domingo, 2 de octubre de 2022

ROMANGORDO, EL ARTE DEL TRAMPANTOJO

Algo después de las ocho y media de la mañana eran cuando bajaba las escaleras camino del salón/cocina. Aún no se había levantado nadie y el silencio solo era roto por el continuo canto de los numerosos pajarillos que realizaban sus vuelos de instrucción mañanera. Minutos después aparecían Biel y Oliver que rápidamente se pusieron a jugar con los innumerables Superthings que juntaban entre los dos. Algo más tarde se unía el resto de los habitantes de la casa. Preparamos un contundente desayuno compuesto de café, leche, tostadas, aceite y fiambre y planificamos lo que íbamos a hacer esa mañana. Después de debatir breves momentos, acordamos que esa mañana visitaríamos una pequeña población situada casi a pie de la autovía A-5 distante unos sesenta kilómetros de La Cumbre de nombre Romangordo, que ya habían visitado con anterioridad Carlos y su familia y que les había gustado mucho. Dicho y hecho. Subimos a los coches y nos dirigimos por una autovía de muy escaso tráfico que no es otra que la que une la ciudades de Cáceres y Trujillo, circulación que aumentó progresivamente una vez nos incorporamos a la autovía que conducía a Madrid. Media hora después dejábamos los coches en un aparcamiento habilitado por el ayuntamiento frente al Centro de Interpretación de la Ruta de los Ingleses, surgida con la intención de dar conocer la batalla de la Guerra de la Independencia que tuvo lugar el 19 de mayo de 1812, en la que los franceses fueron derrotados por tropas inglesas en Lugar Nuevo (término municipal de Romangordo). La celebración tiene lugar el sábado más cercano al 19 de mayo. La ruta consta de 16 kilómetros –de dificultad media– que corresponden al último tramo del recorrido que realizaron 3.500 soldados ingleses antes de derrotar al ejército francés. Evidentemente no hicimos la ruta por falta de tiempo y porque algunos de los componentes de nuestro pequeño grupo no se encontraban motivados para ello.

Nada más comenzar la visita al pueblo nos dimos cuenta de que este enclave de algo menos de 300 habitantes es un verdadero museo al aire libre gracias a su RUTA DE LOS TRAMPANTOJOS. Casi un centenar de estas pinturas fuimos contemplando por las distintas callejas empinadas de la localidad. Y es que no hay rincón del pueblo en el que no esté retratado un oficio, muchos de ellos situados en el mismo lugar donde se ubicaban antaño sus protagonistas: la telefonista, el zapatero o el profesor pintado con sus alumnos en lo que era la antigua escuela. Incluso, los más mayores, fuente de sabiduría local, tienen sus propios murales en la residencia de ancianos. Habíamos leído que detrás de estas obras están los alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Chefo Bravo, Sojo y Brea llevan decorando este pueblo extremeño con pinturas desde 2016, cuando, para cubrir un rincón que quedaba vacío y feo, se decidió pintar El rincón del burro. Tuvo tal acogida que se siguieron cubriendo viejas fachadas y cocheras hasta convertirse en la seña de identidad de la localidad. Y este rincón fue nuestra primera aproximación a los trampantojos pues se encontraba muy cerca de donde habíamos dejado aparcado el coche. También nos agradaron sobre manera las numerosas casas típicas de la arquitectura de la zona, con sus porches voladizos y el blanco vívido de la cal deslumbrante bajo los rayos del sol. Y callejeando, callejeando llegamos a la plaza de España, donde se ubican los dos centros de poder de la localidad: el ayuntamiento y la iglesia. La plaza, un amplio espacio diáfano castigado por el sol, nos ofrece dos grupos de esculturas donde unos niños practican juegos compartidos de antaño. El AYUNTAMIENTO no presenta ningún elemento destacable, si acaso su tamaño. La IGLESIA DE SANTA CATALINA, por su parte, es un edificio del siglo XV de mampostería reforzada con sillares de granito en las esquinas y fachadas. Tiene una apariencia modesta con escasa decoración. Presenta tres sencillas portadas simples de arcos de medio punto, una de ellas tapiada. Habíamos leído que este templo de una sola nave cuenta con un artesonado mudéjar de los mejores de la comunidad extremeña, pero evidentemente artesonado que no pudimos ver porque la iglesia se encontraba cerrada al culto porque presenta una serie de deficiencias estructurales que afectan a su cubierta y suponen un elevado riesgo de posibles desprendimientos. Concha y los niños –Biel y Oliver– estuvieron un rato jugando en la plaza, imitando los juegos de las esculturas infantiles: el corro de la patata o el salto del borrucho –así se llamada en mi lejana infancia–. Desde aquí los dirigimos hacia el único bar del pueblo, el BAR-CAFETERÍA CENTRO SOCIAL, situado junto a las espaldas del ayuntamiento. Las paredes que rodeaban las mesas de la terraza del local rememoraban la cercana escuela con alusiones a los escolares sentados en sus pupitres atendiendo las palabras del maestro, así como pequeños textos de Antonio Machado o Federico García Lorca relacionados con el mundo escolar. En una mesa de la terraza nos sentamos y pedimos cervezas y refrescos que nos sentaron de maravilla, dada la hora que era –algo más de las una y media de la tarde–. Pedimos también una ración de oreja, otra de croquetas y un bocadillo de pechuga de pollo para compartir. Los niños se decantaron por unas hamburguesas con patatas fritas. Repuesto el ánimo, emprendimos regreso hacia los coches, no sin antes pasar antes los dos murales más impactantes bajo nuestro punto de vista: el primero, un grupo de mujeres sentadas al fresco en la puerta haciendo labores de costura acompañadas de un señor que está trabajando en el asiento de anea de una silla; y el segundo, que hace referencia a la violencia de género y que sobrecoge por su realismo. En él se muestra a una mujer, que dicen es la madre del autor, con una paloma de papel y las palabras «valientes, iguales y libres» escritas en ella. Con ello dimos por finalizada la visita a esta encantadora localidad muy cercana al Parque de Monfragüe.


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