Minutos antes de las siete y cuarto de la mañana subimos al coche cuando un día de cielos limpios comenzaba a clarear. Volvíamos de nuevo a Galicia para visitar a nuestros nietos, que no habíamos visto desde la Navidad pasada, pero habíamos planificado hacer un alto en el camino y dormir en la ciudad zamorana de Toro para continuar viaje al día siguiente hasta nuestro destino final. También habíamos decidido hacer una parada en la localidad cacereña de Hervás donde pensábamos almorzar. Hemos de decir además que la ruta que habíamos elegido esta vez para llegar a Gondomar era nueva para nosotros pues teníamos la intención de recorrer la mayor parte de la denominada Vía de la Plata –A66– que inicia su recorrido en Sevilla y finaliza en la ciudad asturiana de Gijón. El tráfico hasta la capital hispalense fue bastante fluido. Sin embargo, nos sorprendió la travesía sevillana. Imaginaba que habría alguna ronda que circunvalara la ciudad, pero nada más lejos de la realidad. Había que adentrarse en las avenidas capitalinas que a esa hora –en torno a las nueve de la mañana– mostraban un tráfico denso e intenso de personas yendo a sus trabajos o de escolares camino de sus centros educativos. Por tanto, tocaba armarse de paciencia hasta salir de la urbe hispalense. Media hora después, y cuando ya nos habíamos alejado casi cuarenta kilómetros de Sevilla, decidimos hacer una breve parada para tomar un pequeño desayuno, que ya iba siendo hora. Nos detuvimos en la VENTA ENTREMONTES, en la localidad de Guillena, casi a pie de carretera. El edificio, que seguro había tenido tiempos mejores, se ubicaba en una gran explanada de aparcamiento que en ese momento prácticamente se hallaba vacía. Entramos en el bar, en cuya barra varios lugareños hablaban con el camarero. Pedimos sendos cafés con leche y tostadas de aceite y tomate, que nos sirvió con soltura un presto camarero que se movía con habilidad tras el mostrador. Nos sorprendió el pan que nos sirvieron, una gruesa rodaja cuadrada de pan, pero que no era de molde. Comimos con apetito y afán las tostadas untadas de aceite y cubiertas de tomate y bebimos nuestro café con leche. Abonamos la cuenta –algo menos de cinco euros– y nos dirigimos al coche para continuar viaje.
Tres horas y media después abandonamos la autovía y recorrimos por carretera la escasa distancia que nos separaba de la localidad, algo más de cinco kilómetros. Aparcamos el coche en torno a las una y media de la tarde en la avenida Piñuelas y nos dirigimos hacía el BAR EL MIRADOR, ubicado en un lateral de la pequeña rotonda que contiene una elegantes letras que conforman el nombre de la población, pues nos habíamos merecido unas cervezas fresquitas después del largo viaje. Dos copas de cerveza con una apetitosa tapa de pollo frito con patatas pedimos en la barra del local que se encontraba bastante animado. Yo repetí una segunda cerveza que acompañaron con una excelente tapa de torreznos. Pagamos cuatro euros y medio por las tres cervezas –¡un euro y medio la copa!– y eso nos hizo pensar en almorzar en este bar cuando volviéramos de visitar lo que teníamos planificado pues tenía una amplia terraza con numerosas mesas, una carta que habíamos leído previamente muy completa y un menú del día por un precio bastante asequible.
Habíamos leído maravillas de la JUDERÍA que se conserva en esta población. Nos habíamos imaginado vagando entre sus estrechas calles llenas de un fastuoso encanto rememorando un pasado que se mantiene vivo en la sobria austeridad de los materiales con que los antiguos moradores levantaron sus casas. Adobe, madera de castaño y teja en vertical como elemento aislante configuran la arquitectura tradicional serrana adaptada al paisaje. Materiales autóctonos para una construcción, que hoy llamaríamos sostenible e inteligente. Sin más, iniciamos nuestro paseo por una amplia calle, de nombre Braulio Navas, franqueada a ambos lados por una vistosa arboleda desprovista de hojas dada la época del año, pero que a buen seguro proporcionaría un pasaje de sombra acogedora para los calurosos días de estío. En un momento determinado, un amable vecino se ofreció sin proponérselo nosotros para hacernos una fotografía, a la vez que nos hablaba con cariño de las bondades de la visita que íbamos a realizar. Pronto nos topamos con un bonito mural –pintado sobre la pared lateral de una casa baja– donde decenas de manos blancas muestran al espectador el poder de la unión de las personas para conseguir todo aquello que se propongan. En el centro, un gran corazón presidía la imagen, acompañado de las letras con el nombre del pueblo en un lateral. Al final de la calle giramos a la izquierda para toparnos con la elegante y sobria fachada del MUSEO PÉREZ COMENDADOR-LEROUX, un palacio barroco del XVIII perteneciente a la familia Dávila, con fachada de sillería granítica y cuidado exterior que en ese momento, por razones obvias se encontraba cerrado. Con anterioridad, esta casona había sido una vivienda particular, una biblioteca e, incluso, sede de la Comandancia Militar durante la guerra civil. Sin embargo, hoy en día acoge en su interior el legado del gran escultor Enrique Pérez Comendador, natural de Hervás, cuyas creaciones comparten espacio y protagonismo con las de su esposa, Magdalena Leroux. Volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar a la coqueta plaza de la Corredera presidida por una delicada fuente del siglo XVI con cuatro caños y con una escultura de bronce con motivos flores en la parte superior de la columna que emerge en el centro de la misma. Nos molestó un poco la presencia de numerosos vehículos aparcados que estropeaban un poco las fotos que hicimos, aunque también entendemos que los residentes en este pueblo también tienen que trabajar para poder vivir. Sin más, nos dirigimos hacia la zona más alta del pueblo donde se ubica la IGLESIA DE SANTA MARÍA DE AGUAS VIVAS, que se encontraba cerrada dada la hora que era. Fue allá por el siglo XIII cuando se inicia la construcción de un edificio murado defensivo, adaptado magistralmente al terreno sobre el que fue construido. En el interior del castillo existía una pequeña iglesia que se fue ampliando en diversas modificaciones, haciendo que la construcción original perdiera definitivamente sus peculiaridades defensivas en el siglo XVII. Su campanario se asienta sobre los restos de la torre del antiguo castillo. Presenta una muy bella portada, obra de Simón Pereda, de cantería y clasicista, pero con elementos manieristas, en la que llama la atención el jarrón con la flor de lirio, emblema de la Virgen, bajo el cual se puede leer una inscripción latina y a ambos lados cuatro columnas toscanas de granito. Tras las correspondientes fotografías nos dedicamos a recorrer los alrededores de la iglesia que todavía se conserva parte de una muralla medieval y cuenta con la presencia de un mirador desde el que se pueden contemplar impresionantes vistas de todo el municipio, parte del valle del río Ambroz y de los bosques y montañas de los alrededores.
Finalizada la visita iniciamos el descenso hacia la parte baja del pueblo. Deambulamos por callejuelas estrechas y zigzagueantes que nos anunciaban la pronta presencia de la judería. Llegamos a La Plaza, un espacio de agradable visión con dos partes muy diferenciadas, separada por el inicio de la calle de Abajo que se introduce de pleno en la judería. La zona de la izquierda está presidida por un olivo que proporciona una encantadora sombra a los dos bancos que se ubican en su entorno. Casi enfrente, una callejuela cuyas paredes las puede tocar una persona abierta de brazos. El lado derecho de La Plaza lo preside una preciosa fuente casi en un extremo, frente a la casa que vio nacer al escultor local Pérez Comendador. Poco después iniciamos la bajada de una de las calles más famosas de la villa, la calle de Abajo que viene a morir a los pies del puente que salva el río Ambroz y que da inicio al barrio más famoso de la localidad: la JUDERÍA, declarada Conjunto de interés Histórico en 1969, está constituida por callejuelas estrechas y casas con grandes voladizos, balconadas perfectamente cuidadas y abundancia de materiales autóctonos como la madera de castaño, adobe y granito. Pasear por sus calles es sumergirse en una época pasada, aunque viva y real. Se conservan aún los nombres de las calles Sinagoga, Rabilero, Cofradía… A poco de iniciar la bajada, haciendo esquina con la travesía Maxedo, contemplamos LA CABINA, una réplica en madera de una cabina original de teléfonos instalada en los años 90. Habíamos leído que era la única que había logrado sobrevivir al paso del tiempo de la decena larga que en un momento del pasado existieron en sus calles. Su interior está adornado por unas largas ramas secas y de sus cristales cuelgan pequeños carteles con información de actividades que se realizan en el pueblo. Unos metros más abajo la calle se bifurca: a la izquierda continua la calle de Abajo, camino del río, y a la derecha comienza la llamada calle de la Amistad Judía. Y en la intersección de ambas calles se encuentra LA ESTRELLA DE DAVID, un caserón rehabilitado de 600 metros cuadrados decorado con coloridas macetas reconvertido en casa rural. En su fachada se puede ver el caño del «Tío Julián», una pequeña fuente que es uno de los sitios más fotografiados de la villa. Continuamos el paseo por la calle de Abajo hasta llegar al puente de piedra que salva el río Ambroz y la Fuente Chiquita, un rincón con un encanto especial. Y es aquí, en la FUENTE CHIQUITA, donde surge la leyenda de “la estrella de Hervás”, que transcribo tal y como me la he encontrado en una web local. “Maruxa una joven judía de 18 años de edad, Julián un joven cristiano de 19 años. Julián diariamente cruzaba a caballo la parte baja de Hervás para dirigirse a sus tierras de Romañazos, durante su tránsito comenzó a cruzarse habitualmente con una bella joven judía, un flechazo produjo el amor entre los dos jóvenes. A partir de este momento, los jóvenes mantuvieron bastantes encuentros furtivos dando así rienda suelta a su amor. Debido sus diferencias religiosas, tenían que ocultarse lejos de las miradas indiscretas de los vecinos y el lugar elegido para estos encuentros fue la Fuente Chiquita, en el barrio de abajo, junto al puente que cruza el río Ambroz. Cierta noche, un muchacho los descubre y corre a contárselo a Dimas, unos de los pretendientes al que Maruxa había rechazado un tiempo atrás. El joven judío a su vez se lo hace saber al padre de la joven, exagerando aún más la historia, su progenitor es Ismael, un rabino intransigente, soberbio y con gran influencia en la comunidad judía. El rabino herido en su orgullo decide, justamente una noche antes del Sabbat (séptimo día de la semana, día sagrado de la comunidad judía), enviar a Dimas junto a otros dos judíos para acabar con la vida del joven Julián, acuden a la fuente Chiquita, y los sorprenden en pleno furor amoroso. Sin mediar palabra los judíos desenvainan sus puñales y Maruxa, viendo el peligro de su amado, se abraza temerosa a Julián para protegerle con su cuerpo. Pero los sicarios ciegos de rabia apuñalan a ambos una y mil veces, hasta dejar sus cuerpos inmóviles en el suelo rodeados por un charco de sangre, muriendo ambos abrazados junto a la Fuente Chiquita. El padre de Julián se limitó a recoger el cuerpo ensangrentado de su hijo para darle cristiana sepultura, en cambio, el rabino Ismael quiso demostrar su integridad religiosa, mandando enterrar los deshonrosos restos de su hija fuera del cementerio judío. Maruxa fue enterrada en uno de los márgenes del río Ambroz junto a la Fuente Chiquita. Desde entonces, «en determinados días, sobre todo de invierno, baja desde el Pinajarro un vientecillo fresco, salpicado de lágrimas, que produce un extraño rumor como de alguien que llora. Los lugareños lo llaman “el quejío”, equivalente a grito o suspiro, y dicen que son los suspiros de Julián y de Maxuja que recuerdan a toda la villa el incomprensible martirio de la pareja de enamorados”. Y con respecto al PUENTE DE PIEDRA, llama la atención la presencia en uno de sus pretiles de la imagen de un caballero tallada en piedra, un poco desgastada por el paso del tiempo, pero que se puede apreciar claramente esta figura humana sujetando su espada. Esta escultura es la típica imagen funeraria que se ponía sobre los sepulcros de la gente bien avenida en el Medievo, solo que esta está en posición vertical sobre el puente. Según habíamos leído, la talla proviene de la TUMBA DE DON ALONSO SÁNCHEZ, tallada en 1395 y trasladada desde la iglesia parroquial para ser colocada sobre el pretil como homenaje y para dar la bienvenida a los viajeros de la Vía de la Plata. Aprovechamos la soledad del entorno para hacer multitud de fotos y vídeos para rememorar en un futuro la fascinación y el embrujo de este lugar.
En este punto, pasadas las tres en pocos minutos, iniciamos el camino de vuelta hacia el coche, no sin antes hacer un pequeño alto para visitar el patio de reducidas dimensiones del PATIO DE LOS CÁCTUS, situado en una pequeña plazuela de la calle de la Cuesta. Sorprende la presencia de varios miles de cactus de todos los tamaños y colores plantados en los recipientes más curiosos: conchas marinas, pequeños recipientes de barro, tacitas, etc. La entrada al patio, según consta en un cartel en la fachada de acceso, es gratuita y los donativos para su mantenimiento voluntarios. Llegamos de nuevo a la casa rural La Estrella de David, pero esta vez nos desviamos por la calle Rabilero y nos dejamos llevar por la belleza de cada uno de los rincones y de las numerosas callejuelas que se abrían ante nosotros. Allí nos encontramos con la llamada CALLEJILLA, considerada como una de las calles más estrechas de España. Mide 55 centímetros de ancho y 12 metros de largo. La atravesamos y salimos a la travesía de la Moral, que ya tomamos como el fin de nuestra visita. Llegamos de nuevo al Bar El Mirador y nos sentamos en una de las mesas libres que había en la terraza de la calle. Después de ojear la carta y negociar con el camarero, pedimos un solo menú del día para los dos consistente en una exquisitas migas extremeñas con huevo frito de primero y un delicioso rabo de toro con patatas de segundo. Tras el postre –brownie con helado de nata– y un café solo para evitar posibles somnolencias, abonamos diecisiete euros. Desde aquí, camino al coche y a continuar viaje hacia Toro, aunque antes haríamos una pequeña parada para visitar la iglesia de San Pedro de la Nave, sita en el pueblo zamorano de El Campillo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario