Volvíamos de nuevo a casa de nuestros amigos José Manuel y Paqui ubicada en la localidad giennense de Torres. Íbamos a pasar tres días –del 20 al 23 de junio de 2022– con ellos y con otros amigos que se irían incorporando a la reunión en función de su disponibilidad. Durante el fin de semana previo, habíamos comprado productos malagueños para llevar a la reunión de amigos que íbamos a llevar a cabo a lo largo de prácticamente toda la semana que teníamos por delante: dos medios quesos de cabra –uno curado y otro semicurado–, unas tripas variadas de salchichón malagueño Prolongo, unas morcillas –una blanca y otra amarilla–, una botella de vino dulce de Málaga, y varios paquetes de dulces típicos de esta tierra. A todo esto le añadimos dos tápers grandes de berenjenas en conserva hechas por Concha y sendas botellas de orujo casero gallego, una de licor de hierbas elaborado por mí el año anterior, y otra de orujo blanco que usaríamos para hacer una queimada, con sus conjuros correspondientes y toda. Nuestros amigos, Pepe y África, habían llegado el domingo 19 por la tarde y, evidentemente, habían dormido ya esa noche en casa de nuestros anfitriones.
Nosotros fuimos los segundos invitados en llegar –lunes, 20 de junio– y aparcamos el coche frente a la casa de nuestros amigos poco antes de las una de la tarde. Descargamos el equipaje que subimos a nuestra habitación ubicada en el segundo piso de la casa, e hicimos entrega de las viandas que habíamos traído a José Manuel que las colocó en el sótano, lugar donde se hallaba la cocina, un salón comedor y el patio propiamente dicho donde íbamos a pasar la mayor parte del tiempo. Finalizadas estas tareas, nos unimos al grupo para tomar unas cervezas y algunas de las muchas tapas que se esparcían en una engalanada mesa. José Manuel había preparado para comer ese mediodía un arroz con garbanzos y caracoles gordos, adornado con trozos grandes de pimiento rojo, que tenía una pinta magnífica y, tras comerlo, un sabor difícil de olvidar. Una reparadora siesta en uno de los sofás del salón donde habíamos comido fue el colofón perfecto para una excelente comida. Avanzada la tarde llegaron Andrés y Jose y un poco más tarde, ya casi anochecido, lo hicieron Vicente e Irene. Cada pareja aportó aquella comida y bebida que habíamos acordado en conversaciones telefónicas previas.
La cena de esa noche, ya con el grupo de asistentes completo, fue ligera pues consistió en un variado de tapas compuesto por fiambres y quesos, a las que se unió también algún plato del arroz con garbanzos y caracoles gordos que había sobrado de la comida de mediodía, todo ello regado generosamente con unas latas de cerveza muy frías y unos vinos manchegos exquisitos –blanco y tinto– que habían aportado nuestros amigos Pepe y África. Quiero recordar que nuestro anfitrión puso sobre la mesa un plato pequeño de berenjenas afirmando que no iba a poner más porque el resto “me las ha traído Concha para mí”, pues las consideraba excesivamente buenas como para compartirlas y se las reservaba para él de modo exclusivo.
El desayuno del segundo día –martes, 21– cada cual lo hizo a su hora y modo, a medida que iban bajando a la cocina donde Paqui, nuestra anfitriona, iba preguntando con paciencia espartana qué tipo de café –descafeinado o normal–, qué clase de leche –con o sin lactosa– y qué deseábamos para acompañar: tostadas de aceite y tomate, magdalenas o fiambre. Después del desayuno y tras acicalarnos, los hombres –con la bendición de nuestras señoras– nos fuimos a dar un paseo por las calles del pueblo y las mujeres se prepararon para terminar de comprar los pocos ingredientes que faltaban para la comida de mediodía. Recorrimos las encabritadas y estrechas calles del pueblo, unas veces por significativas pendientes y otras por empinadas escaleras que salvaban el desnivel de una calle a otra: Cerrillo, de la Goleta, Baltasar Garzón Real –afamado juez nacido en esta localidad–, Paseo del Parque, Corredera, Jesús Castillo Solís, Rambla de San Gil… son, entre otros, algunos nombres de las calles que recorrimos esa mañana y las siguientes. Pocos minutos faltaban para las doce cuando decidimos hacer un alto en el Bar El Lechero. Entramos y nos sentamos en una mesa situada al fondo del local cerca de la barra. En esos momentos había un numerosa clientela degustando el desayuno, pero nosotros nos decantamos por tomar unas cervezas –Pepe prefirió pedir café– que una diligente camarera nos sirvió con rapidez acompañadas de un plato generoso de jamón y pan regado con aceite. Abonada la cuenta, salimos de nuevo a la calle para terminar el paseo subiendo los elevados escalones de la Rambla de San Gil, canalización de aguas realizada en 1965, aunque el origen de este encauzamiento se remonta a 1843, cuando las aguas torrenciales que cayeron el 1 de septiembre –festividad de San Gil, de ahí el nombre– y la crecida de los cauces dividieron al pueblo en dos y arrastraron 55 vidas humanas hasta la muerte. Preside el inicio de la rambla –o final, según se mire– la curiosa Fuente del Mosquito, insecto realizado a base de orzas cerámicas de diverso tamaño. En el tramo que atraviesa la calle Baltasar Garzón también se puede contemplar una reproducción de gran tamaño de un envase de gaseosa La Torreña, marca local ya desaparecida. Cuando llegamos a la casa de nuestros anfitriones, José Manuel ya nos tenía preparada la mesa con los platos y cubiertos dispuestos en ella de manera primorosa. Asimismo, en una mesa habilitada en el patio había preparado unos aperitivos que estaban esperando nuestra llegada y nuestro apetito. Entre otros, un plato de caracoles gordos en salsa –cabrillas–, otro de arroz con garbanzos y cabrillas que habían sobrado del día anterior, un plato de conejo frito, otro plato colmado de “papas amarillas” y una fuente de cochifrito al que es difícil definir con algún adjetivo que no sea el de “perfección total”. A todo esto, añadir la enorme olla de exquisito y fresco ponche que nos había preparado nuestro anfitrión con todo el esmero que es posible preparar una bebida así. Completaba la mesa un bote de paté de morcilla, que los torreños llaman betún, así como otro tarro con paté de perdiz que, una vez extendido en el pan, se le añadía una cucharada de mermelada de cereza elaborada por nuestros anfitriones. También nos hizo probar José Manuel un plato de cebollas de tamaño mediano y pequeños trozos de coliflor encurtidos por él mismo que aportaban frescor y sabor a la cerveza y a los vasos de ponche que con fruición consumimos. El plato principal consistió en una olla de fideos con calamares, langostinos, conejo y verduras variadas, entre las que destacaba por su sabor unos exquisitos y tiernos alcauciles.. Si el arroz del día anterior acabó con todos los adjetivos de excelencia, este plato no se le quedaba atrás. José Manuel se puso a repartir y tras los platos bien colmados que nos sirvió, pocas fueron las sobras que quedaron para el tapeo de la cena. Al igual que el día anterior, una reparadora siesta sosegó nuestros saciados estómagos que agradecieron el gesto. Tras la siesta, Paqui propuso dar una vuelta por el pueblo y visitar la iglesia de Santo Domingo de Guzmán que en ese momento se hallaba abierta y hacia allí nos dirigimos todos. La lonja del templo está orientada al este, herencia de la mezquita sobre la que está construida. Tiene dos portadas poco decoradas y planta de salón con tres naves, más ancha la central. En las dos capillas situadas al lado del Altar Mayor se pueden contemplar los emblemas de los Marqueses de Camarasa, señores de Torres. Sin embargo, su contenido más interesante es una pila bautismal de cerámica verde de finales del siglo XV con inscripciones góticas. Tras la visita a la iglesia, nos hicimos algunas fotos apoyados en el pretil sobre el que se derrama ladera abajo todo el albo caserío que conforma el pueblo. Llegamos de nuevo a casa y José Manuel ya nos tenía dispuesta la mesa del patio cubierta de platos con tapas variadas –aceitunas de cornezuelo, empanada, patés de betún y perdiz para untar en panecillos, salchichón y morcilla, encurtidos caseros, papas amarillas, etc. Se nos hizo totalmente de noche al abrigo de una conversación relajada y entretenida y una temperatura agradable. La cena fue algo más frugal que la noche anterior, pues nuestros cuerpos empezaban a mostrar signos de fatiga ante tanta cantidad y variedad culinaria. Nuestro anfitrión nos había preparado una fuente espléndida de ensalada de patata, huevo cocido y atún con mayonesa que repartió en un santiamén. A este plato le siguió un revuelto de níscalos, huevos, jamón y ajos digno de un restaurante con varias estrellas Michelin. Todos protestamos –tímidamente, eso sí– ante la generosidad y abundancia de los platos que José Manuel nos ofrecía. Finalizada la cena, y como colofón a la misma, procedimos a preparar una queimada gallega con el orujo blanco casero que habíamos aportado. A este licor, le añadimos granos de café, azúcar y las cascaras de una naranja y un limón. Todo ello se volcó en un recipiente de barro específico para el brebaje que íbamos a preparar. Para hacerlo completo, buscamos en internet el conjuro que se recita mientras se va consumiendo el alcohol bajo el fuego. Con algún que otro pequeño incidente provocado por alguna removedora, que de haber ido a más nos hubiera obligado a llamar a los bomberos, José Manuel terminó por repartir la poción resultante entre los asistentes, que degustamos con verdadero placer acompañada con algunos dulces y pastelillos.
A la mañana siguiente –miércoles, 22 de junio– el desayuno fue una repetición del llevado a cabo el día anterior, con nuestra anfitriona Paqui atendiéndonos con una sonrisa de lado a lado. Tras el desayuno, José Manuel se quedó en casa preparando el plato principal que íbamos a comer a mediodía, cuyos ingredientes ya reinaban en los poyetes de la cocina: garbanzos, morcillas, tocinos y otros ingredientes lucían majestuosos a la vista esperando la mano maestra del cocinero. Nosotros apostamos por pasear esta mañana por la zona alta del pueblo, por el espacio natural llamado Las Cimbras, una pared rocosa frente a la piscina del pueblo acondicionada para hacer escalada, y un pequeño parque cerca de donde estuvo ubicada la ermita de la Virgen de la Cabeza, adornado con restos de maquinaria agrícola antigua. Unas fotos y unas risas bastaron para pasar parte de la mañana que se completó con unas cervezas en el bar de la piscina municipal. De vuelta a la casa, José Manuel nos recibió con una fuente de ensalada para acompañar al cocido, muy refrescante a la vista y posteriormente al gusto, elaborada con perejil, tomate, pepino y cebolleta muy, pero que muy, picaditos como ingredientes principales. Del cocido que nos preparó nuestro cocinero como plato principal, qué os voy a contar. Contemplar la fuente de carne, tocinos y morcillas junto a la olla llena de garbanzos, col, zanahoria y patatas borboteando en el fuego era ya todo un espectáculo a la vista y un concierto de olores y sabores tras su degustación. Si a todo ello le añadimos la exhibición de nuestro anfitrión a la hora de llenar y repartir los platos –sobre todo ante un cocinero profano y negado para tal menester como yo–, la comida resultó todo un éxito. Finalizado el condumio y tras los licores digestivos correspondientes, la lucha por encontrar un sofá en el que dormir una tranquila siesta se saldó amistosamente, subiendo algunos de nosotros a dormir un rato a nuestros dormitorios. Esa tarde no salimos a ningún lado. Tras la siesta nos quedamos en casa charlando y tomando algún que otro gin-tonic. La cena esa noche fue frugal, como si en casa de nuestros anfitriones ese adjetivo tuviera alguna validez. Sobre la mesa José Manuel había dispuesto una serie de platos colmados de fiambre acompañados por una vistosa fuente de ensalada de patata, cebolleta, huevos duros y atún que, al igual que en días anteriores, repartió con alegría y abundancia, todo ello regado con buena cerveza y excelente vino tinto manchego y blanco, aunque este último no estuvo exento de alguna que otra risa entre los hombres, pues se demostró que todo el vino blanco, sea de la marca y denominación de origen que sea, sabe estupendo si está muy fresquito.
La última mañana –jueves, 23 de junio– se repitió la misma parafernalia de los días anteriores con el café, la leche y el acompañamiento, siempre bajo la risueña mirada de nuestra anfitriona Paqui. El día había amanecido cubierto, aunque la temperatura era agradable a esa hora de la mañana. Lo primero que cada uno de nosotros hizo tras el desayuno fue ir a su dormitorio y empezar a preparar la maleta ya que esa tarde, después de almorzar y echar un rato de siesta, tocaba regresar a nuestros respectivos domicilios. Una vez cubierta esta tarea de nuevo salimos a dar un breve paseo por las calles de los alrededores, incluida alguna cerveza que nos tomamos sentados en una mesa de la terraza del bar Miguelines. Cuando volvimos a la casa de nuestros anfitriones nos encontramos –como todos los días anteriores– una mesa cuidadosamente preparada con una serie de platos que nos servirían de acompañamiento para las cervezas que José Manuel nos tenía preparadas. El queso en aceite, unas lonchas de jamón, unos tacos de pavo trufado que llamaban la atención –receta casera de tradición familiar de nuestros anfitriones–, unos patés de betún y perdiz para untar en panecillos, salchichón y morcilla y unos encurtidos caseros que ya habíamos comido en días anteriores. Como plato principal nos tenía preparados unos “tallarines a la torreña”, una olla espectacular en la que sobre un caldo bien trabado reinaban abundantes trozos de conejo y de perdiz junto con el resto de los ingredientes básicos de cualquier guiso: cebolla, ajo, tomate y verduras del temporada. En el centro del recipiente sobresalía un manojo de cierto grosor de hierbabuena que esparcía sin pudor su aroma por toda la estancia y que nuestro chef retiró una vez confirmó que el guiso estaba en su punto para ser servido. Una vez colocada la olla sobre la mesa, José Manuel, con la soltura de siempre, comenzó a servir los platos sin tener muy en cuenta nuestras quejas ante la cantidad de comida que llenaba cada plato. Tras la ingesta, cada uno –sobre todo los conductores– buscó un acomodo donde dormir un rato antes de cargar las maletas en los respectivos coches y emprender viaje de regreso a su lugar de residencia.
Concha y yo fuimos los únicos que permanecimos esa noche en casa de nuestros amigos ya que nosotros habíamos planificado el regreso a Torremolinos hacerlo a primera hora del día siguiente. Así, esa tarde, acompañados de Paqui, los tres nos dimos un paseo por la zona de Las Cimbras y los alrededores de la piscina municipal donde me sorprendió la presencia de unas grandes y coloridas mariposas de cerámica adosadas a un muro en la confluencia de las calles Baltasar Garzón y el Paseo del Chorro. La cena de esa noche se hizo en el salón de la planta baja y fue evidentemente más frugal que las anteriores, sobre todo debido a la saturación de comida y bebida de la que habíamos hecho gala los días anteriores. A la mañana siguiente, a primera hora, cargamos nuestra maleta en el coche y enfilamos camino de Málaga con el magnífico recuerdo de los días pasados en compañía de nuestros amigos y anfitriones.
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