lunes, 2 de mayo de 2011

BRAGANÇA Y SU CIDADELA

Cuando planificamos inicialmente este viaje por el norte de Portugal no teníamos previsto ir a Braganza, sino que haríamos el regreso a España visitando la ciudad lusa de Chaves, después de haber visitado previamente Braga y Guimarães. Sin embargo, recopilando información sobre estas ciudades en internet nos topamos con la existencia de un edificio románico del que no habíamos oído hablar nunca: el Domus municipal de la ciudadela medieval, edificio que nos enamoró a la primera. Recopilando algunos datos más entendimos que la visita a Bragança podía resultar más interesante que la de Chaves y que además nos permitiría una llegada más pronta a Zamora, donde esa noche íbamos a pernoctar en el Parador ubicado en el Palacio de los Condes de Alba y Aliste. Pero, al igual que ocurre en la vida diaria, todo no iba a ser perfecto. No tuvimos en cuenta el estado de las carreteras de esta región de Trás-os-Montes, fronteriza con España lo que dificultó significativamente la llegada a la ciudad portuguesa y el tiempo que íbamos a disponer para su visita. 

GUIMARAES: AQUÍ NACIÓ PORTUGAL

Habíamos salido de Braga a eso de las una de la tarde y no había pasado media hora cuando llegamos a Guimarães poco antes de las una y media después de recorrer los escasos treinta kilómetros que separan ambas ciudades. Callejeamos por las avenidas de acceso al centro de la ciudad buscando un lugar para aparcar el coche, cosa a primera vista nos pareció difícil. No obstante, la suerte se alió con nosotros y conseguimos dejar el vehículo en un hueco que acababa de quedar libre al comienzo de la rúa de Camões. Nuestra idea inicial fue centrarnos en tres zonas de la ciudad: la ubicada en Largo de Toural, la de Largo de Oliveira y, finalmente, la zona del castillo y del palacio de los Duques de Braganza. Y así lo hicimos.

En primer lugar, nos dirigimos hacia Largo de Toural, una elegante plaza de grandes proporciones con una colección de edificios muy interesante, para contemplar el lienzo de muralla que se conserva y que lleva escrita la leyenda AQUÍ NASCEU PORTUGAL, pues Guimarães tiene a bien considerarse el núcleo fundacional del futuro reino portugués y como tal lo exhibe en todos sus monumentos. Casi enfrente, destacaba la fachada de la BASÍLICA DE SAO PEDRO, de fachada bastante sosa, aunque lleva con orgullo ser primera iglesia de la archidiócesis de Braga en recibir el título de basílica a mediados del siglo XVIII. Nos llamó la atención la presencia de una larga fila de taxis –eso sí, todos Mercedes–, pero que estaban pintados de forma diferente: mientras unos eran totalmente beiges, otros tenían los techos de color verde y el resto de la carrocería en color negro. Nos resultaron curiosos, pero, aunque preguntamos a un par de personas que estaban sentadas en un banco de la plaza el porqué de esta diferencia, no supieron decírnoslo. Desde aquí nos dirigimos camino del centro histórico de la ciudad. Atravesamos el llamado POSTIGO DE SAN PAIO –conocido también como Porta Nova– y continuamos por Largo de Condessa do Juncal caminando por callejas estrechas y casas bajas de dos plantas y múltiples colores en fachadas, puertas y ventanas, todo ello con un excitante sabor a antaño. Fuimos a salir frente a la CAPELA DE NOSSA SENHORA DA GUIA, una de las siete capillas construidas en el primer tercio del siglo XVIII para promover la devoción popular a la pasión de Cristo, y el afamado MUSEO ALBERTO SAMPAIO, fundado en la década de los 20 del siglo pasado, para albergar todo el patrimonio artístico y religioso de la extinta Colegiata de Nuestra Señora de la Oliveira y de otras iglesias y conventos de la ciudad. A nuestra derecha se abría una larga avenida bellamente ajardinada que finalizaba ante la lejana fachada barroca de finales del siglo XVIII de la IGREJA DE NOSSA SENHORA DA CONSOLAÇÃO E SANTOS PASSOS. No obstante, nosotros giramos a la izquierda para llegar a Largo de Oliveira, uno de los puntos neurálgicos del centro histórico de la ciudad. Al llegar, nos topamos con una plaza ocupada casi en su totalidad por veladores con mesas y sillas con numerosos clientes en esos momentos, que dificultaban significativamente el tránsito de los paseantes. En esta plaza, los dos monumentos a destacar son, por un lado, el PADRAO DO SALADO, un curioso y único monumento en Portugal por sus características. Su construcción fue ordenada en 1342 por el monarca de Portugal Dom Afonso IV para conmemorar la victoria en la batalla de las orillas del rio Salado, donde los portugueses combatieron aliados con los castellanos contra los musulmanes, sufriendo el islam su primera gran derrota. El monumento conmemorativo en sí es un alpendre con bóveda de piedra que descarga su peso sobre cuatro arcos apuntados sustentándose sobre pilastras, con labras y molduras de gusto romanizante, que alberga un cruzeiro en su interior. Y por otro, justo enfrente, la IGREJA DA NOSSA SENHORA DA OLIVEIRA, con un buen acabado gótico en su exterior, pero de un recargado barroco en su interior. Este templo tuvo su origen en otro anterior mandado levantar por la condesa Mumadona Dias a mediados del siglo X. El edificio actual integra elementos de características manuelinas, sobre todo la torre del campanario. No desmerece comparado con estos dos monumentos la imponente fachada de la DOMUS MUNICIPALIS, que fue palacio condal a finales del siglo XIV, destacando el pórtico sostenido por cinco arcos góticos, los cinco miradores y una estatua en lo alto de la fachada del edificio que representa a Guimarães. Pasamos por debajo de los arcos y vinimos a salir a una encantadora placita alargada de nombre praça de Sao Tiago, también saturada de mesas y veladores como la anterior. Presentaba un abigarrado caserío de tres plantas, donde, por encima de todo, destacaban los numerosos balcones repletos de macetas llenas de flores. Terminada la visita, desandamos lo caminado en dirección al coche, no sin antes pararnos en una pequeña tienda de productos portugueses en la rúa Egas Moniz para comprar un par de guantes bordados para el horno con el “gallo de Barcelos”, símbolo del país, bordado en una de sus caras. Casi a las tres menos cuarto de la tarde abonamos dos euros por el tiempo que había estado el coche estacionado. 


Pusimos dirección a la última parte de nuestra visita. Subimos al coche y nos dirigimos hacia el castillo. Atravesamos los jardines de La Alameda, continuamos por la avenida de Alberto Sampaio para llegar a una espaciosa plaza presidida por la estatua de la CONDESSA MUMADONA DIAS, fundadora de un monasterio donde ahora se alzaba la iglesia de Nuestra Señora de Oliveira y que daría lugar al nacimiento de la ciudad de Guimarães. Seguimos conduciendo por rúa Serpa Pinto para terminar aparcando en la inmediaciones del CONVENTO DE SANTO ANTÓNIO DOS CAPUCHOS, casi frente al camino de acceso a este recinto histórico. Desde aquí nos desplazamos hacia la explanada ante la que se abre la fachada principal del PAÇO DOS DUQUES DE BRAGANÇA, coronada por numerosas chimeneas. El recinto se encontraba cerrado al público porque estaban preparando en el patio que se abre tras el acceso al interior del edificio el escenario para algún evento, pero se permitía entrar –al menos nosotros lo hicimos– para ver el patio central y las cuatro alas del mismo. La construcción del palacio de los Duques de Bragança, inspirada en las residencias señoriales francesas, se inició a principios del siglo XV y se debe a D. Afonso de Barcelos, primer duque de Bragança e hijo natural de D. João, Mestre de Avis, futuro rey D. João I. Como la residencia de los Bragança se trasladó más tarde al Palacio de Vila Viçosa, en Alentejo, el edificio se fue degradando a lo largo de los siglos hasta transformarse en un cuartel militar en 1807. Y no fue hasta 1937, fecha en que se iniciaron las obras de restauración, recuperando el palacio toda su espectacularidad gótica de inspiración normanda. Tras esta rápida visita, nos detuvimos un momento para contemplar la imponente ESTATUA DOM AFONSO HENRIQUES, erigida en honor del primer rey de Portugal. Desde aquí nos acercamos para disfrutar del románico sencillo de la IGREJA DE SAO MIGUEL DO CASTELO, que data del siglo XIII y donde, según la tradición, habría sido bautizado Dom Afonso Henriques. De reducidas dimensiones, esta iglesia presenta una gran simplicidad decorativa pudiendo contemplarse en el suelo varias losas tumularias de guerreros del período de la fundación de la nación. Estaba cerrada con una verja que impedía el acceso a su interior, pero al menos permitía hacer fotos del mismo. Finalmente, nos encaminamos hacia el CASTELO, mandado construir a mediados del siglo X por la condesa gallega Mumadona con el fin de permitir a la población poder refugiarse de los constantes asaltos de las hordas de vikingos, venidos de los mares del norte de Europa, así como de los musulmanes provenientes de los territorios ocupados por ellos al sur. Posteriormente fue ampliado y reforzado hasta convertirse en el soberbio conjunto defensivo que vemos hoy, dominado por la torre del homenaje cuadrangular, situada entre las cuatro torres que flanquean las murallas en sus ángulos. Accedimos a su interior sin problemas ya que la puerta se encontraba abierta. Dimos un breve paseo por su camino de ronda e hicimos todas las fotos que quisimos. Cumplimentada la visita nos dirigimos hacia donde habíamos aparcado el coche y enfilamos camino a Bragança cuando pasaban algunos minutos para las cuatro de la tarde, según consta en el recibo de acceso a la autovía –por el que abonamos 5,45 euros– que nos llevaría a nuestro penúltimo destino del día.  

BRAGA: UNA CIUDAD AGRADABLE DE VISITAR

Tocaba regresar a casa. Pero el viaje de vuelta no lo íbamos a hacer directamente, sino que habíamos planificado hacer un recorrido de oeste a este por todo el norte de Portugal hasta llegar a Zamora donde pernoctaríamos en el Parador de la ciudad esa noche. Así que teníamos un largo camino por delante que llevaría nuestros pasos a las ciudades de Braga, Guimarães y Bragança para terminar el día cruzando la frontera y llegando a la capital zamorana. Por ello, era necesario madrugar y movernos con cierta rapidez. El día amaneció espléndido, con un sol radiante que hacía presagiar que íbamos a pasar, al menos durante la mañana, algo de calor. Pasaban algunos minutos de las ocho y media de la mañana, ya desayunados, cuando bajamos las maletas al vestíbulo del hotel y yo me acerqué hasta el estacionamiento privado donde estaba aparcado el coche. Una vez en la calle, cargamos las maletas e iniciamos camino de la Bracara Augusta romana de la que nos separaban unos sesenta kilómetros que recorrimos ligeros por una excelente autopista escasamente saturada de circulación. Después de callejear por la ciudad un poco siguiendo las instrucciones del navegador, poco antes de las diez de la mañana salíamos del aparcamiento, sito en la plaza de Largo Carlos Amarante, al lado de la IGREJA DE SANTA CRUZ, donde habíamos dejado el coche. Y en este punto iniciamos la visita a la ciudad. El templo se construyó por orden del fundador de la Cofradía de Santa Cruz. La construcción fue iniciada en el primer tercio del siglo XVII, pero no se terminó hasta casi mediados del siglo siguiente, hecho que justifica la existencia en el mismo tanto de elementos arquitectónicos manieristas y barrocos. El interior, de una sola nave, es abigarrado, muy del gusto portugués, sobresaliendo las bóvedas trabajadas en piedra, así como los arcos fajones recubiertos de elementos decorativos dorados, al igual que las capillas que se abren a ambos lados de la nave, dando una impresión muy recargada y asfixiante para el espectador. Concluida la visita a la iglesia, nos dirigimos al otro lado de la plaza, casi enfrente del templo, para contemplar la CASA DOS COIMBRAS, donde nos topamos con una preciosa ventana, compuesta por cuatro pequeñas ventanas, enmarcada por una cuerda de granito de una belleza increíble, que nos recordó el tan usual cordón franciscano que enmarca las construcciones de esta orden religiosa. Originalmente esta casa de estilo manuelino fue un pequeño palacio construido en el siglo XV para albergar a los eclesiásticos. Años más tarde fue comprada por João de Coímbra, que construyó una capilla, que fue derruida y reconstruida junto a la capilla de São João do Souto a comienzos del siglo XX cuando se remodeló el trazado urbano de esta zona de la ciudad.

sábado, 30 de abril de 2011

COÍMBRA Y SU UNIVERSIDAD

Habíamos planificado con mimo este viaje que íbamos a realizar durante el puente de mayo, recorriendo algunas de las ciudades más importantes del norte del país vecino para regresar a España visitando la ciudad de Zamora, que no conocíamos. Después de darle muchas vueltas decidimos que nuestra primera parada sería la ciudad de Coímbra para conocer, entre otras cosas, su afamada y antigua Universidad, aunque ese mismo día continuaríamos camino hacia Oporto donde habíamos reservado hotel para dos noches. La distancia que separa Bailén de Coímbra por la ruta más corta es de algo más de seiscientos kilómetros. Ello nos obligó, a pesar de que ganábamos una hora al entrar en territorio portugués, a salir a una hora muy temprana si queríamos aprovechar la mañana. Y así lo hicimos. A eso de las tres de la mañana salíamos de nuestra casa con todo nuestro equipaje preparado y cargado en el maletero desde la noche anterior. Enfilamos en dirección a Córdoba y desde allí camino de Badajoz, atravesando toda la serranía cordobesa. Durante todo el trayecto el tráfico que soportamos fue escaso. Bordeamos la capital pacense cuando el reloj aún no había marcado las siete de la mañana y continuamos camino. Los primeros kilómetros de carretera una vez cruzamos la frontera perdieron la anchura y asfaltado de los que habíamos traído hasta entonces. Poco a poco, la carretera por la que circulábamos fue mejorando en cuanto a asfalto, pero no en anchura, haciéndonos el viaje más relajado. Hicimos una primera parada a eso de las siete y media –hora portuguesa– en una estación de servicio cerca de Abrantes, una pequeña población bañada por el río Tajo, situada a unos ciento veinte kilómetros de Coímbra.  Aprovechamos el momento también para tomar unos cafés con leche y unas pastas que hicieran las veces de desayuno. Al montarnos de nuevo en el coche, una ligera lluvia nos avisó de lo que nos podía esperar en las horas siguientes. Pocos kilómetros más adelante accedimos a la autopista de pago –siete euros y medio nos costó el trayecto hasta nuestro destino– y en algo más de una hora llegamos a Coímbra, cuando el reloj mostraba algo más de las nueve y media de la mañana. 

miércoles, 2 de marzo de 2011

martes, 1 de marzo de 2011

Tenerife: Punta del Teno, Santa Cruz e Icod de los Vinos

Como bien creo que queda reflejado a lo largo de todos los comentarios realizados, este ha sido un viaje en el que el descanso ha brillado casi por su ausencia, aunque este hecho no nos ha importado demasiado pues lo que es descansar ya lo haríamos cuando regresáramos a casa. Desayunamos en el hotel nuestro aporte diario de calorías y nos dirigimos sobre las ocho de la mañana en dirección a la Punta del Teno. Hasta el llamado Mirador de la Monja, donde hicimos una pequeña parada, el paisaje no nos dejaba intuir lo que se avecinaba. Tras pasar un pequeño recodo para ver el paisaje de la zona de Buenavista, nos encontramos de golpe con el viento que azotaba con tal fuerza que dificultaba sobremanera dar pequeños pasos. Concha llegó a comentar jocosamente que si hubiera sido ella la que hubiera estado en mi lugar, habría salido volando. Una vez realizadas las correspondientes fotos nos encaminamos hacia Teno. Convendría citar previamente que esta carretera dispone de unos grandes carteles en los que se prohíbe el acceso a la misma en los idiomas más usuales, previniendo de la caída de piedras de los acantilados por los que discurre con el correspondiente peligro que ello supone. No obstante, a pesar de las prohibiciones, «todo el mundo» circula por la misma, sin importar si quiera la presencia de la Guardia Civil, aunque es verdad que en las cunetas se puede observar con total claridad la presencia de rocas, más o menos grandes, desprendidas de las paredes rocosas. A un kilómetro aproximado del Mirador de la Monja surgen fantasmagóricos dos larguísimos túneles excavados en la roca viva donde la oscuridad absoluta reina a sus anchas. Ni que decir tiene que mientras los atravesábamos tuve mi pequeño pellizco en el estómago pensando en una posible avería. Una vez que volvimos a salir de nuevo al extraordinario amanecer sobre Los Gigantes, como decorado, la tierra volvió a surgir agreste y salvaje. Llegamos al final de la carretera y dimos una vuelta por el faro rojo que existe en sus aledaños y por los alrededores en los que contemplamos pequeñas calas golpeadas por un fuerte oleaje y algún que otro campista desperezándose.

lunes, 28 de febrero de 2011

Tenerife: Masca, Los Gigantes, Vilaflor, El Médano, Candelaria

Este día nos levantamos muy temprano –en torno a las siete y cuarto–. Nuestro plan era ir a Los Gigantes para dar un paseo un paseo en barco, pasando previamente por Masca.

No tengo palabras para describir esta zona de la isla. Es algo indescriptible, tienes que verlo para poder comprender la magnitud de este paisaje. Salimos temprano en dirección a Los Gigantes ya que teníamos paseo en barco a las once, en una excursión de tres horas, con comida a bordo.

El día que nos amaneció parecía dispuesto a colaborar en embellecer aún más si cabe el viaje. Un cielo azul añil acotaba el verde oscuro del paisaje, que se retorcía hacia profundos barrancos que contrastaban con el azul intenso del mar que se divisaba a lo lejos. Las vistas que observan a lo largo del viaje a Masca no son de este planeta. Ascendimos desde Buenavista por una carretera estrecha y serpenteante que ganaba altura por minutos. La carretera discurre por el valle que hay tras Los Gigantes, elevación brutal de unos seiscientos metros que se levanta en un potente ángulo frente a mar. Ese farallón que presenta una visión impresionante desde el barco, es el que se recorre en el viaje a Masca, pero por su parte trasera. Es una sensación de ahogo que no abandona al viajero en todo el trayecto, que no permite distracción alguna. Eso sí, el premio para la vista y el alma es merecido. Hicimos varias paradas en los diversos miradores habilitados y también nos detuvimos en la población de Masca, frente al Bar “Aquí me quedo”, curioso nombre que hace honor a los pensamientos de más de un conductor.

domingo, 27 de febrero de 2011

Tenerife: El Teide, Roques de García, La Orotava y Puerto de la Cruz

Madrugamos más que ningún día. A las siete y media ya estábamos en el coche camino del Teide, después de haber desayunado en el hotel. En un principio habíamos planificado, siguiendo las recomendaciones de los foros de internet, hacer la subida por La Esperanza, ya que las vistas eran mejores y había muchos más miradores desde los que contemplar el Teide. Pero mi miedo a perder media mañana haciendo cola en el teleférico para ascender a la cima, me hizo tomar la decisión de subir por La Orotava, que aunque menos espectacular, también tenía su encanto. El tráfico ha sido denso, con bastantes autobuses en plena ascensión, en una carretera similar a la de Anaga: muchas curvas lo que dificultaba los adelantamientos, poca anchura de asfalto y bastante tráfico. Una cosa descubrimos: mirando el Teide desde la costa norte, por la que íbamos a subir, destacaba la cumbre y parte de la falda toda nevada; sin embargo, cuando llegamos al teleférico, la nieve prácticamente había desaparecido como por ensalmo, dado que habíamos rodeado la montaña en nuestra ascensión. Resultaba también sorprendente el cambio paulatino en el paisaje; así, pasamos de un denso bosque de pinos que rodeaba toda la parte baja de la falda del Teide, a un paisaje desolador del que las distintas riadas de lava se habían hecho dueñas.

sábado, 26 de febrero de 2011

Tenerife: Llegada, Macizo de Anaga y Garachico

Aterrizamos en Los Rodeos alrededor de las diez y cuarto de la mañana, hora canaria. Hacía un día insuperable con una temperatura muy agradable. Nos dirigimos, una vez recogidas las maletas, a la oficina de Auto Reisen para recoger el coche que habíamos alquilado por unos ochenta y cinco euros los cuatro días. Nos dieron un Ford Fiesta rojo, bueno, que no era lo que esperaba pero que nos hizo el apaño. Intentamos meter las dos maletas en el maletero, pero no cabían. Esa situación nos torció un poco los planes previstos. Nuestra intención inicial era dirigimos a la Playa de Las Teresitas y San Andrés y llegar al hotel por la tarde. Pero no podíamos estar todo el día con la maleta en el asiento de atrás, a la vista de todo el mundo y menos por la zona de Anaga, donde íbamos a estar, pues los comentarios en los foros la presentaban como propicia para el robo de las pertenencia de uno en el momento que te alejaban un poco del coche y te ibas a ver alguno de los muchos miradores que hay en este macizo. Como era temprano, tomamos la decisión de ir a Buenavista del Norte, donde nos esperaba el hotel, dejar las maletas y volver de nuevo a Anaga para recorrer los pueblos y espacios más interesantes. Hicimos el viaje sin muchos atascos en poco más de dos horas, ida y vuelta. El Tomtom nos gastó una pequeña broma graciosa. En los días previos no logré encontrar una dirección fiable en internet para planificar el GPS y llegar al hotel sin problema. Al final conseguí una que memoricé en el Tomtom. Llegamos a Buenavista, y nos dejamos guiar hasta que nos indicó que «habíamos llegado a nuestro destino». Miramos extrañados alrededor porque allí no había nada que se pareciera a un hotel. De pronto lo descubrimos: el letrero indicaba que estábamos en el cementerio municipal. ¡Al fin y al cabo, también es un hotel! Pasada la sonrisa de los primeros momentos, dimos la vuelta y preguntamos a un vecino que paseaba cerca. Nos dio las orientaciones oportunas y llegamos sin ningún tipo de problema al hotel, donde nos explicaron que, al ser de reciente construcción, aún no figuraban sus coordenadas para los GPS.

lunes, 18 de octubre de 2010

domingo, 17 de octubre de 2010

Lanzarote: Timanfaya y Fundación César Manrique

Ni que decir tiene que Timanfaya es algo que no se puede explicar, hay que verlo y una vez que lo has visto, no encuentras las palabras adecuadas para definirlo. Esa mañana preparamos los bollos que nos habían dejado en la puerta de la habitación como frugal tentempié de la mañana. Nos subimos al coche y programamos el Tom Tom. Después de media hora de viaje, el GPS nos indicó que a doscientos metros se encontraba nuestro destino. Yo me reí, creyendo que se había equivocado, pues estábamos en medio de la nada. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando de pronto surge una salida en la carretera!
Efectivamente, allí se encontraba la caseta
de control al parque y donde teníamos que comprar las entradas. Abonamos los ocho euros correspondientes por persona y nos encaminamos durante cuatro o cinco kilómetros hacia el Centro de Interpretación del Parque de Timanfaya, donde cogeríamos un autobús para visitarlo. Ni que decir tiene que el paisaje es espectacular. No habíamos vista nada parecido hasta la fecha. La lava retorcida, presionada, quebrada…, sin el más mínimo resto de vegetación, en el más absoluto de los silencios.

sábado, 16 de octubre de 2010

Lazarote: Jardín de Cactus, Jameos del Agua, Cueva de los Verdes, Mirador del Río, Haría y Teguise

Al día siguiente nos levantamos sobre las siete y media. Nos aseamos, hicimos unos tés en el microondas y descubrimos que nos habían colgado en el pomo de la puerta dos bollos de pan recién hecho. Con el fiambre que habíamos comprado la tarde anterior, nos hicimos unos bocadillos para comérnoslos más adelante y nos preparamos para salir. La primera visita programada del día era el Jardín de Cactus, localizado en Guatiza. Por el camino nos encontramos con multitud de chumberas, cuya utilidad principal (habíamos leídos previamente en la Guía Azul) era la cría de cochinilla, un insecto parásito del que se extrae un colorante de color rojizo muy apreciado.
El Jardín de Cactus es obra, como no, de César Manrique y es algo digno de visitar por la gran vari
edad y calidad de los cactus existentes en el mismo. Antes conviene decir que en la rotonda donde se ubica el aparcamiento hay un cactus enorme (viendo yo con anterioridad al viaje fotos en internet, me asombraba el tamaño de dicho cactus). Dicho asombro desapareció por arte de ensalmo al verlo en directo. Es un cactus metálico, un reclamo a pie de carretera para los posibles visitantes. Ello no le quita mérito a la idea.

viernes, 15 de octubre de 2010

Lanzarote: Yaiza, Los Clicos, Los Hervideros, El Papagayo y Arrecife

El pasado mes de octubre pasamos unos días de Lanzarote. Ha sido uno de los viajes que más me ha impactado por muchos motivos: la limpieza que impera en todos los lugares donde nos hemos desplazado; el fortísimo contraste del paisaje isleño en comparación con el paisaje europeo en general, y andaluz en particular; la amabilidad de sus gentes; y, sobre todo, la facilidad para desplazarse a todos los sitios que llevábamos planificados debido a la cercanía entre ellos.

No compramos el bono que por treinta euros te permitía visitar seis de los enclaves que íbamos a ver. Fundamentamos la decisión en que dicho bono suponía un ahorro de unos 3 euros en caso de que hiciéramos todas las visitas; no obstante, como no estábamos seguros de poder hacerlas todas, nos arriesgamos a pagar de una en una las entradas.

Volamos desde Madrid a una hora temprana –9 de la mañana–, aunque con cierto retraso. Ello no fue óbice para que aterrizáramos aproximadamente a las 11. Recogimos nuestra maleta, que previamente habíamos facturado por internet y nos dirigimos a la oficina de Autos Reisen, en la misma terminal del aeropuerto. También habíamos reservado con anterioridad un coche de gama pequeña para recorrer la isla con mayor comodidad. Nos dieron un Renault Clío blanco, coqueto en su línea pero con poco motor, lo que suponía que las cuestas –y en Lanzarote hay bastantes– teníamos que subirlas siempre en marchas cortas. Colocamos nuestro Tom Tom en el parabrisas y lo programamos para que nos dirigiera a Costa Teguise. Preferimos este emplazamiento a otros de la mucha oferta en Puerto del Carmen o Playa Blanca, por entender que estaba mejor situado en el mapa y eso nos permitiría dividir los desplazamientos de un modo más racional. Hubo un hecho que me sorprendió notablemente: el GPS captaba la señal de los satélites con una rapidez asombrosa, contrastando con la lentitud con que lo hace en otras partes de España, tales como Madrid o Málaga.