viernes, 22 de octubre de 2021

ÁVILA, MERECE UNA NUEVA VISITA

Salimos de San Juan de Baños y recorrimos los poco más de ciento cincuenta kilómetros que separan Baños de Cerrato de la capital abulense con rapidez y con un tráfico muy escaso, que fue tomando cierta densidad a medida que nos acercábamos a nuestro destino. Ya habíamos estado un par de veces en esta ciudad, pero en ninguna habíamos conseguido hacer una visita completa a los principales monumentos de la misma. La primera tuvo lugar allá por el año 1977 volviendo del viaje de novios que nos había llevado hasta tierras compostelanas; la segunda, en el año 1995 durante el puente del Pilar, esta vez ya acompañados por nuestros hijos. Esta iba a ser, según nuestros planes iniciales, la primera visita completa y planificada a esta preciosa y coqueta ciudad que se deja abrazar por un fuerte lienzo de muralla que la rodea en su totalidad. Sin embargo, Concha ya había manifestado los primeros síntomas de su dolor de espalda a lo largo del día anterior durante nuestra visita a la capital palentina, malestar que había ido en aumento durante esa misma mañana en San Juan de Baños y que, tras el viaje, la desazón había ido apoderándose de ella a medida que el dolor iba en aumento. Habíamos alquilado un apartamento que nos había dado buena espina a la vista de las fotos que se publicitaban en la web –a pesar de tener un nombre inglés: THE LITTLE HOUSE SIR– ubicado en la calle Conde Don Ramón, dentro del recinto amurallado. Algo más de sesenta y ocho euros habíamos pagado por dormir una noche, tiempo que creíamos más que suficiente para cumplir nuestros objetivos. Pasadas las una y media de la tarde llegábamos a la dirección indicada donde nos estaba esperando el marido de la dueña del piso, reservándonos además con su coche una plaza para aparcar el nuestro prácticamente en la puerta del piso. Tras los saludos correspondientes, bajamos las maletas y subimos al apartamento que estaba situado en una primera planta a la que se accedía –único punto negativo– por una estrecha escalera. Nada más entrar, nos recibió un amplio salón presidido por un confortable sofá y una decoración sumamente refinada. A su derecha, una cocina, comunicada con la estancia, en la que incluso había unos bombones junto a una cafetera, y el cuarto de baño independiente y muy completo en cuanto a enseres y productos. A su izquierda, un amplio dormitorio con una cama bastante amplia y cómoda en apariencia. El apartamento tenía de todo: juegos para niños y mayores, libros de lectura para diversas edades, folletos explicativos de la ciudad, etc. Nos despedimos de nuestro anfitrión, nos refrescamos un poco y salimos del piso –casi a las dos de la tarde– para dirigirnos hacia la zona de la catedral que pretendíamos visitar. Durante la caminata fuimos fijándonos en detectar algún bar abierto, pero no encontramos ninguno que atrajera nuestra atención. Así, buscando y buscando llegamos a la pequeña plaza que se abre ante la fachada principal de la catedral y allí descubrimos el BAR RESTAURANTE EL ÁGUILA, que no era sino prácticamente en el primer local con terraza que vimos abierto y con mesa disponible, teniendo en cuenta la hora tardía que era. Allí nos sentamos, entre sol y sombra, con una temperatura ambiente muy agradable y bajo la imponente fachada catedralicia a un lado y la elegante mole gótica del PALACIO DE VALDERRÁBANOS, que en la actualidad es un complejo hotelero. Mientras esperábamos que vinieran a tomarnos nota de lo que íbamos a beber, estuvimos viendo la carta de tapas que ofertaba el establecimiento. Pedimos dos cervezas que nos sirvieron con prontitud acompañadas de una tapa de croquetas y otra de ensaladilla rusa, detalle que nos agradó bastante: cada bebida tenía su tapa correspondiente incluida. Repetimos la cerveza esta vez acompañada de sendas tapas de patatas revolconas, plato típico de la tierra, que no habíamos probado nunca. Es una especie de puré de patata condimentado con pimentón y ajo al que además se le añade –al menos estas lo llevaban– panceta y chorizo troceados. Después completamos el brunch con un par de riberas con sendas tapas de patatas revolconas (otra vez) y otra de torreznos. Con esto dimos por satisfechas nuestras necesidades vitales. Abonamos algo más de dieciséis euros por todo y con las mismas decidimos visitar la CATEDRAL cuando el reloj marcaba algo más de las tres y media de la tarde. La sede catedralicia abulense se proyecta como templo y fortaleza a la vez, siendo su ábside, conocido como cimorro, un elemento más de la muralla, el cubo más robusto del lienzo oriental. Considerada como la primera catedral gótica de España, finales del siglo XII, se erige sobre los restos de un primitivo templo románico. Accedimos al interior previo pago de diez euros que era el valor de las dos entradas. Esta catedral era la primera vez que visitábamos sus adentros, pues en nuestras anteriores visitas nunca lo habíamos hecho. La primera impresión, una vez dentro del templo, fue como una enorme bofetada. Jamás habíamos visto una construcción con este tipo de material, una piedra llamada “caleña,  que mezclaba tonos rojizos con otros blanquecinos en una fusión mareante con la visión de sus bóvedas. Presenta planta de cruz latina formada por tres naves, crucero y cabecera semicircular de doble girola, con capillas entre sus contrafuertes, flanqueado a los pies por dos torres de planta cuadrada y cubiertas mediante bóveda de crucería, cuyos nervios descansan sobre semicolumnas adosadas a los pilares de separación de las naves. Nos gustó mucho la antigua portada catedralicia que fue desmontada en el siglo XVI y reubicada en el claustro. Son innumerables los tesoros que alberga este templo, pero destacaremos entre otros: el Trascoro, del siglo XVI con unos bajorrelieves platerescos que representan escenas bíblicas que son una verdadera maravilla por su gran calidad artística; la Girola en la que  sobresale el sepulcro de El Tostado, obra esencial del renacimiento español; el Coro, de mediados del siglo XVI; el Retablo del Altar Mayor, obra de Pedro Berruguete con influencias del Cuattrochento italiano y de la escuela flamenca; y los Altares de San Segundo y de Santa Catalina, con elegantes bajorrelieves de comienzos del siglo XVI. 

Una vez fuera de la catedral, con un admirable regusto en nuestro espíritu ante la grata sorpresa que nos había brindado su visita, enfilamos la calle Cruz Vieja para dirigir nuestros pasos hacia la plaza de Adolfo Suárez, un bonito espacio ajardinado prácticamente incrustado en la muralla que rodea la ciudad. Presidiendo la plaza nos topamos con una ESTATUA DEL PRESIDENTE ADOLFO SUÁREZ que en actitud tranquila invita al paseante a posar para llevarse un bello recuerdo de su paso por este lugar. Al fondo de la plaza se encuentra el edificio neoclásico de la Delegación Provincial de Economía y Hacienda. Frente a este destaca la presencia de una elegante fuente y un desgastado verraco típico de estas tierras. Poco después nos decidimos a atravesar la llamada PUERTA DEL ALCÁZAR, que se abre majestuosa frente a la plaza de Santa Teresa. Fue la primera que se construyó junto con la Puerta del San Vicente, siendo una de las más robustas y protegidas ya que era la zona que menos protección natural tenía. La puerta está protegida por dos torreones de más de veinte metros de altura que la flanquean unidos por un puente de arco de medio punto. Junto a la muralla pudimos ver el MONUMENTO A SANTA TERESA DE JESÚS, compuesto por una escultura de la santa y un grupo de tres ángeles. Nos alejamos de las murallas para acercarnos a la majestuosa iglesia de San Pedro situada al otro extremo de la plaza del Mercado Grande frente a la Puerta del Alcázar. La construcción de la IGLESIA DE SAN PEDRO, magnífico ejemplo del románico abulense, fue iniciada en el segundo cuarto del siglo XII y concluida ya en el siglo XIII. No pudimos visitarla porque en ese momento se encontraba cerrada, pero habíamos leído que tiene planta de cruz latina, con un nave central de mayores dimensiones que las laterales. De lo que sí pudimos disfrutar fue de su triple ábside decorado con un magnífico repertorio escultórico con motivos vegetales, faunísticos, geométricos y escenas bíblicas. En la fachada principal se distinguen fácilmente dos cuerpos: un enorme rosetón domina el superior y una portada con seis arquivoltas sin decoración el inferior. De las tres portadas con que cuenta el templo, la más trabajada con las típicas rosetas de cuatro pétalos y algún que otro elemento geométrico es la que se encuentra en el acceso norte. Tras disfrutar largamente la visión del dorado brillante de su piedra bajo los rayos mortecinos del sol, decidimos sentarnos en una de las numerosas terrazas existentes para tomar un café y así lo hicimos. Nos decantamos por la CAFETERÍA BUENOS AIRES, que tenía zonas entre sol y sombra en su terraza. Mientras esperábamos la llegada de la comanda, pudimos contemplar el MONUMENTO A LAS GRANDEZAS DE ÁVILA que preside el centro de la plaza, dedicado –¡cómo no!– a Santa Teresa con motivo del III centenario de su fallecimiento.

Desde aquí iniciamos el camino de regreso a pesar de que era temprano, pero la espalda de Concha dijo que hasta aquí habíamos llegado. Las visitas previstas para el resto de la tarde y la mañana siguiente quedaban pospuestas hasta una siguiente visita a la capital abulense. Eso sí, antes de llegar al apartamento hicimos una breve parada para visitar la llamada plaza porticada del Mercado Chico, presidida en uno de sus laterales por el AYUNTAMIENTO de la ciudad, construcción de mediados del siglo XIX que rememora el esplendor del estilo isabelino presidida por una elegante balconada y coronada por dos torres laterales gemelas. Un detalle que atrajo nuestra atención fue la presencia por encima de la puerta de acceso a la farmacia Gutiérrez de un cartel que hacía alusión al antiguo nombre de estos establecimientos: botica. Frente al Ayuntamiento, al otro extremo de la plaza se yergue la IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA, templo de origen románico, profundamente transformado a principios del siglo XVI en estilo gótico, con evidentes influencias renacentistas. Era en el atrio de esta iglesia donde se celebraban las reuniones del concejo de la ciudad y donde recibió el bautismo Santa Teresa en 1515. En este punto llamamos por teléfono a la propietaria del apartamento para preguntarle si en el camino de regreso al mismo había alguna tienda de ultramarinos o algún supermercado para completar las viandas que aún nos quedaban de la compra del día anterior en Palencia. Muy amablemente nos informó de la existencia de una tienda prácticamente a la vuelta de la plaza y hacia allí nos dirigimos. HIJOS DE ANTONIO Y VICENTA, “LA BLANQUITA” era el nombre del establecimiento que, según nos informó uno de los dependientes que era hijo de los mencionados Antonio y Vicenta, se habían trasladado a este local no hacía mucho desde otro situado en las cercanías. “La Blanquita” presentaba el aspecto de una tienda de barrio de las de toda la vida con una oferta casi ilimitada de productos de la tierra que abarcaba desde bebidas frías a empanadas riquísimas  que vendían al peso. Compramos algunas cervezas, pan, algo de fiambre y un par de trozos de empanada que nos envolvieron con primor. Abonamos algo más de diez euros y con nuestra compra enfilamos camino al apartamento. Al llegar al apartamento colocamos la compra en el frigorífico y Concha se dejó caer en una larga tumbona y se tapó con una manta de tacto suavísimo, a la vez que se aplicaba calor en la espalda con la manta eléctrica que llevábamos nosotros. Así se nos pasó la tarde/noche. Vimos la televisión un rato, bebimos cerveza y abrimos una botella de vino tinto, sacamos las empanadas y el fiambre y cenamos tranquilamente rumiando la planificación fallida de la visita a la ciudad. 

Despertamos alrededor de las nueve de la mañana. El día amaneció con un sol espléndido, pero con una temperatura fresca. Tal y como habíamos acordado la tarde anterior, la idea era desayunar, cargar el coche e irnos en dirección a Paracuellos de Jarama donde pasaríamos unos días en casa de nuestro hijo Carlos. Y así lo hicimos. Después de desayunar, yo bajé las maletas hasta el coche que lo teníamos aparcado prácticamente en la puerta del apartamento. Eso sí, aproveché la ocasión para acercarme a visitar la IGLESIA DE SAN ESTEBAN, que se encontraba a escasos metros. Construida a mediados del siglo XII, es la única iglesia románica que se conserva intramuros. Presenta un bello ábside con algunos canecillos en el alero y una sencilla portada decorada con rosetas de cuatro pétalos. A esa hora, el templo se encontraba cerrado y no lo pude visitar. Un hecho que me sorprendió al contemplar las reducidas dimensiones de la iglesia fue haber leído que el interior está dividido en tres naves que debían ser de escaso tamaño. 

Una vez cargado el coche, dejamos la llave del apartamento sobre la mesa del comedor y salimos a la calle. Enfilamos camino hacia Madrid, aunque antes hicimos una breve parada en los llamados CUATRO POSTES, un bonito humilladero de mediados del siglo XVI constituido por cuatro monolíticas columnas dóricas unidas por un arquitrabe, que ostenta el escudo de la ciudad; en el centro una cruz granítica. Desde este punto, las vistas de la ciudad amurallada son espectaculares, decorado que aprovechamos para hacer algunas fotos de recuerdo de nuestra breve visita. Habrá que volver. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario