Hoy habíamos previsto pasar el día fuera de Gondomar. Levy y Chloe tenían talleres durante toda la mañana, hecho que aprovechamos para planificar una excursión cercana. Y nos decidimos por visitar a primera hora de la mañana el Monasterio de Armenteira, al que teníamos muchas ganas de ver in situ, y pasar el resto del día en la capital de la provincia pontevedresa a la que habíamos hecho una rápida visita unos años antes, pero que no conocíamos con la profundidad que deseábamos. Así que, aprovechando una mañana esplendorosa con un sol radiante, tras llevar a cabo un desayuno reparador, salimos a la carretera dispuesto a recorrer los escasos setenta kilómetros que nos separaban del monasterio. Habíamos visto numerosas fotos del recinto monacal en las redes y estaba claro que estando tan cerca como estábamos, sería un sacrilegio no visitarlo. Habíamos leído abundante documentación sobre los orígenes y evolución del monasterio, que hunde sus raíces en una leyenda repetida en otras zonas de España –al abad San Virila del monasterio de Leire (Navarra) le ocurrió exactamente lo mismo– e incluso relatada en la Cantiga 103 de Alfonso X el Sabio:
“Ero, caballero de la corte de Alfonso VII, casado y sin hijos, sufría por esta situación tanto él como su esposa. Por intercesión de la Virgen María pedían a Dios un heredero. Una noche, ambos tuvieron un mismo sueño: la Virgen les aseguró que era voluntad de Dios que tuvieran muchos hijos espirituales. Decidieron fundar dos monasterios. Ero solicitó monjes cistercienses a San Bernardo de Claraval, quien envió cuatro monjes. Pasado un tiempo, Ero se convierte en Abad. Un día, el abad San Ero, salió a orar y, anonadado por el canto de un pajarillo, durmió durante 300 años. La leyenda cuenta que cuando despertó encontró el lugar totalmente cambiado y lleno de monjes. El más viejo comprobó que en sus libros se hablaba del santo Ero de Armenteira, noble y piadoso varón, fundador y abad de este monasterio, que nunca más fue visto después de salir a meditar al monte Castrove. San Ero, que tanto había pedido a la Virgen ver el Paraíso, murió impresionado por el milagro”.
En 1162 aparece por primera vez el nombre del monasterio en los documentos oficiales de la Orden Cisterciense. Siempre fue un monasterio modesto, con una comunidad poco numerosa. A finales del s. XV manifiesta cierta decadencia. La desamortización obliga a los monjes a abandonar el cenobio en 1837. A partir de ese momento los edificios, salvo la iglesia y la parte visible del claustro van desmoronándose. Hasta que a mediados de los años 60 del siglo pasado, un hijo del escritor Ramón María del Valle-Inclán funda una asociación que se encarga de llevar a cabo gran parte de la reconstrucción. En la actualidad, una comunidad de monjas regenta una hospedería, y en una pequeña tienda venden pastas y jabones que ellas mismas hacen con aceite de camelia.
Al monasterio se accede a través de un arco que da entrada a un patio terrizo rectangular donde el olor embriagado de las camelias recibe al visitante de un modo muy especial. Un cruceiro de granito, ennegrecido por el paso del tiempo, preside este espacio exterior. Del primitivo monasterio, construido en el siglo XIII, sólo queda en pie la iglesia que destaca por su sencillez y austeridad. Tiene en sí todos los rasgos de la simbología y la espiritualidad del Císter. Su portada es típicamente románica con arquivoltas ricamente decoradas. El crucero está cubierto por una cúpula de influencia mudéjar, única en Galicia. Tres naves muy simples, cubiertas con bóvedas ligeramente apuntadas, armónicas en sus líneas, expresan el orden y la simplicidad del despojo. Al fondo de la nave central, un rosetón de calados geométricos florados deja penetrar por el sol mortecino del poniente antes de que las sombras invadan de nuevo el recinto a la caída de la noche. En su interior llaman la atención el BALDAQUINO DEL ALTAR, del siglo XVIII, y la figura de la VIRGEN DE LAS CABEZAS, con un pecho desnudo, sujetando al Niño. La talla de madera policromada es del siglo XVI y la imagen se relaciona con la aparición de la Virgen al monje cisterciense San Bernardo, a quien le agradeció su devoción permitiéndole probar unas gotas de la leche con la que amamantaba al Niño. También destaca una hermosa PILA BAUTISMAL de corte románico ubicada a los pies del templo, al igual que una pila de agua bendita apoyada sobre dos medias columnas con sus capiteles con el nombre de “Armenteira” en uno de sus laterales. El actual claustro, comenzado en la segunda mitad del siglo XVI, muestra en la variedad de sus claves de bóveda, las diferentes épocas de su construcción, que se prolonga durante más de un siglo. La puerta de acceso es lo único que queda del primitivo claustro. Visto el claustro nos acercamos a contemplar los tres hermosos ábsides que coronan la cabecera de la iglesia. En ese punto, abandonamos el recinto, pero antes de dirigirnos hacia el coche para continuar viaje hacia Pontevedra, nos acercamos a disfrutar del entorno paisajístico que rodea este conjunto monumental conformado por numerosos bosques con elevado arbolado y a despedirnos del busto de GONZALO TORRENTE BALLESTER, que tuvo una relación entrañable con el monasterio que aparece descrito en alguna de sus obras.
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