miércoles, 29 de marzo de 2023

SANTA MARÍA DE LA MORERUELA, UN ÁBSIDE QUE LO DICE TODO

 Artísticamente la ciudad de Toro había cubierto más que de sobra nuestras expectativas, aunque nos llevábamos una sensación agridulce en lo referente al futuro de su población después de haber visto que una inmensa mayoría de inmuebles estaban a la venta y numerosos negocios cerrados a cal y canto. Cubierta pues la visita, nos propusimos visitar las ruinas de uno de los monasterios que más nos han llamado la atención, las de Santa María de Moreruela que, aunque nos obligaba a desviarnos un poco de nuestra ruta principal, no suponía descalabro alguno en la planificación de nuestro viaje a Galicia. Eso sí, llevábamos poco gasoil ya en el coche pues no habíamos repostado desde que iniciamos el viaje en Torremolinos. Miré la aplicación que llevo en el móvil de gasolineras más cercanas y de mejores precios y me ofreció como más interesante y económica dentro de la ruta que llevábamos marcada la de Villarín de Campos, pequeño núcleo de población a menos de cuarenta kilómetros de Toro, donde llenamos el depósito. Llegamos al Monasterio pasadas las una y media de la tarde. Aparcamos el coche en un descampado, a la sombra de un árbol de tamaño considerable. Aún no habíamos descendido del vehículo cuando un señor, que desbordaba amabilidad por los cuatro costados, nos recibió y nos dio las indicaciones necesarias para llevar a cabo la visita a la vez que nos facilitó un pequeño folleto que satisfacía plenamente las dudas que nos  pudieran surgir. Tenemos que decir que las ruinas de este monasterio eran totalmente desconocidas para nosotros. No habíamos oído hablar de este cenobio y si lo habíamos oído, se nos había olvidado por completo. Fue a través de uno de los grupos de Amigos del Románico que sigo en Facebook donde tuve las primeras noticias de su existencia. Y ver la foto de su famosa cabecera casi nos obligó a realizar esta visita.  

TORO, RIQUEZA CASTELLANA EN DECADENCIA

 Cuando empezamos a planificar nuestro viaje a Galicia, tras tomar la decisión de que utilizaríamos la llamada vía de la Plata, antigua carretera romana de discurre entre Sevilla y Gijón, lo primero que se nos vino a la cabeza fue hacer noche en la localidad zamorana de Toro con la intención clara y firme de visitar –esta vez, sí– la Colegiata de Santa María y el Pórtico de la Majestad, entre otras cosas, que en nuestro anterior viaje no pudimos ver por encontrase la ciudad celebrando sus fiestas patronales. Después de un largo día de carretera –recompensado en parte por nuestra visita a Hervás–, llegamos a Toro en torno a las siete y cuarto de la tarde, con la decepción impresa en el rostro después de habernos encontrado cerrada la iglesia de San Pedro de la Nave, a la que nos habíamos desviado previamente a propósito para visitarla. Sin embargo, nos topamos con que los horarios de visita que habíamos visto en días anteriores por internet no se correspondían con la realidad de los hechos. 

martes, 28 de marzo de 2023

HERVÁS, ALGO MÁS QUE SU JUDERÍA

 Minutos antes de las siete y cuarto de la mañana subimos al coche cuando un día de cielos limpios comenzaba a clarear. Volvíamos de nuevo a Galicia para visitar a nuestros nietos, que no habíamos visto desde la Navidad pasada, pero habíamos planificado hacer un alto en el camino y dormir en la ciudad zamorana de Toro para continuar viaje al día siguiente hasta nuestro destino final. También habíamos decidido hacer una parada en la localidad cacereña de Hervás donde pensábamos almorzar. Hemos de decir además que la ruta que habíamos elegido esta vez para llegar a Gondomar era nueva para nosotros pues teníamos la intención de recorrer la mayor parte de la denominada Vía de la Plata –A66– que inicia su recorrido en Sevilla y finaliza en la ciudad asturiana de Gijón. El tráfico hasta la capital hispalense fue bastante fluido. Sin embargo, nos sorprendió la travesía sevillana. Imaginaba que habría alguna ronda que circunvalara la ciudad, pero nada más lejos de la realidad. Había que adentrarse en las avenidas capitalinas que a esa hora –en torno a las nueve de la mañana– mostraban un tráfico denso e intenso de personas yendo a sus trabajos o de escolares camino de sus centros educativos. Por tanto, tocaba armarse de paciencia hasta salir de la urbe hispalense. Media hora después, y cuando ya nos habíamos alejado casi cuarenta kilómetros de Sevilla, decidimos hacer una breve parada para tomar un pequeño desayuno, que ya iba siendo hora. Nos detuvimos en la VENTA ENTREMONTES, en la localidad de Guillena, casi a pie de carretera. El edificio, que seguro había tenido tiempos mejores, se ubicaba en una gran explanada de aparcamiento que en ese momento prácticamente se hallaba vacía. Entramos en el bar, en cuya barra varios lugareños hablaban con el camarero. Pedimos sendos cafés con leche y tostadas de aceite y tomate, que nos sirvió con soltura un presto camarero que se movía con habilidad tras el mostrador. Nos sorprendió el pan que nos sirvieron, una gruesa rodaja cuadrada de pan, pero que no era de molde. Comimos con apetito y afán las tostadas untadas de aceite y cubiertas de tomate y bebimos nuestro café con leche. Abonamos la cuenta –algo menos de cinco euros– y nos dirigimos al coche para continuar viaje.