada pendiente de la calle La Cal en dirección al puerto. Llegamos a la calle Roda y desde aquí, terminamos de bajar a través de un par de callejuelas escalonadas a la rúa do Porto, desde donde nos dirigimos hacia el edificio de la LONJA que en ese momento se encontraba cerrada, ya que las subastas de pescado se inician a partir de las cuatro de la tarde, una vez que los marineros vuelven de faenar. Frente a este sencillo edificio, presidiendo una amplia rotonda nos encontramos el grupo escultórico llamado MONUMENTO O MARIÑEIRO, obra de José Núñez Pousa. En ella podemos ver representado un marinero con las redes, las rederas que elaboraban las mismas y una gamela, nombre que recibe una embarcación típica de la zona. Como dato curioso –aparece en la placa que hay en una de las caras de la base– este monumento fue inaugurado en 1991, siendo Manuel Fraga presidente de la Xunta de Galicia. Desde este punto, el caserío guardense –típicas casas marineras de variados colores– se nos mostraba en todo su esplendor, derramándose literalmente por la ladera sobre la que está encaramado. No obstante, antes de dirigirnos a visitarlo, giramos en dirección al ESPIGÓN del puerto donde un larguísimo muro nos recibe cubierto de murales que conforman un proyecto llamado “A Guarda escrita nas estrelas”. En él podemos encontrar iconos y diferentes diseños representativos relacionados con la historia local y el mundo marino.
Volvimos sobre nuestros pasos y continuamos caminando por la rúa do Porto hasta llegar a un pequeño triángulo ajardinado en el que se ubica el MONUMENTO DO MARIÑEIRO PERDIDO, donde el autor, Maxín Picallo, da forma al dolor por la pérdida de los marineros fallecidos en el mar con una pieza que representa a una mujer afligida por la soledad y la incertidumbre, con un farol en la mano, esperando el regreso de sus seres queridos. Muy cerca se encuentra el CONVENTO DE SAN BENITO, monasterio construido a mediados del siglo XVI que en la actualidad funciona como hotel y restaurante. De todo el complejo monástico, solo la IGLESIA DE SAN BENITO se conserva como edificio religioso. Tiene una solo planta, un retablo sencillo presidido por el santo y una portada barroca lateral con un gran escudo heráldico. En este punto, once y media de la mañana, decidimos hacer un alto en el BAR O PESCADOR, situado frente a la iglesia. A esa hora ya había varios parroquianos y una peregrina inglesa degustando alguna que otra cerveza en la soleada terraza del local. Nosotros decidimos entrar al interior y sentarnos en una de las numerosas mesas que en ese momento se encontraban todas vacías. Pedimos un café con leche y una manzanilla. Con los vasos ya en la mesa, Concha quiso añadirle a la infusión unas gotas de anís dulce por lo que me dirigí al camarero para pedirlo. Me resultó muy curioso la respuesta obtenida: no tenían anís, ni dulce ni seco. Ante mi incertidumbre, el camarero me aclaró que los cliente suelen pedir orujo blanco o de hierbas, nunca anís. Abonamos la cuenta y nos dirigimos de nuevo a la calle. Continuamos por la rúa Tío Binito para evitar la pronunciada escalinata que se abría ante nuestro ojos. Seguimos por la rúa Ireira para girar a la izquierda hacia mitad de la calle para llegar a la praza Bautista Alonso, anodino espacio presidido por el elegante CRUCEIRO DE MONTE REAL. Continuamos por la rúa Cervantes para desembocar en la praza do Reló, una explanada cuadrada ubicada en la zona más elevada del caserío y donde se ubican muchos de los edificios más significativos de la villa: la TORRE DO RELÓ, construcción medieval que formaba parte de la muralla, adornada por numerosos escudos nobiliarios y coronada por un reloj que se añadió al conjunto en los años veinte del siglo pasado; la OFICINA DE TURISMO, donde una chica muy amable nos facilitó varios folletos informativos de la localidad y nos premió con sendas pulseras de tela de peregrino, ya que en este lugar también se sellan los pasaportes de los numerosos peregrinos que realizan el Camino Portugués hacia Santiago de Compostela. En otro extremo de la plaza se encuentra el edificio del CONCELLO, construcción de nueva planta. Visto el contenido de la plaza, nos dirigimos por la rúa de Bernardo Alonso hasta la cercana IGLESIA DE SANTA MARÍA DA GUARDA, originariamente románica, pero ampliada en el siglo XVI. La fachada principal presenta características barrocas y la sencilla fachada sur recuerda el estilo renacentista. La torre lateral fue adosada en el siglo XIX, acción múltiple que se lleva a cabo en numerosas iglesias gallegas. Volvimos de nuevo a la praza do Reló iniciando ya el camino de vuelta. Esta vez, sin embargo, nos encaminamos por la rúa de San Marcos hacia rúa Muro que, como su nombre indica, conserva un lienzo significativo de la ANTIGUA MURALLA que circundaba la villa. También es destacable la presencia de un desgastado cruceiro en la esquina de una plazuela con cierto encanto y magníficas vistas del puerto. Continuamos por la rúa Colón, desde donde las vistas del Monte Santa Trega son espectaculares, hasta llegar a la praza de San Benito en la que nos encontramos con unos troncos de árboles muy peculiares: todos ellos estaban cubiertos por una telas de ganchillo con multitud de colores y diseños. Asimismo, de las ramas de los árboles colgaban, a imitación de frutos o flores, una especie de mantelillos pequeños también muy coloridos y llamativos. Seguimos caminando en busca del coche por la rúa Roda y en un momento determinado “escalamos” –no se puede decir de otra manera– por una serie de amplios escalones y pasarelas voladizas sobre un fondo inundado de pequeños árboles y numerosas calas sin flores hasta llegar jadeosos y con la lengua fuera al MIRADOIRO DA CAL que cuenta con unas excelentes vistas del caserío de la villa, del puerto y del espigón. Ya en la rúa La Cal, llegar al coche fue un problema menor.
Una vez en carretera, y dado que era una hora temprana, decidimos aprovechar el resto de la mañana en subir al MONTE DE SANTA TREGA o de Santa Tecla si se prefiere en castellano. En esta subida hay muchas cosas interesantes que hacer y ver, pero nosotros nos queríamos centrar fundamentalmente en dos: las vistas de la vecina Portugal y la desembocadura del río Miño, por un lado; y, por otro, visitar con tranquilidad la ermita de la santa que se encuentra en lo alto del monte. Ya habíamos visitado con anterioridad este lugar, sobre todo, el sorprendente castro celta que se encuentra en su falda. Pero los cielos no nos acompañaron en la cima y nos topamos con un manto espeso de nubes y algo de niebla que nos impidieron disfrutar del paisaje. Con estos pensamientos, iniciamos el ascenso por una carretera zigzagueante, de buen firme y con poco tráfico. No obstante, a los pocos metros de comenzada la subida nos encontramos con la sorpresa de una cabina en medio de la calzada que no recordábamos en nuestra anterior visita. ¡Una cabina! Y mayor fue el estupor con que nos quedamos cuando de aquel habitáculo salió un señor, miró con parsimonia dentro del coche y nos presentó un tique de cuatro euros y medio para poder subir, tres euros por el coche y el conductor y un euro y medio por la acompañante. Eso sí, nos avisó que si subíamos andando, la visita era gratis. Abonamos estoicamente los euros que nos había pedido y continuamos viaje con el coche hasta la cima del monte. Aparcamos sin dificultad en la explanada circular que corona el cerro que en esos momentos presentaba numerosos huecos libres. En primer lugar, nos dirigimos hacia el mirador que se abre ante el río y que muestra en todo su esplendor la abundante vegetación así como las numerosas villas y pueblos en ambas orillas, la española y la portuguesa. Tras la correspondiente sesión de fotos, nos apresuramos para visitar la ERMITA DE SANTA TECLA, un pequeño templo cuyos orígenes se pierden en el siglo XII. Se alargó la nave de la consta en el siglo XVI para dar cabida a la gran cantidad de fieles que acudían a él. A mediados del siglo XX, la ermita terminó perdiendo el retablo mayor barroco a consecuencia de las reformas llevadas a cabo. Una imagen de Santa Tecla, abogada de los males de la cabeza y del corazón, la encontramos en la parte derecha del templo. A ambos lados de la santa hay sendas bandejas de mimbre abarrotadas de exvotos muy variados como muestra de los favores concedidos por su intercesión. Finalmente, ante la fachada se levanta un bonito CRUCEIRO de finales del siglo XVII, donde podemos ver una imagen de San Francisco de Asís en el lugar que debería ocupar la virgen. Hay otro elemento curioso junto al muro que rodea el exterior del templo. Es una pequeña estela en la que se recogen una serie de MARCAS POVEIRAS, una espacie de escritura usada por los marineros de la villa portuguesa de Póvoa de Varzim, los cuales solían tallar estas marcas en las puertas de la ermita para dar testimonio de su paso por este lugar. Como en la actualidad las antiguas puertas del templo ya no existen, esta estela busca dar testimonio de la devoción de aquellos marineros portugueses por la santa.
En este momento dimos por concluida la visita y, aunque en el descenso del monte estuvimos tentados de detenernos un rato a ver de nuevo el CASTRO DE SANTA TREGA, el mayor y mejor conservado de estos asentamientos galaicos, finalmente decidimos continuar camino hacia Gondomar, no sin antes darnos un breve paseo montados en el coche por las afamadas CASAS INDIANAS que se conservan en esta villa, la mayoría construidas en la segunda mitad del siglo XIX y en las primeras décadas del XX por emigrantes guardeses que volvieron a su tierra. Pocos minutos pasaban de las dos y media de la tarde cuando entrábamos en el piso de Víctor y Ana, que nos esperaban con la mesa preparada y puesta para empezar a comer.
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