El día amaneció esplendido, de un azul añil radiante y con una temperatura muy agradable para la época del año en la que estábamos. Hoy era nuestro último día de estancia en La Cumbre pues algunos deberes pendientes reclamaban nuestra presencia en Torremolinos. Hoy habíamos decidido visitar por segunda vez la localidad de Guadalupe y su archiconocido monasterio. La primera, allá por 1996 en compañía de nuestros hijos, nos había dejado un buen recuerdo y decidimos repetir la experiencia. Nos levantamos temprano con las primeras claras del día. Desayunamos siguiendo nuestras rutinas: café con leche, tostadas y algo de fiambre. Y a eso de las ocho menos cuarto más o menos enfilábamos la A5 camino de nuestro destino. Esta vez confié en la elección del trayecto al navegador del coche y este me hizo recorrer algo más de treinta kilómetros, eso sí, desde La Cumbre hasta el cruce donde abandonamos la autovía, unos cincuenta kilómetros, el viaje fue más placentero. Sin embargo, a partir de aquí hasta la llegada a Guadalupe la carretera se volvió bastante sinuosa, con infinidad de subidas y bajadas, curvas y contracurvas. Al menos eso ganamos con el trayecto: algunos de los paisajes que nos devolvía el recorrido eran espectaculares, con enormes masas arbóreas derramándose ladera abajo de las lejanas sierras que delimitaban la visión. Poco antes de llegar a la localidad de Deleitosa, a la salida de una curva, nos encontramos con una manada de cuatro o cinco ciervos que estaban en mitad de la carretera y que desaparecieron como por arte de ensalmo cuando nos vieron aparecer, pero que el susto nos lo metieron en el cuerpo. Llegamos a Guadalupe cuando pasaban pocos minutos las diez de la mañana. Aparcamos el coche en la avenida Conde de Barcelona, a pocos metros del ayuntamiento de la localidad, a cuya espalda se celebraba el tradicional mercadillo de ropa, fruta y verdura, lo que hacía que la zona se mostrara bulliciosa, con numerosas personas que iban y venían. Nosotros enfilamos la calle Gregorio López hasta llegar a la plaza de Santa María ante la que se abre con toda su magnificencia la exuberante fachada del monasterio. Tras comprobar los horarios de visita decidimos volver sobre nuestros pasos, iniciar el recorrido que teníamos planificado a los distintos edificios y monumentos de la localidad y dejar para un poco más tarde la visita a las dependencias monacales.
Volvimos de nuevo al Ayuntamiento, nos detuvimos un momento a observar el BUSTO DE EUSEBIO GONZALEZ MARTÍN y nos desviamos por la calle Poeta Ángel Marina, atravesando de lleno los distintos puestos del mercadillo que en esos momentos se hallaba en su máximo apogeo. Torcimos a la derecha para alcanza la calle Barrera de las Eras para ver el llamado ARCO DE LAS ERAS, construido en mampostería de piedra y ladrillo en arcos y convivienda superior. Su arquitectura conserva aún restos de las antiguas almenas que protegían su acceso. Desde allí continuamos por la calle Berganza donde disfrutamos de rincones bellísimos, con casas típicas de la zona de dos alturas, con balconadas voladizas encantadoras. Pasamos por delante de la sobria fachada de la CASA DE GIL CORDERO, reconocida como la casa del pastor cacereño a quien se le apareció por primera vez la Virgen, a finales del siglo XIII o principios del siglo XIV, siéndole encomendada la tarea de construir una choza para colocar su imagen. El cuerpo del pastor yace sepultado en la nave contigua a la sacristía del monasterio, lugar exacto donde según la tradición apareció la talla románica. Seguimos nuestro agradable paseo por la llamada FUENTE DEL ÁNGEL, una de las diecisiete fuentes de agua potable que existen en la localidad adosada al muro de una casa y por el ARCO DEL TINTE, de influencia mudéjar, que conserva dicho nombre porque daba paso a las antiguas fábricas de tinte, uno de los numerosos gremios que existían en la Puebla. Y desde aquí, caminando por la calle del Tinte llegamos a uno de los rincones más seductores de nuestro recorrido: la Fuente de los Tres chorros que preside la centralidad de la plazuela del mismo nombre. La FUENTE DE LOS TRES CHORROS es la más importante y de mayor significación urbana. En torno a ella y a su plazuela se articula la trama arquitectónica de la Puebla Baja. Data del siglo XV. El silencio de sus casas roto únicamente por el gorjeo de algunos pajarillos que revoloteaban sobre sus tejados nos envolvió en un clima de tranquilidad muy atrayente. Minutos después y tras las fotos y vídeos de rigor continuamos camino por la interesante calle Sevilla, pasamos bajo el ARCO DE SEVILLA, otra de las puertas interiores de la muralla que cerraba el primer cinturón defensivo del Monasterio en el siglo XVI. Nada más atravesar el arco, a mano izquierda se nos mostró majestuosa la CASA DE GREGORIO LÓPEZ, insigne vecino de la localidad nacido a finales del siglo XV, alcalde mayor de la ciudad en la primera mitad del siglo XVI, además fue un reconocido humanista, jurista, abogado y miembro del Consejo de Indias. Así fue como desembocamos de nuevo en la fastuosa PLAZA DE SANTA MARÍA presidida por la augusta fachada del monasterio. Tiene forma irregular y se caracteriza por su arquitectura popular, porticada con soportales de madera y balconadas. En su centro hay una fuente hecha con una antigua pila bautismal en la que fueron bautizados los primeros nativos traídos por Colón. Ahora sí tocaba iniciar su visita.
El REAL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1993. En su interior se aprecia el estilo gótico, mudéjar, renacentista, barroco y neoclásico, es decir, desde los siglos XIII al XVIII. Sus moradores iniciales, allá a finales del siglo XIV, fueron los monjes de la orden jerónima, permanecieron entre sus muros hasta la desamortización de la primera mitad del siglo XIX, siendo entregado años más tarde a los frailes franciscanos, con lo que comenzó una nueva etapa. Subimos la escalinata y nos dirigimos a la izquierda donde se encontraban las taquillas. Justo antes de acceder al interior, sobre la fachada del monasterio, se encuentra una estatua de bronce dedicada a SAN FRANCISCO DE ASÍS. Habíamos leído que la entrada a la basílica era gratuita –cosa rara en estos tiempos que corren– pero que el acceso a las dependencias y claustros del monasterio se incluía en una entrada de cinco euros por persona. Nosotros, por ser jubilados, abonamos la entrada reducida de cuatro euros cada uno. La visita a estas estancias solo se puede realizar de forma guiada, así que tuvimos que esperar unos minutos junto al grupo en el que nos habían incluido a que fuera la hora prevista para la entrada. Y como toda buena visita guiada, los guías tenían una preparación excelente y un olfato increíble para detectar e impedir la toma de imágenes o vídeos en las zonas prohibidas, permitiéndolo solamente en la zona exterior del claustro mudéjar, alrededor del cual prácticamente tiene lugar el recorrido con una duración aproximada de unos cuarenta y cinco minutos.
El CLAUSTRO MUDÉJAR fue construido a finales del Siglo XIV, en el lugar que antes ocupó la plaza de armas o de defensa del santuario. En el centro del jardín se eleva un airoso templete, de planta cuadrada erigido en 1405 por fray Juan de Sevilla, monje del monasterio en el que conviven armoniosamente el arte gótico con el árabe. En la galería baja de este claustro, colgados de sus muros, penden 29 cuadros de traza antigua que pintó un fraile jerónimo en la segunda mitad del siglo XVII con temática relativa a la historia y prodigios de la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe. En una esquina se sitúa una bonita fuente con sugerente azulejería. No recuerdo con exactitud el orden de la visita que marcó el guía con nuestro grupo. Por ello, voy a ir citando una a una las distintas estancias por las que discurrieron nuestros pasos. Tras disfrutar a raudales de la visión claustral, de las elevadas torres que rodean el monasterio o del impresionante rosetón gótico, nos dirigimos al MUSEO DE BORDADOS, inaugurado en 1928 en presencia del rey Alfonso XIII. Allí se exponen ornamentos sagrados y otras telas dedicadas al culto que fueron fabricados en los talleres de bordado del monasterio, por monjes y seglares, desde el siglo XIV. Desde aquí nos llevaron al MUSEO DE LIBROS MINIADOS, una suntuosa estancia decorada con pinturas al temple en bóvedas y muros que alberga los libros confeccionados en piel en los talleres de escribanía e iluminación de códices del monasterio que funcionaron en Guadalupe durante los siglos XV a XIX. Otra sala que visitamos fue el MUSEO DE PINTURAS Y ESCULTURAS ANTIGUAS que reúne una interesante muestra de pintura y escultura de renombrados artistas como Juan de Flandes, Zurbarán, Goya, Cueman y Miguel Ángel. A continuación pasamos a la SACRISTÍA, una de las joyas más bellas del monasterio. Tres son las piezas de este recinto, antesacristía, sacristía y capilla de San Jerónimo. La antesacristía ocupa el espacio la antigua sacristía, su arquitectura es gótica se cubre con bóveda de crucería y se decora con frescos, espejos y lienzos del siglo XVII. La sacristía, por su parte, tiene una planta rectangular. Sus bóvedas y muros se cubren con pinturas barrocas que representan escenas de la vida de San Jerónimo. Sin embargo, lo más preciado de la sacristía son los ocho lienzos de Francisco Zurbarán realizados a mitad del siglo XVII. Por último, en el testero de la sacristía una puerta formada por un arco de medio punto comunica con la Capilla de San Jerónimo, pequeña habitación presidida por un retablo con una imagen penitente de San Jerónimo. También destacan otros tres lienzos firmados por Zurbarán. Finalmente pasamos a visitar el RELICARIO o CAPILLA DEL TESORO, donde se guardan los tesoros más valiosos del monasterio. Tiene planta ochavada que se cubre con cúpula decorada con pinturas barrocas de los siglos XVII y XVIII. La capilla se articula en siete nichos separados entre sí por pilares en cuyo interior se guardan las reliquias. También hay que destacar la arqueta de los esmaltes obra gótica de repujado metálico del siglo XV; un Lignum Crucis gótico realizado en plata sobredorada y un crucificado atribuido a Miguel Ángel. También son dignos de mención tres de los vestidos de la Virgen que destacan sobre los demás: El Manto Rico de la Comunidad (siglo XVIII), el manto de Isabel Clara Eugenia (siglo XVII) expoliado de sus joyas en el siglo XIX y el manto de la cenefa marrón (siglo XIX).
Una vez que estuvimos de nuevo en el atrio escalonado de la BASÍLICA, decidimos acceder al interior del templo, que ocupa una superficie de más de mil metros cuadrados. Es de estilo gótico-mudéjar. Primero se construyó la iglesia a partir de la ermita primitiva y se le fueron añadiendo varias construcciones después de la batalla del Salado. Tiene tres naves, la central más alta y ancha que las laterales, prolongándose la central hasta el testero del coro alto. Por las tres naves corre una elegante verja de hierro. El ábside es poligonal. Las naves se cubren con bóvedas de crucería. Sobre el crucero se levanta un cimborrio ochavado. En los extremos de la nave del transepto la iluminación se realiza a través de grandes rosetones circulares con tracería gótica geométrica. El ALTAR MAYOR ya intuye el cercano estilo barroco. Está formado por tres cuerpos horizontales, tres calles verticales y ático. En el centro del segundo cuerpo generalmente acoge la talla de Nuestra Señora de Guadalupe, pero en nuestra visita la imagen de la Virgen se hallaba fuera de su hornacina, por encima del mueble escritorio regalo de Felipe II que hace las veces de sagrario, bajo un bonito palio de color rojo. Cerrando todo el conjunto, hay una reja de hierro forjado de estilo gótico renacentista de comienzos del siglo XVI. Frente al Altar Mayor, a los pies de la iglesia se abre el magnífico CORO, del siglo XIV, con una fantástica sillería de dos alturas. En el centro de dicho espacio llama la atención un fastuoso facistol de hierro repujado, del siglo XVI. También destaca la presencia de cuatro órganos, dos grandes de estilo barroco y dos más pequeños de estilo rococó.
Finalizada la visita al monasterio y a la basílica, tras la correspondiente sesión de fotos en la plaza –entendemos que los comercios, bares y restaurantes de la misma deben reponer existencias para sus negocios, pero ver esta encantadora explanada atestada de furgonetas de reparto resta algo de encanto al conjunto monumental– decidimos sentarnos en alguna terraza para tomar alguna cerveza, que ya iba siendo hora. Nos decantamos por el CEREZO CAFÉ y nos sentamos en una mesa que ofrecía una gratificante sombra. Pedimos un par de cervezas que nos sirvieron acompañadas de un cuenco con aceitunas verdes. Abonamos las consumiciones y nos dirigimos a la avenida de Alfonso Onceno para visitar brevemente el CLAUSTRO GÓTICO de la HOSPEDERÍA DEL MONASTERIO, construido en la primera mitad del siglo XVI. Es un amplio rectángulo, de cerca de 1000 metros cuadrados, con tres órdenes de arcos, sobresaliendo por su ornamentación, lujosa en calados, los del piso principal. Las galerías son esbeltas, dominando la elegancia del flamígero sobre el gótico-mudéjar. En el centro hay un romántico pozo-cisterna.
Actualmente se ha reconvertido en hotel regentado por monjes franciscanos. De nuevo volvimos a la plaza, pero esta vez tomamos la calle del Marqués de la Romana para contemplar el cercano HOSPITAL DE SAN JUAN BAUTISTA O DE HOMBRES de estilo gótico mudéjar y con una fachada de un blanco resplandeciente. En él se desarrolló la célebre Escuela de Medicina, para lo que el Monasterio obtuvo un indulto apostólico del papa Eugenio IV que facultaba a los monjes, al estudio, enseñanza y práctica de la medicina y cirugía siempre que fuera gratuitamente. Es creencia tradicional que en este hospital se realizaron las primeras autopsias en España, autorizadas por la Santa Sede. Pegado a este antiguo hospital se encuentra el PARADOR DE TURISMO, también de nívea fachada. Ocupa el espacio del antiguo Colegio de Infantes o Gramática. El estilo mudéjar del edificio se ve reflejado en sus patios, portadas y techos. Estuvo en funcionamiento entre los siglos XVI y XIX. En 1965 fue adquirido por el Estado y transformado en Parador de Turismo. Casi enfrente se encuentra la IGLESIA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, construida en la primera mitad del siglo XVIII. En las desamortizaciones de 1835 fue abandonada y posteriormente restaurada para destinar su uso a auditorio y salón de actos y exposiciones. Y unos metros más adelante pudimos observar la GALERÍA MUDÉJAR, una galería porticada de estilo mudéjar, construida en el siglo XV, donde se ubican las antiguas viviendas de los capellanes, una de las cuales recibe el nombre de la CASA DE LA BUENA CRISTIANA porque en ella vivió una mujer musulmana llamada Fátima, que se convirtió al cristianismo y llevó una vida ejemplar. Seguimos nuestro paseo por esta misma calle, cruzamos el ARCO DE SAN PEDRO, poco reseñable y llegamos hasta el cercano HOSPITAL NUEVO O DE MUJERES que data del siglo XV. En él se puede observar una bella fachada gótica con capiteles corridos de influencia flamenca. Actualmente es propiedad privada.
En este punto dimos por finalizada la visita a la ciudad y nos encaminamos de nuevo hacia el coche que estaba aparcado en las cercanías del Ayuntamiento. Sin embargo, al pasar de nuevo por la plaza de Santa María, nos detuvimos un momento en la Panadería Pascual con la intención de comprar algún pastelillo que echarnos tranquilamente a la boca cuando estuviéramos en casa. Estuvimos un rato mirando la sugerente variedad de productos, todos con una pinta espléndida, pero al final nos decantamos por uno que atrajo nuestra atención, llamado “bollo de San Blas” –0,95 euros la unidad–, una especie de torta cubierta por una gruesa capa de azúcar tostada lo que le confería un volumen abultado. Eran algo más de las una y media de la tarde cuando iniciamos el camino de vuelta.