miércoles, 5 de abril de 2023

A GUARDA Y MONTE DE SANTA TEGRA, SABOR A MAR

Teníamos por segundo día consecutivo la jornada matutina plenamente libre. Los niños con actividades, Víctor tenía trabajo toda la mañana y Ana ya tenía preparada la comida de mediodía. Así que con esas perspectivas decidimos acercarnos a alguna localidad cercana a Gondomar para conocerla. Nos levantamos con calma y preparamos un desayuno ligero en casa. La mañana que se nos presentaba ante la vista anunciaba un día radiante de sol y una temperatura muy agradable. Cogimos el coche y bajamos en busca de los nietos, Levy y Chloe, a los que tenía que llevar al pabellón polideportivo donde tenían toda la mañana cubierta de actividades. Concha, mientras, se quedó en el piso para preguntar si era necesario realizar alguna compra. Dejados los nietos y recogida Concha, enfilamos en dirección a A Guarda (La Guardia, en castellano), una villa marinera fronteriza con Portugal donde viene a morir del padre de todos los ríos gallegos, el Miño. Habíamos leído que en este pueblo casi todo gira en torno al mar y la pesca, ya que muchos de sus habitantes trabajan en empresas vinculadas al mar, ya sea como mariscadores, pescadores, redeiras u otros oficios. 

martes, 4 de abril de 2023

PONTEVEDRA, UNA JOYA PARA DISFRUTAR

Ruinas del Convento de Santo Domingo

Terminada la visita al Monasterio de Santa María de Armenteira, con los ojos como platos tras disfrutar de la belleza de su portada, el interior de su iglesia y el acogimiento sereno de su claustro, nos volvimos al coche para continuar la planificación del día. Ahora nos tocaba volver de nuevo a Pontevedra, ciudad de la que teníamos un muy grato recuerdo de nuestra última visita. Aparcamos el coche en el parking ubicado en la plaza de España. Algo más de las doce y cuarto de la mañana indicaba el reloj del teléfono cuando comenzamos el itinerario marcado Lo primero que nos echamos a la cara una vez que salimos del aparcamiento fue el polémico –por la temática de la obra– MONUMENTO AL SOLDADO CAÍDO, una gran cruz a cuyos pies se encuentran tres grupos escultóricos con escenas de soldados heridos o moribundos. A pocos metros se encuentra el atractivo PAZO DE LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL, edificio de finales del siglo XIX. La fachada es la combinación de varios estilos, con una entrada tipo Arco del Triunfo, con tres puertas con arcos de medio punto. En la parte superior se encuentra un balcón corrido que, en forma de cornisa, recorre el edificio, que se remata en una cornisa moldurada algo saliente y con decoración de canalones. Unos metros más adelante se encuentran las RUINAS DEL CONVENTO DE SANTO DOMINGO, consideradas como uno de los máximos exponentes del gótico gallego, y a fe que se puede afirmar. Estos restos conservan el que en su día fue el mayor convento construido por los dominicos en Galicia: la cabecera, de cinco ábsides (excepcional en el gótico mendicante gallego que nunca pasó de tres), junto con parte del muro sur de la iglesia y la entrada al capítulo del convento. En la actualidad es uno de los seis edificios que forman el complejo del Museo Provincial de Pontevedra y dentro alberga una gran variedad de elementos de gran valor artístico e histórico: laudas gremiales, ronseles romanos, capiteles visigóticos y una completa colección de escudos heráldicos.

SANTA MARÍA DE ARMENTEIRA, ROMÁNICO ESENCIAL

 Hoy habíamos previsto pasar el día fuera de Gondomar. Levy y Chloe tenían talleres durante toda la mañana, hecho que aprovechamos para planificar una excursión cercana. Y nos decidimos por visitar a primera hora de la mañana el Monasterio de Armenteira, al que teníamos muchas ganas de ver in situ, y pasar el resto del día en la capital de la provincia pontevedresa a la que habíamos hecho una rápida visita unos años antes, pero que no conocíamos con la profundidad que deseábamos. Así que, aprovechando una mañana esplendorosa con un sol radiante, tras llevar a cabo un desayuno reparador, salimos a la carretera dispuesto a recorrer los escasos setenta kilómetros que nos separaban del monasterio. Habíamos visto numerosas fotos del recinto monacal en las redes y estaba claro que estando tan cerca como estábamos, sería un sacrilegio no visitarlo. Habíamos leído abundante documentación sobre los orígenes y evolución del monasterio, que hunde sus raíces en una leyenda repetida en otras zonas de España –al abad San Virila del monasterio de Leire (Navarra) le ocurrió exactamente lo mismo–  e incluso relatada en la Cantiga 103 de Alfonso X el Sabio: 

“Ero, caballero de la corte de Alfonso VII, casado y sin hijos, sufría por esta situación tanto él como su esposa. Por intercesión de la Virgen María pedían a Dios un heredero. Una noche, ambos tuvieron un mismo sueño: la Virgen les aseguró que era voluntad de Dios que tuvieran muchos hijos espirituales. Decidieron fundar dos monasterios. Ero solicitó monjes cistercienses a San Bernardo de Claraval, quien envió cuatro monjes. Pasado un tiempo, Ero se convierte en Abad. Un día, el abad San Ero, salió a orar y, anonadado por el canto de un pajarillo, durmió durante 300 años. La leyenda cuenta que cuando despertó encontró el lugar totalmente cambiado y lleno de monjes. El más viejo comprobó que en sus libros se hablaba del santo Ero de Armenteira, noble y piadoso varón, fundador y abad de este monasterio, que nunca más fue visto después de salir a meditar al monte Castrove. San Ero, que tanto había pedido a la Virgen ver el Paraíso, murió impresionado por el milagro”.

En 1162 aparece por primera vez el nombre del monasterio en los documentos oficiales de la Orden Cisterciense. Siempre fue un monasterio modesto, con una comunidad poco numerosa. A finales del s. XV manifiesta cierta decadencia. La desamortización obliga a los monjes a abandonar el cenobio en 1837. A partir de ese momento los edificios, salvo la iglesia y la parte visible del claustro van desmoronándose. Hasta que a mediados de los años 60 del siglo pasado, un hijo del escritor Ramón María del Valle-Inclán funda una asociación que se encarga de  llevar a cabo gran parte de la reconstrucción. En la actualidad, una comunidad de monjas regenta una hospedería, y en una pequeña tienda venden pastas y jabones que ellas mismas hacen con aceite de camelia.

Al monasterio se accede a través de un arco que da entrada a un patio terrizo rectangular donde el olor embriagado de las camelias recibe al visitante de un modo muy especial. Un cruceiro de granito, ennegrecido por el paso del tiempo, preside este espacio exterior. Del primitivo monasterio, construido en el siglo XIII, sólo queda en pie la iglesia que destaca por su sencillez y austeridad. Tiene en sí todos los rasgos de la simbología y la espiritualidad del Císter. Su portada es típicamente románica con arquivoltas ricamente decoradas. El crucero está cubierto por una cúpula de influencia mudéjar, única en Galicia. Tres naves muy simples, cubiertas con bóvedas ligeramente apuntadas, armónicas en sus líneas, expresan el orden y la simplicidad del despojo. Al fondo de la nave central, un rosetón de calados geométricos florados  deja penetrar por el sol mortecino del poniente antes de que las sombras invadan de nuevo el recinto a la caída de la noche. En su interior llaman la atención el BALDAQUINO DEL ALTAR, del siglo XVIII, y la figura de la VIRGEN DE LAS CABEZAS, con un pecho desnudo, sujetando al Niño. La talla de madera policromada es del siglo XVI y la imagen se relaciona con la aparición de la Virgen al monje cisterciense San Bernardo, a quien le agradeció su devoción permitiéndole probar unas gotas de la leche con la que amamantaba al Niño. También destaca una hermosa PILA BAUTISMAL de corte románico ubicada a los pies del templo, al igual que una pila de agua bendita apoyada sobre dos medias columnas con sus capiteles con el nombre de “Armenteira” en uno de sus laterales. El actual claustro, comenzado en la segunda mitad del siglo XVI, muestra en la variedad de sus claves de bóveda, las diferentes épocas de su construcción, que se prolonga durante más de un siglo. La puerta de acceso es lo único que queda del primitivo claustro. Visto el claustro nos acercamos a contemplar los tres hermosos ábsides que coronan la cabecera de la iglesia. En ese punto, abandonamos el recinto, pero antes de dirigirnos hacia el coche para continuar viaje hacia Pontevedra, nos acercamos a disfrutar del entorno paisajístico que rodea este conjunto monumental conformado por numerosos bosques con elevado arbolado y a despedirnos del busto de GONZALO TORRENTE BALLESTER, que tuvo una relación entrañable con el monasterio que aparece descrito en alguna de sus obras.