miércoles, 5 de abril de 2023

A GUARDA Y MONTE DE SANTA TEGRA, SABOR A MAR

Teníamos por segundo día consecutivo la jornada matutina plenamente libre. Los niños con actividades, Víctor tenía trabajo toda la mañana y Ana ya tenía preparada la comida de mediodía. Así que con esas perspectivas decidimos acercarnos a alguna localidad cercana a Gondomar para conocerla. Nos levantamos con calma y preparamos un desayuno ligero en casa. La mañana que se nos presentaba ante la vista anunciaba un día radiante de sol y una temperatura muy agradable. Cogimos el coche y bajamos en busca de los nietos, Levy y Chloe, a los que tenía que llevar al pabellón polideportivo donde tenían toda la mañana cubierta de actividades. Concha, mientras, se quedó en el piso para preguntar si era necesario realizar alguna compra. Dejados los nietos y recogida Concha, enfilamos en dirección a A Guarda (La Guardia, en castellano), una villa marinera fronteriza con Portugal donde viene a morir del padre de todos los ríos gallegos, el Miño. Habíamos leído que en este pueblo casi todo gira en torno al mar y la pesca, ya que muchos de sus habitantes trabajan en empresas vinculadas al mar, ya sea como mariscadores, pescadores, redeiras u otros oficios. 

martes, 4 de abril de 2023

PONTEVEDRA, UNA JOYA PARA DISFRUTAR

Ruinas del Convento de Santo Domingo

Terminada la visita al Monasterio de Santa María de Armenteira, con los ojos como platos tras disfrutar de la belleza de su portada, el interior de su iglesia y el acogimiento sereno de su claustro, nos volvimos al coche para continuar la planificación del día. Ahora nos tocaba volver de nuevo a Pontevedra, ciudad de la que teníamos un muy grato recuerdo de nuestra última visita. Aparcamos el coche en el parking ubicado en la plaza de España. Algo más de las doce y cuarto de la mañana indicaba el reloj del teléfono cuando comenzamos el itinerario marcado Lo primero que nos echamos a la cara una vez que salimos del aparcamiento fue el polémico –por la temática de la obra– MONUMENTO AL SOLDADO CAÍDO, una gran cruz a cuyos pies se encuentran tres grupos escultóricos con escenas de soldados heridos o moribundos. A pocos metros se encuentra el atractivo PAZO DE LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL, edificio de finales del siglo XIX. La fachada es la combinación de varios estilos, con una entrada tipo Arco del Triunfo, con tres puertas con arcos de medio punto. En la parte superior se encuentra un balcón corrido que, en forma de cornisa, recorre el edificio, que se remata en una cornisa moldurada algo saliente y con decoración de canalones. Unos metros más adelante se encuentran las RUINAS DEL CONVENTO DE SANTO DOMINGO, consideradas como uno de los máximos exponentes del gótico gallego, y a fe que se puede afirmar. Estos restos conservan el que en su día fue el mayor convento construido por los dominicos en Galicia: la cabecera, de cinco ábsides (excepcional en el gótico mendicante gallego que nunca pasó de tres), junto con parte del muro sur de la iglesia y la entrada al capítulo del convento. En la actualidad es uno de los seis edificios que forman el complejo del Museo Provincial de Pontevedra y dentro alberga una gran variedad de elementos de gran valor artístico e histórico: laudas gremiales, ronseles romanos, capiteles visigóticos y una completa colección de escudos heráldicos.

SANTA MARÍA DE ARMENTEIRA, ROMÁNICO ESENCIAL

 Hoy habíamos previsto pasar el día fuera de Gondomar. Levy y Chloe tenían talleres durante toda la mañana, hecho que aprovechamos para planificar una excursión cercana. Y nos decidimos por visitar a primera hora de la mañana el Monasterio de Armenteira, al que teníamos muchas ganas de ver in situ, y pasar el resto del día en la capital de la provincia pontevedresa a la que habíamos hecho una rápida visita unos años antes, pero que no conocíamos con la profundidad que deseábamos. Así que, aprovechando una mañana esplendorosa con un sol radiante, tras llevar a cabo un desayuno reparador, salimos a la carretera dispuesto a recorrer los escasos setenta kilómetros que nos separaban del monasterio. Habíamos visto numerosas fotos del recinto monacal en las redes y estaba claro que estando tan cerca como estábamos, sería un sacrilegio no visitarlo. Habíamos leído abundante documentación sobre los orígenes y evolución del monasterio, que hunde sus raíces en una leyenda repetida en otras zonas de España –al abad San Virila del monasterio de Leire (Navarra) le ocurrió exactamente lo mismo–  e incluso relatada en la Cantiga 103 de Alfonso X el Sabio: 

“Ero, caballero de la corte de Alfonso VII, casado y sin hijos, sufría por esta situación tanto él como su esposa. Por intercesión de la Virgen María pedían a Dios un heredero. Una noche, ambos tuvieron un mismo sueño: la Virgen les aseguró que era voluntad de Dios que tuvieran muchos hijos espirituales. Decidieron fundar dos monasterios. Ero solicitó monjes cistercienses a San Bernardo de Claraval, quien envió cuatro monjes. Pasado un tiempo, Ero se convierte en Abad. Un día, el abad San Ero, salió a orar y, anonadado por el canto de un pajarillo, durmió durante 300 años. La leyenda cuenta que cuando despertó encontró el lugar totalmente cambiado y lleno de monjes. El más viejo comprobó que en sus libros se hablaba del santo Ero de Armenteira, noble y piadoso varón, fundador y abad de este monasterio, que nunca más fue visto después de salir a meditar al monte Castrove. San Ero, que tanto había pedido a la Virgen ver el Paraíso, murió impresionado por el milagro”.

En 1162 aparece por primera vez el nombre del monasterio en los documentos oficiales de la Orden Cisterciense. Siempre fue un monasterio modesto, con una comunidad poco numerosa. A finales del s. XV manifiesta cierta decadencia. La desamortización obliga a los monjes a abandonar el cenobio en 1837. A partir de ese momento los edificios, salvo la iglesia y la parte visible del claustro van desmoronándose. Hasta que a mediados de los años 60 del siglo pasado, un hijo del escritor Ramón María del Valle-Inclán funda una asociación que se encarga de  llevar a cabo gran parte de la reconstrucción. En la actualidad, una comunidad de monjas regenta una hospedería, y en una pequeña tienda venden pastas y jabones que ellas mismas hacen con aceite de camelia.

Al monasterio se accede a través de un arco que da entrada a un patio terrizo rectangular donde el olor embriagado de las camelias recibe al visitante de un modo muy especial. Un cruceiro de granito, ennegrecido por el paso del tiempo, preside este espacio exterior. Del primitivo monasterio, construido en el siglo XIII, sólo queda en pie la iglesia que destaca por su sencillez y austeridad. Tiene en sí todos los rasgos de la simbología y la espiritualidad del Císter. Su portada es típicamente románica con arquivoltas ricamente decoradas. El crucero está cubierto por una cúpula de influencia mudéjar, única en Galicia. Tres naves muy simples, cubiertas con bóvedas ligeramente apuntadas, armónicas en sus líneas, expresan el orden y la simplicidad del despojo. Al fondo de la nave central, un rosetón de calados geométricos florados  deja penetrar por el sol mortecino del poniente antes de que las sombras invadan de nuevo el recinto a la caída de la noche. En su interior llaman la atención el BALDAQUINO DEL ALTAR, del siglo XVIII, y la figura de la VIRGEN DE LAS CABEZAS, con un pecho desnudo, sujetando al Niño. La talla de madera policromada es del siglo XVI y la imagen se relaciona con la aparición de la Virgen al monje cisterciense San Bernardo, a quien le agradeció su devoción permitiéndole probar unas gotas de la leche con la que amamantaba al Niño. También destaca una hermosa PILA BAUTISMAL de corte románico ubicada a los pies del templo, al igual que una pila de agua bendita apoyada sobre dos medias columnas con sus capiteles con el nombre de “Armenteira” en uno de sus laterales. El actual claustro, comenzado en la segunda mitad del siglo XVI, muestra en la variedad de sus claves de bóveda, las diferentes épocas de su construcción, que se prolonga durante más de un siglo. La puerta de acceso es lo único que queda del primitivo claustro. Visto el claustro nos acercamos a contemplar los tres hermosos ábsides que coronan la cabecera de la iglesia. En ese punto, abandonamos el recinto, pero antes de dirigirnos hacia el coche para continuar viaje hacia Pontevedra, nos acercamos a disfrutar del entorno paisajístico que rodea este conjunto monumental conformado por numerosos bosques con elevado arbolado y a despedirnos del busto de GONZALO TORRENTE BALLESTER, que tuvo una relación entrañable con el monasterio que aparece descrito en alguna de sus obras.  


miércoles, 29 de marzo de 2023

SANTA MARÍA DE LA MORERUELA, UN ÁBSIDE QUE LO DICE TODO

 Artísticamente la ciudad de Toro había cubierto más que de sobra nuestras expectativas, aunque nos llevábamos una sensación agridulce en lo referente al futuro de su población después de haber visto que una inmensa mayoría de inmuebles estaban a la venta y numerosos negocios cerrados a cal y canto. Cubierta pues la visita, nos propusimos visitar las ruinas de uno de los monasterios que más nos han llamado la atención, las de Santa María de Moreruela que, aunque nos obligaba a desviarnos un poco de nuestra ruta principal, no suponía descalabro alguno en la planificación de nuestro viaje a Galicia. Eso sí, llevábamos poco gasoil ya en el coche pues no habíamos repostado desde que iniciamos el viaje en Torremolinos. Miré la aplicación que llevo en el móvil de gasolineras más cercanas y de mejores precios y me ofreció como más interesante y económica dentro de la ruta que llevábamos marcada la de Villarín de Campos, pequeño núcleo de población a menos de cuarenta kilómetros de Toro, donde llenamos el depósito. Llegamos al Monasterio pasadas las una y media de la tarde. Aparcamos el coche en un descampado, a la sombra de un árbol de tamaño considerable. Aún no habíamos descendido del vehículo cuando un señor, que desbordaba amabilidad por los cuatro costados, nos recibió y nos dio las indicaciones necesarias para llevar a cabo la visita a la vez que nos facilitó un pequeño folleto que satisfacía plenamente las dudas que nos  pudieran surgir. Tenemos que decir que las ruinas de este monasterio eran totalmente desconocidas para nosotros. No habíamos oído hablar de este cenobio y si lo habíamos oído, se nos había olvidado por completo. Fue a través de uno de los grupos de Amigos del Románico que sigo en Facebook donde tuve las primeras noticias de su existencia. Y ver la foto de su famosa cabecera casi nos obligó a realizar esta visita.  

El Monasterio de Santa María de Moreruela se localiza junto al río Esla y desde 1931 es considerado Monumento Histórico Artístico. Tradicionalmente se la ha conocido como la primera fundación cisterciense de la península, producida en la primera mitad del siglo XII. La visita comienza en la PORTERÍA, que actualmente funciona también como recepción de visitantes. Del desaparecido claustro, el lado oriental es el más interesante, pues en él se encontraba la SALA CAPITULAR, estancia con cuatro pilares que compartimentaban el espacio y cubierta con bóveda de aristas. Se trata de un espacio construido entre los siglos XII y XIII que ha sido objeto de una intervención reciente, en la que se ha completado la cubierta y los tres arcos por los que se accedía desde el claustro. La restauración se ha hecho utilizando materiales nuevos, de forma que se diferencia con claridad esta obra de la original. Al sur de la sala capitular se encuentra el ARMALIORUM, con dos nichos laterales, convertidos luego en arcosolios, y la sacristía. Inmediatamente después encontramos el LOCUTORIO, una pequeña sala cubierta con bóveda de cañón, para llegar a la SALA DE MONJES. Se trata de un espacio de planta rectangular que se desarrolla de forma perpendicular al claustro, cubierto por bóveda de arista sobre dos pilares cruciformes. Su construcción es de finales del siglo XIII. Dada la hora que era y que no teníamos muchas ganas de subir escaleras, las estancias reconstruidas de la parte superior de del cenobio las obviamos y nos dirigimos a disfrutar plenamente de la IGLESIA, construida a finales del siglo XII, todavía en estilo románico, aunque con elementos de transición hacia el gótico, como los arcos apuntados o las bóvedas de ojiva. No se conserva íntegra, pero han perdurado suficientes restos como para dar una clara idea de sus formas y volúmenes. Se trata de una planta de cruz latina compuesta por tres naves de nueve tramos y crucero muy marcado. De todo el conjunto, lo más destacado es la cabecera que está formada por siete absidiolos semicirculares que se abren a la girola, que alcanza mayor altura. Esta, a su vez, rodea la CAPILLA MAYOR o el ábside propiamente dicho, que eleva su cubierta por encima de todo el grupo formando una tercera altura. 

Los absidiolos se cubren mediante bóveda de cuarto de esfera y se comunican con la girola a través de arcos de medio punto. La girola está cubierta en cada uno de sus tramos por bóveda de crucería. Si la visión de los restos de la capilla mayor y la girola se nos había hecho pródiga en sensaciones, aún nos quedaba lo mejor. Salimos de la nave del templo y caminamos por el exterior del mismo en paralelo a ella camino de la cabecera de la iglesia que se encontraba vallado debido a la restauración que en ese momento estaba operativa. Sin embargo, tuvimos la grandísima suerte de que en ese momento estaba entrando un camión  por la zona vallada y nosotros, haciéndonos un poco los despistados, entramos detrás de él, lo que nos permitió disfrutar del conjunto de siete ÁBSIDIOLOS desde una cercanía digna de envidia. Al rato apareció el señor que nos había recibido para indicarnos que allí no podíamos estar, que debíamos salir fuera del recinto vallado. Nosotros, muy educadamente, le comentamos que no nos habíamos dado cuenta de la valla y que ya nos íbamos, eso sí, después de hacer multitud de fotos. Cuando el reloj marcaba algo más de las dos y media de la tarde enfilábamos camino hacia Gondomar. 


TORO, RIQUEZA CASTELLANA EN DECADENCIA

 Cuando empezamos a planificar nuestro viaje a Galicia, tras tomar la decisión de que utilizaríamos la llamada vía de la Plata, antigua carretera romana de discurre entre Sevilla y Gijón, lo primero que se nos vino a la cabeza fue hacer noche en la localidad zamorana de Toro con la intención clara y firme de visitar –esta vez, sí– la Colegiata de Santa María y el Pórtico de la Majestad, entre otras cosas, que en nuestro anterior viaje no pudimos ver por encontrase la ciudad celebrando sus fiestas patronales. Después de un largo día de carretera –recompensado en parte por nuestra visita a Hervás–, llegamos a Toro en torno a las siete y cuarto de la tarde, con la decepción impresa en el rostro después de habernos encontrado cerrada la iglesia de San Pedro de la Nave, a la que nos habíamos desviado previamente a propósito para visitarla. Sin embargo, nos topamos con que los horarios de visita que habíamos visto en días anteriores por internet no se correspondían con la realidad de los hechos. 

Una vez en la ciudad, nos alojamos en la habitación 215 del céntrico HOTEL ALDA CIUDAD DE TORO, sito en la plaza Delhy Tejero, por la que abonamos cincuenta y cinco euros. Aparcamos inicialmente en la calle Puerta Nueva, aunque un poco más tarde conseguimos dejar el coche prácticamente a pie de hotel. Nos llamó la atención la advertencia del recepcionista sobre la no recomendación de beber agua del grifo pues llevaban varios meses con dicha prohibición dado el nivel de contaminación de las aguas de la ciudad. Para compensar esta situación, nos informó que nos habían dejado sendas botellas de agua mineral en la habitación, que, una vez en ella, pudimos comprobar que era amplia, limpia y bien iluminada, tenía tres camas, aunque evidentemente solo utilizamos dos, y con un cuarto de baño de dimensiones holgadas. Después de organizar la maleta que traíamos y de refrescarnos un poco , nos echamos de nuevo a la calle en torno a las ocho de la tarde. Habíamos leído –y habíamos podido comprobar in situ en nuestra anterior visita– que en Toro se tapeaba muy bien y con esa intención de tomar unas cervezas con unas tapas a modo de cena dirigimos nuestros pasos hacia la zona de la Plaza Mayor donde se ubicaban la mayor parte de una pequeña lista de cuatro o cinco bares que habíamos sacado de internet con fama de ser generosos y variados en las tapas que ofertaban. ¡Nuestro gozo en un pozo! Nuestra sorpresa fue mayúscula pues todos los que integraban nuestra lista estaban cerrados y con grandes carteles en sus puertas y ventas de SE VENDE o SE ALQUILA. A partir de este momento decidimos dar un largo paseo –aún era temprano– por algunos de los monumentos que íbamos a visitar la mañana siguiente: la Plaza Mayor, el Ayuntamiento, la iglesia del Santo Sepulcro y ¡la Colegiata!. Disfrutamos a placer viendo como la penumbra del cercano atardecer iba apagando los brillos de la amarillenta piedra de su magnífico ábside. Nos sentamos un rato para contemplar también el fuerte desnivel existente entre este espacio y el cercano río Duero cuyas aguas atravesaban mansamente el puente medieval de origen romano mientras se alejaban de la ciudad. Poco después iniciamos el camino de vuelta por calles por las que no habíamos pasado con anterioridad buscando algún bar en el que poder tomar un pequeño refrigerio. Misión imposible. Todos los locales de restauración que nos cruzamos estaban cerrados. No habíamos visto en una población la cantidad de carteles de negocios con la persiana echada como aquí. Finalmente, el único  que nos encontramos abierto fue la cafetería del hotel, ubicada en los bajos del mismo. Entramos y nos sentamos en una mesa cercana a la puerta, que era una de las pocas que quedaban libres. Una numerosa clientela se arremolinaba alrededor de la pantalla de televisión que en esos momentos transmitía un partido de fútbol entre las selecciones de Escocia y España valedero para la Eurocopa 2024. Una amable camarera se acercó a nuestra mesa y le pedimos dos cervezas que nos trajo con presteza acompañadas de un generoso plato de patatas fritas de bolsa. Le pedimos que nos diera la carta y, tras su lectura, nos decantamos por una tapa –seguimos la recomendación de la cordial camarera que nos atendió– de foie de pato con manzana caramelizada, dos tapas de nuggets de rulo de cabra con miel y una abundante ración de cecina a la plancha con su correspondiente pan. Yo completé la noche con una copa de vino de la tierra. Pagamos quince euros por todo, nos levantamos de la mesa y nos dirigimos a la habitación del hotel en cuyas instalaciones nos encontrábamos. Pasaban algunos minutos de las diez y media de la noche. Ahora tocaba dormir. 

Poco antes de las siete y media de la mañana, noche cerrada aún, aprovechando que Concha aún dormía, me eché a la calle y me dispuse a visitar aquellos lugares que yo llevaba planificados pero que, en teoría y dada la escasez de tiempo del que disponíamos, no íbamos a poder hacer, pues solo teníamos previsto estar en esta ciudad las primeras horas de la mañana. Así que salí de la habitación en el mayor de los silencios y enfilé mis pasos hacia la calle San Lorenzo el Real donde contemplé la elegante silueta de la iglesia del mismo nombre y que visitaríamos más tarde. La mañana se presentaba con el cielo totalmente despejado, pero con una temperatura fresca. Continué mi paseo matutino hasta llegar al conocido como PALACIO DE LAS BOLAS, cercano al actual  Mercado de Abastos. Construido en  ladrillo y piedra, luce en su fachada unos relieves de piedra en forma de bola, lo que dan nombre a la construcción y a la calle donde se ubica el conocido palacio. Muy cerca lucía la sobria fachada del CONVENTO DE LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN Y SAN CAYETANO, un antiguo palacio del siglo XVI donde, según habíamos leído, habitan tan sólo seis religiosas. Un poco más adelante llegué hasta las ruinas restauradas de la IGLESIA DE SAN PEDRO DEL OLMO construida en el siglo XIII, cuyo ábside conserva restos de pinturas murales góticas. A la espalda de este templo se alza la gigantesca mole del PALACIO DE LOS MARQUESES DE ALCAÑICES, construido en el siglo XVI,  con tres plantas de altura y fachada de ladrillo. El edificio fue la última residencia del Conde Duque de Olivares, y también se celebró en él la boda de Doña Juana (hija de Carlos I) con Don Juan Manuel (rey portugués). Seguí caminando hasta llegar a la plaza de la Santísima Trinidad donde se encuentra el templo del mismo nombre. La IGLESIA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD conserva restos arquitectónicos de los siglos XII y XII. Y por fin, cuando el reloj marcaba las ocho casi en punto de la mañana me encontré el primer bar abierto, la CAFETERÍA TABLARREDONDA, a cuyo interior me lancé en busca de una bebida caliente. Un señor de avanzada edad jugando en una máquina tragaperras y yo éramos los únicos clientes que poblaban el local. Un camarero con gesto aburrido ordenaba la barra del establecimiento. Pedí un café con leche que me sirvió con prontitud acompañado de una pequeña magdalena industrial. El calor proporcionado por la ingesta del brebaje me procuró una sensación de bienestar que agradecí en silencio. Aboné mi bebida –1,30 euros– y me dispuse a continuar la visita. Me acerqué al aledaño PALACIO DE LAS LEYES, donde en 1505 se leyó el testamento de Isabel “La Católica”, proclamando heredera de Castilla a su hija Juana y regente al rey Fernando. En la actualidad solo se conserva la portada de estilo gótico, pero que es realmente bella. Volví sobre mis paso y me desvié en la calle Tablarredonda para pasar delante de la refinada fachada de la CASA DE LA NUNCIATURA, palacio considerado como uno de los edificios civiles más importantes del conjunto histórico de Toro. Justo en la intersección de la calle Arbás y la anteriormente mencionada destaca la presencia del MONASTERIO DE SANTA SOFÍA, fundado a principios del siglo XIV por la reina regente de Castilla Doña María de Molina. Y desde allí hasta la cercana IGLESIA DE SANTA MARÍA DE ARBÁS, de estilo románico-mudéjar, construida en piedra, tapial y ladrillo. A la fábrica inicial pertenecen algunos restos del muro septentrional: un arco apuntado tapiado y una ventana abocinada. Ni que decir tiene que pocas ciudades me habían sorprendido más que esta urbe zamorana, principalmente por dos motivos: el primero por la enorme cantidad de casas palaciegas renacentistas y barrocas diseminadas por su intrincado –a veces– callejero; el segundo, mi enorme sorpresa ante la numerosísima cartelería de “Se vende” o “Se alquila” colgada en multitud de fachadas. Desde aquí me adentré en la calle Magdalena para llegar al MIRADOR PUERTO DE LA MAGDALENA, donde se rehúnde el terreno en vertiginosas cárcavas rojizas horadadas por la fuerza del agua. Ya de vuelta hacia el hotel, pues iba siendo hora de despertar a Concha, contemplé la belleza de los ábsides construidos en ladrillo de la iglesia de San Salvador de los Caballeros, desacralizada en la actualidad y reconvertida en museo, de la que hablaremos cuando realicemos la visita a la misma incluida en el bono Toro Sacro. No obstante, y dado que aún no habían dado las nueve en el reloj, me desvié por la calle Rejadorada para terminar de visitar lo que no teníamos previsto. Impresiona la aristocrática fachada del PALACIO REJADORADA, hoy convertido en un establecimiento hotelero. Sin embargo, la historia de este palacio merece ser contada. Tras la decisiva batalla de Toro, en 1476, entre las fuerzas de Isabel I de Castilla y Juana la Beltraneja, reina consorte de Portugal, los partidarios de la segunda planearon entregar la ciudad a la reina católica. Al frente de los conspiradores se hallaba Antonia García de Monroy, que fue descubierta y ajusticiada por los leales a La Beltraneja y sus tropas portuguesas, que colgaron su cadáver en la reja de esta casa. Más tarde, cuando los Reyes Católicos entraron por fin en la ciudad, mandaron dorar aquella reja en homenaje a la heroína toresana. Un poco más adelante se puede ver la imponente fachada del PALACIO DE VALPARAÍSO. Edificado en el siglo XVIII tiene una fachada lineal, construida totalmente en piedra. Sobre la portada el blasón de la familia Vivero, ascendientes de los marqueses de Valparaíso. En una bocacalle que viene a morir por la que iba andando destacaba la fachada color berenjena del TEATRO LATORRE, construido a mediados del siglo XIX y dedicado al actor local Carlos Latorre. Seguí caminando hasta llegar a la IGLESIA DE SANTA CATALINA DE RONCESVALLES, construida en una mezcla de sillería de piedra y ladrillo. La entrada o portada principal tiene una galería porticada. Habíamos leído que en estos momentos está desacralizada y es lugar donde se guardan algunos de los pasos de Semana Santa. Enfrente se yergue el edificio de una residencia de ancianos dependiente de la Diputación Provincial en lo que en su día fue iglesia de algún convento desaparecido. Finalicé mi paseo mañanero llegando hasta el ARCO DE SANTA CATALINA, abierto en el tercer recinto amurallado en el siglo XVIII. En este punto volví sobre mis pasos ya camino del hotel. No obstante, lo iba a hacer dando un pequeño rodeo. Así, al llegar a la altura de la calle Cristo giré a la izquierda para visitar la adusta fachada del CONVENTO DE SAN JOSÉ, ocupado por una congregación de Carmelitas Descalzas, seguidoras de los pasos de Santa Teresa. Muy cerca, en una plaza encantadora, se abría la fachada del REAL MONASTERIO DE SANTA CLARA, fundado por la hija primogénita de Alfonso X el Sabio. Finalmente, siguiendo la calle Hornos vine a salir a un lateral de la IGLESIA DE SAN JULIÁN DE LOS CABALLEROS, ubicada frente a la ventana de nuestra habitación en el hotel. Presenta una fachada, de transición gótico-renacentista reedificada a finales del siglo XIX. Eran las nueve y cuarto de la mañana y las algo más de dos horas del paseo habían cundido. No obstante, antes de subir a la habitación me decanté por entrar en la cafetería del hotel donde habíamos estado la noche anterior y tomarme un segundo café con leche, con idéntico precio al que me había tomado una hora antes.  

Recogida la habitación, bajamos a recepción y abonamos la cuenta. Cargamos la maleta en el coche y nos adentramos de nuevo en la cafetería del hotel para que Concha desayunara. Pedimos sendas tostadas de aceite y tomate con los respectivos cafés con leche. Tres llevaba ya esa mañana. Finalizado el desayuno, nos dirigimos por la calle Sol hacia la primera visita incluida en el bono que íbamos a comprar. Previamente pasamos de nuevo por la coqueta PUERTA DEL MERCADO, también llamada TORRE DEL RELOJ, construcción del siglo XVIII levantada sobre la puerta principal del segundo recinto amurallado. Casi contiguo a esta vimos el llamado ARCO DEL POSTIGO en el que aparece el relieve de la Anunciación. Llegamos por fin en torno a las once menos cuarto a la iglesia de San Sebastián de los Caballeros, sita en la Plaza de la Paja, donde compramos dos entradas del paquete turístico llamado TORO SACRO con el que se podía acceder a la Colegiata de Santa María y a cuatro iglesias musealizadas y por tanto desacralizadas. El precio que pagamos fue de doce euros. No obstante, la señora que nos vendió las entradas tuvo problemas con la red de internet porque no le funcionaba correctamente en ese momento. Ello supuso que al resto de iglesias que comprendía el bono pudiéramos entrar porque llevábamos las entradas física, pero no porque figuráramos en su aplicación como poseedores de las mismas. La IGLESIA DE SAN SEBASTIÁN DE LOS CABALLEROS, construida en el siglo XIII, es de planta rectangular, consta de una sola nave, con capilla mayor. En la década de 1970 el Estado decide restaurarla para albergar las pinturas murales procedentes del monasterio de Santa Clara. Las pinturas corresponden a la tercera década del siglo XIV. El tema de las pinturas se puede clasificar en tres bloques: el primero, llamado Ciclo de Sta. Catalina de Alejandría, está dedicado a la virgen y mártir; el segundo, el Ciclo de San Juan Bautista con escenas relacionadas con este santo; y el tercero, la Historia de los evangelios y de los santos, con escenas dedicadas a San Francisco de Asís, San Cristóbal y otras relacionadas con la vida de Jesucristo. Finalizada la visita nos encaminamos hacia la IGLESIA DE SAN SALVADOR DE LOS CABALLEROS, de estilo románico-mudéjar, fue erigida a comienzos del siglo XIII y gestionada por la Orden de los Caballeros del Temple, de ahí su nombre. Presenta una planta, de tres naves con las correspondientes capillas y ábsides. Para nosotros, exceptuando la Basílica, fue la visita más completa en cuanto a contenido. Entre las obras que custodia podemos ver varios capiteles de la Colegiata románica de la ciudad, una estatua pétrea de la Virgen con el Niño del siglo XII, y en ella el Niño no aparece en el regazo de la Virgen, sino que está suspendido a la vez que la Virgen le sujeta por las caderas, un Cristo policromado románico de la iglesia de Nuestra Señora del Canto, un sarcófago del siglo XIV de la iglesia de Santa María de Arbás, las imágenes de San Juan y la Virgen, una talla de la Virgen de la Vega, del siglo XIII  y la mesa de altar románica de la iglesia de la Trinidad. Una visita realmente muy interesante. Desde aquí nos encaminamos hacia la plaza Mayor para visitar la que consideramos menos atractiva de la oferta del bono Toro Sacro. La IGLESIA DEL SANTO SEPULCRO, de primitiva fábrica románico-mudéjar,  ha llegado hasta nosotros muy transformada debido a las reformas llevadas a cabo entre los siglos XV y XVII. Nos dio la sensación de que su función actual es la de custodiar las distintas tallas que procesionan en la Semana Santa de la ciudad. Numerosas imágenes de Jesús, la Virgen y otros santos se ubican en las distintas capillas y espacios adaptados a tal fin. Un grupo de escolares escuchaban con un silencio recogido y exquisita educación las explicaciones de un guía sobre los distintos pasos procesionales. Finalizada la visita y realizadas las correspondientes fotos, nos encaminamos hacia el plato fuerte de todo el bono: la Colegiata y su Portada de la Majestad. La fábrica de la COLEGIATA DE SANTA MARIA LA MAYOR pertenece fundamentalmente a los siglos XV-XVII. De su primitiva fábrica, románico-mudéjar, conserva la torre (aunque desmochada), las fachadas occidental y septentrional, la cabecera con tres ábsides y bóvedas y uno de los arcos formeros. De notoria calidad son los trabajos escultóricos de la primera etapa constructiva, centrados en los capiteles de la cabecera y en la puerta septentrional, que acusa la huella del gran legado que el maestro Mateo hizo a Santiago de Compostela y aporta un rico muestrario de instrumentos musicales tañidos por los Ancianos del Apocalipsis en torno a una manifestación de la divinidad de Cristo, flanqueado por los santos intercesores, la Virgen y San Juan. Sin embargo, la atracción principal del templo se abre en el interior del mismo, dando paso a la capilla de Santo Tomás, donde se levanta regia y grandiosa la PORTADA DE LA MAJESTAD. La portada occidental fue labrada y policromada en el último cuarto del siglo XIII, y es una de las más importantes manifestaciones de escultura monumental del período gótico en Castilla. Planteada en estilo románico en días de Fernando III y proseguida hasta su terminación en gótico. Presenta dos programas iconográficos. Uno, dedicado, en consonancia con el incremento de la devoción mariana en el siglo XIII, a la exaltación de la Virgen y de la Iglesia por ella simbolizada en su paso por la tierra, su muerte, asunción y coronación en el cielo. Sobre el tímpano, una representación selectiva de la Iglesia triunfante se sucede en las arquivoltas: ángeles, apóstoles, mártires, obispos y abades, vírgenes y dieciocho músicos con un variado e interesante repertorio de instrumentos.  En la última arquivolta se exponen en posición radial las figuras del ciclo del Juicio Final: un Cristo Juez humanizado por el espíritu risueño del gótico, ángeles con los instrumentos de la Redención, la Virgen y san Juan en actitudes intercesoras, la resurrección de los muertos, axesuados, y, en hileras divergentes, bienaventurados y réprobos camino del cielo y del infierno. El lenguaje brutal en que se expresan los tormentos de los condenados contrasta con la dicha de los elegidos, acogidos amablemente por el Padre Eterno en un lugar ameno, en el jardín del Paraíso, que difiere de las representaciones usuales del cielo y carece de precedentes escultóricos tan acabados. Muy original resulta también la presentación del Purgatorio como lugar físico, que comunica con el Paraíso, al que con ayuda de san Pedro acceden las almas purificadas por las llamas. Completamos la visita deambulando por el templo para ver la CAPILLA MAYOR, con diversos sepulcros murales del comienzos del siglo XVI pertenecientes a la familia Fonseca y los principales retablos que atesora la Colegiata: el de los Santos Juanes y el de San Julián. También nos llamó la atención una tabla flamenca llamada VIRGEN DE LA MOSCA ubicada en la antigua sacristía. Por último, destacan las cuatro esculturas sobredimensionadas de las pilastras de las naves realizadas en piedra policromada: el arcángel San Gabriel, Santiago el Mayor, San Juan Evangelista y una primorosa imagen de la Virgen en cinta, que nos recordó vivamente la que habíamos contemplado en otra pilastra de la iglesia de Santa María del Azogue en la ciudad de Benavente. 

Con los ojos como platos y con un síndrome de Stendhal subidísimo, nos encaminamos hacia la última visita que teníamos programada. La IGLESIA DE SAN LORENZO EL REAL es de estilo románico-mudéjar y es una de las iglesias más antiguas de Toro (finales del siglo XII). Consta de una sola nave central de ladrillo, artesonado restaurado. A la izquierda se encuentra la capilla gótica del s. XVI. Alberga numerosos sepulcros. El más importante de éstos, junto a la cabecera del templo, de estilo gótico-flamenco, es en el que descansan los restos de Don Pedro de Castilla, nieto del rey del mismo nombre. En la capilla gótica lateral se ubica el retablo es de Fernando Gallego, pintura flamenca de finales del siglo XV. Consta de 24 tablas en las que vemos reflejadas escenas de la vida de la Virgen y del martirio de San Lorenzo, entre otras. Este retablo, que inicialmente se encontraba cubriendo el único ábside de la iglesia, puso al descubierto al ser desmontado para su restauración unos frescos del s. XVIII. El coro es de estilo morisco, del s. XVI, con policromía restaurada. También en su interior, una talla de la Virgen de Guadalupe –popularmente conocida como VIRGEN DE LAS OREJAS– de estilo renacentista. En este momento dimos por finalizada la visita a esta bella ciudad zamorana poseedora de un patrimonio increíble, pero que nos dio una sensación de moribundo que va perdiendo poco a poco su bienestar. Eso sí, antes de irnos, nos acercamos al supermercado Gadis que se encontraba muy cerca de donde teníamos aparcado el coche y compramos bag in box de tres litros de vino tinto de Toro que nos llevaríamos a Galicia. Santa María de la Moreruela nos esperaba con los brazos abiertos. 


martes, 28 de marzo de 2023

HERVÁS, ALGO MÁS QUE SU JUDERÍA

 Minutos antes de las siete y cuarto de la mañana subimos al coche cuando un día de cielos limpios comenzaba a clarear. Volvíamos de nuevo a Galicia para visitar a nuestros nietos, que no habíamos visto desde la Navidad pasada, pero habíamos planificado hacer un alto en el camino y dormir en la ciudad zamorana de Toro para continuar viaje al día siguiente hasta nuestro destino final. También habíamos decidido hacer una parada en la localidad cacereña de Hervás donde pensábamos almorzar. Hemos de decir además que la ruta que habíamos elegido esta vez para llegar a Gondomar era nueva para nosotros pues teníamos la intención de recorrer la mayor parte de la denominada Vía de la Plata –A66– que inicia su recorrido en Sevilla y finaliza en la ciudad asturiana de Gijón. El tráfico hasta la capital hispalense fue bastante fluido. Sin embargo, nos sorprendió la travesía sevillana. Imaginaba que habría alguna ronda que circunvalara la ciudad, pero nada más lejos de la realidad. Había que adentrarse en las avenidas capitalinas que a esa hora –en torno a las nueve de la mañana– mostraban un tráfico denso e intenso de personas yendo a sus trabajos o de escolares camino de sus centros educativos. Por tanto, tocaba armarse de paciencia hasta salir de la urbe hispalense. Media hora después, y cuando ya nos habíamos alejado casi cuarenta kilómetros de Sevilla, decidimos hacer una breve parada para tomar un pequeño desayuno, que ya iba siendo hora. Nos detuvimos en la VENTA ENTREMONTES, en la localidad de Guillena, casi a pie de carretera. El edificio, que seguro había tenido tiempos mejores, se ubicaba en una gran explanada de aparcamiento que en ese momento prácticamente se hallaba vacía. Entramos en el bar, en cuya barra varios lugareños hablaban con el camarero. Pedimos sendos cafés con leche y tostadas de aceite y tomate, que nos sirvió con soltura un presto camarero que se movía con habilidad tras el mostrador. Nos sorprendió el pan que nos sirvieron, una gruesa rodaja cuadrada de pan, pero que no era de molde. Comimos con apetito y afán las tostadas untadas de aceite y cubiertas de tomate y bebimos nuestro café con leche. Abonamos la cuenta –algo menos de cinco euros– y nos dirigimos al coche para continuar viaje. 

Tres horas y media después abandonamos la autovía y recorrimos por carretera la escasa distancia que nos separaba de la localidad, algo más de cinco kilómetros. Aparcamos el coche en torno a las una y media de la tarde en la avenida Piñuelas y nos dirigimos hacía el BAR EL MIRADOR, ubicado en un lateral de la pequeña rotonda que contiene una elegantes letras que conforman el nombre de la población, pues nos habíamos merecido unas cervezas fresquitas después del largo viaje. Dos copas de cerveza con una apetitosa tapa de pollo frito con patatas pedimos en la barra del local que se encontraba bastante animado. Yo repetí una segunda cerveza que acompañaron con una excelente tapa de torreznos. Pagamos cuatro euros y medio por las tres cervezas –¡un euro y medio la copa!– y eso nos hizo pensar en almorzar en este bar cuando volviéramos de visitar lo que teníamos planificado pues tenía una amplia terraza con numerosas mesas, una carta que habíamos leído previamente muy completa y un menú del día por un precio bastante asequible. 

Habíamos leído maravillas de la JUDERÍA que se conserva en esta población. Nos habíamos imaginado vagando entre sus estrechas calles llenas de un fastuoso encanto rememorando un pasado que se mantiene vivo en la sobria austeridad de los materiales con que los antiguos moradores levantaron sus casas. Adobe, madera de castaño y teja en vertical como elemento aislante configuran la arquitectura tradicional serrana adaptada al paisaje. Materiales autóctonos para una construcción, que hoy llamaríamos sostenible e inteligente. Sin más, iniciamos nuestro paseo por una amplia calle, de nombre Braulio Navas, franqueada a ambos lados por una vistosa arboleda desprovista de hojas dada la época del año, pero que a buen seguro proporcionaría un pasaje de sombra acogedora para los calurosos días de estío. En un momento determinado, un amable vecino se ofreció sin proponérselo nosotros para hacernos una fotografía, a la vez que nos hablaba con cariño de las bondades de la visita que íbamos a realizar. Pronto nos topamos con un bonito mural –pintado sobre la pared lateral de una casa baja– donde decenas de manos blancas muestran al espectador el poder de la unión de las personas para conseguir todo aquello que se propongan. En el centro, un gran corazón presidía la imagen, acompañado de las letras con el nombre del pueblo en un lateral. Al final de la calle giramos a la izquierda para toparnos con la elegante y sobria fachada del MUSEO PÉREZ COMENDADOR-LEROUX, un palacio barroco del XVIII perteneciente a la familia Dávila, con fachada de sillería granítica y cuidado exterior que en ese momento, por razones obvias se encontraba cerrado. Con anterioridad, esta casona había sido una vivienda particular, una biblioteca e, incluso, sede de la Comandancia Militar durante la guerra civil. Sin embargo, hoy en día acoge en su interior el legado del gran escultor Enrique Pérez Comendador, natural de Hervás, cuyas creaciones comparten espacio y protagonismo con las de su esposa, Magdalena Leroux. Volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar a la coqueta plaza de la Corredera presidida por una delicada fuente del siglo XVI con cuatro caños y con una escultura de bronce con motivos flores en la parte superior de la columna que emerge en el centro de la misma. Nos molestó un poco la presencia de numerosos vehículos aparcados que estropeaban un poco las fotos que hicimos, aunque también entendemos que los residentes en este pueblo también tienen que trabajar para poder vivir. Sin más, nos dirigimos hacia la zona más alta del pueblo donde se ubica la IGLESIA DE SANTA MARÍA DE AGUAS VIVAS, que se encontraba cerrada dada la hora que era. Fue allá por el siglo XIII cuando se inicia la construcción de un edificio murado defensivo, adaptado magistralmente al terreno sobre el que fue construido. En el interior del castillo existía una pequeña iglesia que se fue ampliando en diversas modificaciones, haciendo que la construcción original perdiera definitivamente sus peculiaridades defensivas en el siglo XVII. Su campanario se asienta sobre los restos de la torre del antiguo castillo. Presenta una muy bella portada, obra de Simón Pereda, de cantería y clasicista, pero con elementos manieristas, en la que llama la atención el jarrón con la flor de lirio, emblema de la Virgen, bajo el cual se puede leer una inscripción latina y a ambos lados cuatro columnas toscanas de granito. Tras las correspondientes fotografías nos dedicamos a recorrer los alrededores de la iglesia que todavía se conserva parte de una muralla medieval y cuenta con la presencia de un mirador desde el que se pueden contemplar impresionantes vistas de todo el municipio, parte del valle del río Ambroz y de los bosques y montañas de los alrededores.

Finalizada la visita iniciamos el descenso hacia la parte baja del pueblo. Deambulamos por callejuelas estrechas y zigzagueantes que nos anunciaban la pronta presencia de la judería. Llegamos a La Plaza, un espacio de agradable visión con dos partes muy diferenciadas, separada por el inicio de la calle de Abajo que se introduce de pleno en la judería. La zona de la izquierda está presidida por un olivo que proporciona una encantadora sombra a los dos bancos que se ubican en su entorno. Casi enfrente, una callejuela cuyas paredes las puede tocar una persona abierta de brazos. El lado derecho de La Plaza lo preside una preciosa fuente casi en un extremo, frente a la casa que vio nacer al escultor local Pérez Comendador. Poco después iniciamos la bajada de una de las calles más famosas de la villa, la calle de Abajo que viene a morir a los pies del puente que salva el río Ambroz y que da inicio al barrio más famoso de la localidad: la JUDERÍA, declarada Conjunto de interés Histórico en 1969, está constituida por callejuelas estrechas y casas con grandes voladizos, balconadas perfectamente cuidadas y abundancia de materiales autóctonos como la madera de castaño, adobe y granito. Pasear por sus calles es sumergirse en una época pasada, aunque viva y real. Se conservan aún los nombres de las calles Sinagoga, Rabilero, Cofradía… A poco de iniciar la bajada, haciendo esquina con la travesía Maxedo, contemplamos LA CABINA, una réplica en madera de una cabina original de teléfonos instalada en los años 90. Habíamos leído que era la única que había logrado sobrevivir al paso del tiempo de la decena larga que en un momento del pasado existieron en sus calles. Su interior está adornado por unas largas ramas secas y de sus cristales cuelgan pequeños carteles con información de actividades que se realizan en el pueblo. Unos metros más abajo la calle se bifurca: a la izquierda continua la calle de Abajo, camino del río, y a la derecha comienza la llamada calle de la Amistad Judía. Y en la intersección de ambas calles se encuentra LA ESTRELLA DE DAVID, un caserón rehabilitado de 600 metros cuadrados decorado con coloridas macetas reconvertido en casa rural. En su fachada se puede ver el caño del «Tío Julián», una pequeña fuente que es uno de los sitios más fotografiados de la villa. Continuamos el paseo por la calle de Abajo hasta llegar al puente de piedra que salva el río Ambroz y la Fuente Chiquita, un rincón con un encanto especial. Y es aquí, en la FUENTE CHIQUITA, donde surge la leyenda de “la estrella de Hervás”, que transcribo tal y como me la he encontrado en una web local. “Maruxa una joven judía de 18 años de edad, Julián un joven cristiano de 19 años. Julián diariamente cruzaba a caballo la parte baja de Hervás para dirigirse a sus tierras de Romañazos, durante su tránsito comenzó a cruzarse habitualmente con una bella joven judía, un flechazo produjo el amor entre los dos jóvenes. A partir de este momento, los jóvenes mantuvieron bastantes encuentros furtivos dando así rienda suelta a su amor. Debido sus diferencias religiosas, tenían que ocultarse lejos de las miradas indiscretas de los vecinos y el lugar elegido para estos encuentros fue la Fuente Chiquita, en el barrio de abajo, junto al puente que cruza el río Ambroz. Cierta noche, un muchacho los descubre y corre a contárselo a Dimas, unos de los pretendientes al que Maruxa había rechazado un tiempo atrás. El joven judío a su vez se lo hace saber al padre de la joven, exagerando aún más la historia, su progenitor es Ismael, un rabino intransigente, soberbio y con gran influencia en la comunidad judía. El rabino herido en su orgullo decide, justamente una noche antes del Sabbat (séptimo día de la semana, día sagrado de la comunidad judía), enviar  a Dimas junto a otros dos judíos para acabar con la vida del joven Julián, acuden a la fuente Chiquita, y los sorprenden en pleno furor amoroso. Sin mediar palabra los judíos desenvainan sus puñales y Maruxa, viendo el peligro de su amado, se abraza temerosa a Julián para protegerle con su cuerpo. Pero los sicarios ciegos de rabia apuñalan a ambos una y mil veces, hasta dejar sus cuerpos inmóviles en el suelo rodeados por un charco de sangre, muriendo ambos abrazados junto a la Fuente Chiquita. El padre de Julián se limitó a recoger el cuerpo ensangrentado de su hijo para darle cristiana sepultura, en cambio, el rabino Ismael quiso demostrar su integridad religiosa, mandando enterrar los deshonrosos restos de su hija fuera del cementerio judío. Maruxa fue enterrada en uno de los márgenes del río Ambroz junto a la Fuente Chiquita. Desde entonces, «en determinados días, sobre todo  de invierno, baja desde el Pinajarro un vientecillo fresco, salpicado de lágrimas, que produce un extraño rumor como de alguien que llora. Los lugareños lo llaman “el quejío”, equivalente a grito o suspiro, y dicen que son los suspiros de Julián y de Maxuja que recuerdan a toda la villa el incomprensible martirio de la pareja de enamorados”. Y con respecto al PUENTE DE PIEDRA, llama la atención la presencia en uno de sus pretiles de la imagen de un caballero tallada en piedra, un poco desgastada por el paso del tiempo, pero que se puede apreciar claramente esta figura humana sujetando su espada. Esta escultura es la típica imagen funeraria que se ponía sobre los sepulcros de la gente bien avenida en el Medievo, solo que esta está en posición vertical sobre el puente. Según habíamos leído, la talla proviene de la TUMBA DE DON ALONSO SÁNCHEZ, tallada en 1395 y trasladada desde la iglesia parroquial para ser colocada sobre el pretil como homenaje y para dar la bienvenida a los viajeros de la Vía de la Plata. Aprovechamos la soledad del entorno para hacer multitud de fotos y vídeos para rememorar en un futuro la fascinación y el embrujo de este lugar. 

En este punto, pasadas las tres en pocos minutos, iniciamos el camino de vuelta hacia el coche, no sin antes hacer un pequeño alto para visitar el patio de reducidas dimensiones del PATIO DE LOS CÁCTUS, situado en una pequeña plazuela de la calle de la Cuesta. Sorprende la presencia de varios miles de cactus de todos los tamaños y colores plantados en los recipientes más curiosos: conchas marinas, pequeños recipientes de barro, tacitas, etc. La entrada al patio, según consta en un cartel en la fachada de acceso, es gratuita y los donativos para su mantenimiento voluntarios. Llegamos de nuevo a la casa rural La Estrella de David, pero esta vez nos desviamos por la calle Rabilero y nos dejamos llevar por la belleza de cada uno de los rincones y de las numerosas callejuelas que se abrían ante nosotros. Allí nos encontramos con la llamada CALLEJILLA, considerada como una de las calles más estrechas de España. Mide 55 centímetros de ancho y 12 metros de largo. La atravesamos y salimos a la travesía de la Moral, que ya tomamos como el fin de nuestra visita. Llegamos de nuevo al Bar El Mirador y nos sentamos en una de las mesas libres que había en la terraza de la calle. Después de ojear la carta y negociar con el camarero, pedimos un solo menú del día para los dos consistente en una exquisitas migas extremeñas con huevo frito de primero y un delicioso rabo de toro con patatas de segundo. Tras el postre –brownie con helado de nata– y un café solo para evitar posibles somnolencias, abonamos diecisiete euros. Desde aquí, camino al coche y a continuar viaje hacia Toro, aunque antes haríamos una pequeña parada para visitar la iglesia de San Pedro de la Nave, sita en el pueblo zamorano de El Campillo.