domingo, 14 de octubre de 2012

ALMERÍA, LA CIUDAD, EL PARQUE DE NÍJAR Y EL CABO DE GATA

 Era la segunda vez que intentábamos ir a Almería –la ocasión anterior nos la estropeó la lluvia–, pues era la única capital andaluza que no conocíamos. Cogimos una buena oferta en el Hotel Catedral (cincuenta y cinco euros por noche), situado, como su nombre indica, en un palacete del siglo XIX justo al lado de la mismísima catedral. 

No obstante, daba la sensación de que las contrariedades no nos iban de nuevo a permitir llevar a cabo la visita a la ciudad. La misma tarde del día anterior a iniciar el viaje, nos llaman de la agencia del mayorista para indicarnos que ha habido un problema con uno de los clientes del hotel y que éste tiene que permanecer una noche más en el mismo, y que, por ello, nos ofertan un nuevo hotel donde, bien podemos pasar sólo la primera noche y la segunda alojarnos en nuestro hotel –Catedral–, o bien pasar las dos noches en el mismo hotel de la nueva oferta –Nuevo Torreluz–. En compensación, nos ofrecen el desayuno del segundo día –no estaba incluido en el precio de la reserva– y una cena degustación de tapas. Tras debatirlo entre nosotros y ver la ubicación y condiciones del nuevo hotel, acordamos aceptar la oferta. Llamamos de nuevo al mayorista y este nos confirmó las mejoras que nos ofrecían.    

Iniciamos el viaje bien temprano, en torno a las siete de la mañana. El tráfico que nos encontramos fue escaso y llegamos a la ciudad de Almería sin ningún tipo de complicación. Decidimos iniciar nuestra visita a la ciudad por la Alcazaba. El GPS se había portado perfectamente durante el viaje y la primera parte del callejeo por la ciudad. Nuestro problema comienza al llegar a la Puerta de Purchena, pues debido a las obras en algunas calles y las señales de tráfico que impedían el acceso a otras, entramos en un círculo vicioso en el que dimos un par de vueltas por las mismas calles. Visto que no íbamos a encontrar solución para llegar a la ALCAZABA, decidimos llegar a la misma por distinto itinerario. Una vez estuvimos de nuevo en la Puerta de Purchena descendimos por el Paseo de Almería hasta el puerto y probamos a entrar por otro sitio. Esta vez sí llegamos hasta el aparcamiento que hay bajo las murallas, no sin antes haber preguntado a alguna amable señora si íbamos por el camino correcto. Además, como era temprano –no pasarían las 9:30 horas–, los gorrillas aún no habían hecho su aparición. 

Ascendimos por la pronunciada rampa de acceso al monumento con calma y tranquilidad, debido sobre todo al estado de mis rodillas. La entrada fue gratuita y en la misma taquilla nos facilitaron un folleto informativo bastante detallado. Además llevábamos impreso un concienzudo trabajo sobre la Alcazaba, elaborado por el Centro de Adultos de Almería, donde nos aportaban los datos más significativos de cada uno de los espacios a visitar. Atravesamos la Torre de los Espejos y la Puerta de la Justicia y nos encontramos con el primer recinto –de los tres que tiene–, zona ampliamente ajardinada y de agradable paseo. Recorrimos con tranquilidad los jardines contemplando a su vez las inmejorables vistas de la ciudad que se observan desde sus murallas. Contemplamos también el Cerro de San Cristóbal con su Cristo y el lienzo de muralla, llamada de JAYRÁN, por ser este gobernante quien mandó construirla para proteger el barranco de la Hoya. 

Ascendimos por una escalinata hasta encontrarnos con el MURO DE LA CAMPANA DE LA VELA, cuya utilidad era la de avisar a los vecinos de Almería de posibles ataques piratas. Este muro ciñe parte del segundo recinto de la Alcazaba. En el mismo pudimos contemplar el Aljibe, la ermita de San Juan, las reconstruidas Casas Árabes –donde pudimos observar varios paneles explicativos y diversos elementos expuestos–, la Casa del Alcaide con su patio delantero y su encantadora alberca, y los restos del que fuera recinto palaciego de los reyes musulmanes que habitaron la Alcazaba. Entre todos estos restos destacan los correspondientes al hammán y el Muro de la Odalisca, con una entretenida leyenda de amores imposibles entre moros y cristianos.    

Pasados los restos arqueológicos nos dimos de lleno con la muralla y foso cristianos con conforman el tercer recinto. Impresionan la conservación de las troneras enclavadas en las murallas que ciñen este espacio. Totalmente de construcción cristiana tras la conquista de la ciudad a los musulmanes, consta de un robusto patio de armas donde destacan sobremanera la Torre del Homenaje –convertida en sala de exposiciones su planta baja– y la Torre de la Pólvora, donde se exponen las viejas puertas de la Alcazaba y unos cañones defensivos. Además impresionan las vistas de la autovía que circunvala Almería, y las del barrio de la Chanca y el puerto. De camino a la salida, en el primer recinto vimos, por último, los restos de los aljibes, que recogían el agua elevada por una noria de casi setenta metros.        

Tras la grata visita a la Alcazaba, nos dirigimos al hotel donde nos habían reubicado para esa noche, NUEVO TORRELUZ, de 4 estrellas. Esta vez el GPS fue más certero y no tardamos mucho en aparcar frente al hotel para, al menos, bajar las maletas del coche. Una sorpresa agradable nos esperaba, pues la ESTATUA DE JOHN LENNON –que yo tenía intención de localizar estuviera donde estuviera para fotografiarla– estaba en la Plaza Flores, la misma en la que estaba nuestro hotel. Bajamos las maletas, nos dan la habitación y llevamos el coche al parking, donde para llegar tuvimos que dar casi media vuelta a la ciudad, a pesar de que estaba a menos de cincuenta metros, pues la calle que llevaba al mismo estaba en obras. 

Una vez colocado el coche en su aparcamiento correspondiente, nos dispusimos a conocer un poco los sitios más característicos de esta ciudad. Como nos dirigimos hacia la Puerta de Purchena, pasamos por delante de la majestuosa fachada de la IGLESIA DE SANTIAGO, precioso ejemplo del renacimiento español. Avanzamos un poco más y divisamos a lo lejos la sobria fachada de la iglesia de San Sebastián y el remozado edificio de la denominada CASA DE LAS MARIPOSAS por el corolario de estos insectos que rodean su cúpula exterior. Nos adentramos en la Puerta de Purchena y nos fotografiamos con la ESTATUA DE NICOLÁS SALMERÓN, uno de los presidentes de la Primera República, confundido con uno más de los muchos paseantes que en esos momentos se encontraban en este espacio. Allí mismo preguntamos a unos abuelos que estaban sentados en un banco por la ubicación de los Aljibes de Jayrán, dirección que no nos supieron dar, y nos enviaron confundidos al edificio por el que tienen su entrada los llamados “Refugios de la Guerra”. Aprovechamos la ocasión para intentar visitarlos pero nos informó el joven que atendía la taquilla que la visita se hacía únicamente mediante reserva y que las únicas plazas que quedaban para el fin de semana eran para la visita del domingo, a las 11:30 horas, cosa que me extrañó un poco pues yo creía que esta visita no tendría el suficiente atractivo como para estar completa hasta el domingo.

Ya que estábamos tan cerca decidimos visitar los llamados ALJIBES DE JAYRÁN, de los que sólo se conservan tres espléndidas naves. Hoy en día están a disposición de la Peña flamenca El Taranto y, tras una exhaustiva rehabilitación llevada a cabo por el ayuntamiento de Almería, hace también las veces de espacio expositivo y de conferencias.

Una vez vistos, nos damos un pequeño paseo por el centro de la ciudad: pasamos por delante del Convento de Las Puras, vamos a la Plaza Vieja, donde vemos el monumento a “LOS COLORAOS” y una lona que semeja la fachada del Ayuntamiento, que está cerrado por obras. Desde allí bajamos por la calle de las Tiendas hasta la Plaza de la Catedral, donde pasamos a verla pues estaba abierta porque había boda. 

La CATEDRAL es una inmensa mole con aspecto más de castillo que de iglesia. El templo presenta planta de salón formada por tres naves de altura poco elevada, cubierta plana, escasez y poca amplitud de los vanos, elementos defensivos típicos de una fortaleza (adarves, troneras, aspilleras, atalayas...) y una subordinación general de los aspectos estéticos a los defensivos. Tres capillas, situadas en la cabecera y girola, conforman una planta de forma rectangular. En el transepto, sobre el crucero, se sitúa la linterna renacentista, obra de Juan de Orea, autor también de la sacristía y del patio de armas, convertido en claustro en el siglo XVIII. El templo cuenta con una torre del homenaje del siglo XVII. Fue curioso descubrir en la capilla principal de la catedral, por un lado, el llamado Cristo de las Escuchas –con su curiosa leyenda– y, por otro, el sepulcro renacentista del obispo Fernández de Villalán, a cuyos pies vemos la imagen de un perro, origen de otra curiosa leyenda. 

La catedral en sí estaba poco iluminada, pues no era horario de visita y sí de boda en una de las capillas laterales, lo que no nos impidió realizar una visita completa al edificio. Una vez fuera de la catedral, nos planteamos buscar algún bar donde comer un poco. Próxima, pues, la hora de comer, llamamos a nuestro hijo Carlos para que nos dijera algunos bares donde tapear y comer un poco pues ya eran casi las dos. En ese momento nos dice que está intentando hablar con su amigo Paco, que vive en Almería, pero que no le coge el teléfono. Nosotros bajamos la calle Trajano y vimos algunos bares que estaban abiertos y que tenían terraza porque hacía buen tiempo y era agradable estar sentado en la calle, aunque a veces se levantara un pequeño y molesto viento. Subimos por la calle San Pedro, donde en la esquina, justo al lado de la iglesia del Sagrado Corazón, nos encontramos con el bar “EL PESCAÍTO”, con una buena terraza, unas sillas bastante cómodas –lo que le vendrá bien a Concha para su espalda– y bastante gente sentada comiendo y bebiendo.

Al rato nos llamó Carlos para darnos algunas direcciones de bares de tapeo y cuando le decimos el nombre del bar en el que estamos nos dice que nos podemos quedar perfectamente en él porque, según su amigo Paco, es de los mejores bares de tapeo de Almería. Entre otras cosas probamos calamaritos a la plancha, patas de calamar, un pescado llamado “reloj”, que nos explicó el camarero que se llamaba así porque al pescarlo hacía un ruido parecido al que hace un reloj –yo creo que el camarero tenía ganas de cachondeo–, bacalao, paella de mariscos, pulpo a la gallega y champiñón relleno. Todo estuvo muy bien, la presentación de las tapas, la tardanza en servirlas y el servicio de bebida. Pagamos 21 euros, propina incluida. 

Llenos de comida y bebida nos fuimos al hotel con la intención de descansar un poco, ya que la distancia a la que nos encontrábamos era escasa. Llegamos a la habitación, nos refrescamos un poco y pusimos la tele un rato. Yo creo que no me dio tiempo a verla más de un par de minutos pues al momento ya estaba durmiendo. Abrí los ojos casi tres horas después, cerca de las seis de la tarde. Nos vestimos y nos fuimos a dar una vuelta por el Paseo de Almería. Concha iba un poco pesada con la opípara comida que habíamos degustado. Por ello buscamos un lugar donde tomar una tónica. Vimos una cafetería-churrería, PARRILLA PASAJE, que estaba bastante repleta de personas tomando sus cafés y churros, en la esquina del Paseo de Almería con la calle Rueda López. Finalmente nos decantamos por ella. Nos sentamos en una mesa interior, pues fuera hacía un poco de fresco y pedimos una tónica y una manzanilla con anís y churros. Estaban muy ricos. Una vez acabadas las consumiciones nos dirigimos por esta misma calle –Rueda López– hasta el bellísimo paseo que se encuentra entre La Rambla y la Avenida de Federico García Lorca. Bajamos casi hasta el puerto, disfrutando de una excelente temperatura y vegetación. Acercándose ya la noche, decidimos volver al hotel para vestirnos más adecuadamente y salir a cenar. Camino del hotel, en el mismo Paseo de Almería, vimos un Carrefour Market y decidimos entrar a comprar un par de tónicas para dejarlas en la habitación. ¡Bendita la hora en que entramos en el supermercado! Cogimos las tónicas y nos dirigimos a una de las cajas para pagar. En una había un señor ya un poco mayor, con una caradura impresionante, que trataba por todos los medios de convencer a algún cliente para que le pagara el cartón de vino que llevaba; en la otra caja, había un “señor” con una borrachera bastante importante, con una litrona en la mano y que, como no se decidía a pagarla, lo único que hacía era entorpecer el pago a los demás clientes. En fin, mejor olvidar el incidente.      

De vuelta al hotel, nos duchamos y nos vestimos para salir a pasear esa noche. Después de caminar y hacer un poco de hora para poder sentarnos en alguna terraza, decidimos dirigir nuestros pasos hacia LA BAMBALINA, bar de tapas con terraza, en la calle Padre Alfonso Torres, muy cerca del que habíamos estado tapeando a medio día. Aquí el diseño y la presentación de las tapas ganaban bastantes enteros respecto al anterior bar. La terraza la servían con prontitud tres chicas simpáticas y diligentes. Regados por varias cervezas y vinos nos tomamos, entre otras tapas, un rulo de queso de cabra con mermelada de naranja, un foie con salsa de arándanos –que Concha repitió–, un lomo en salsa de mostaza exquisito, unas almejas fritas –fue lo peor de la noche pues, aunque estaban frescas, estaban muy resecas– y un pescado, de nombre breca, que no conocíamos y que resultó estar muy, pero que muy bueno y que, según una de las camareras que se presentó como titulada en enfermería, era muy bueno para los desarreglos del estómago. Pagamos con las cervezas y los correspondientes vinos unos 15 euros por los dos.      

Como la noche era agradable, decidimos dar un nuevo paseo y tomar una copa en alguna terraza de las que hubiera abiertas en la Rambla. Nos decantamos por degustar un gintonic en la terraza de BOTANIA, con una ubicación encantadora en medio del paseo. A la entrada vimos una damajuana nueva entre las cajas de bebidas vacías en el exterior del recinto. Esperamos unos minutos hasta que nos colocaron en una mesa y pedimos una mezcla de ginebra Bulldog y una tónica Fever Tree. Concha se decantó por una manzanilla con anís. Estuvimos un rato agradable y de entretenida charla. Tras pagar 11 euros por las bebidas, nos levantamos de la mesa con la intención de irnos al hotel para descansar, pues al día siguiente nos esperaba el Cabo de Gata. Ni que decir tiene que a la salida del local, cogí la garrafa y nos la llevamos al hotel.  


PARQUE DE NÍJAR - CABO DE GATA

Nos levantamos temprano –las siete y cuarto marcaba el teléfono–, pues ese día teníamos por delante nuestra anhelada visita a uno de los parajes más hermosos e inhóspitos de la geografía española: el Parque Nacional de Níjar-Cabo de Gata. Tras vestirnos y asearnos un poco, bajamos al comedor donde nos esperaba un opíparo desayuno bufet que nos había ofrecido gratuita y amablemente la agencia mayorista Destinia con la que habíamos contratado el establecimiento hotelero en el que íbamos a pernoctar, ya que, debido a un problema interno, habíamos tenido que cambiar de hotel la primera noche. Como ya comentamos en una entrada anterior, nos alojamos en la habitación 410 del Hotel Nuevo Torreluz, un cuatro estrellas de corte moderno situado muy cerca de la plaza del Ayuntamiento. Fiambre variado, una gran oferta de bollería, aceite de oliva para las tostadas y un más que aceptable café formaron parte de nuestra primera comida del día y que nos dejaron listos para emprender la ruta que habíamos planificado. Finalizado nuestro desayuno, volvimos de nuevo a la habitación para terminar de asearnos y recoger las maletas y otros pertrechos que podíamos necesitar a lo largo del día, pues esa noche cambiábamos de hotel.

Finalizada la rutina mañanera, poco después de las ocho y media salíamos del aparcamiento del hotel en dirección al cabo de Gata. Callejeamos entre el tráfico tranquilo mañanero que nos acompañaba y pronto nos vimos inmersos en un rodar más complejo y veloz una vez que nos incorporamos a la autovía que nos llevaría a nuestro destino del que nos separaban algo más de cincuenta kilómetros. Tres cuartos de hora después aparcábamos el coche en la zona habilitada para ello, sita al cobijo del elegante FARO DEL CABO DE GATA, que se asoma a los salvajes acantilados que se despeñan sin remisión alguna a los pies del mar. Apenas unos pocos coches se encontraban junto al nuestro y sus ocupantes campaban a sus anchas, cámara en ristre, enfocando los múltiples puntos que amablemente el paisaje nos ofrecía. Ni que decir tiene que la reina de todas las miradas era el conocido ARRECIFE DE LAS SIRENAS, que nos ofrecía unas vistas espectaculares desde el mirador adecuado para tal fin.  Cuenta la tradición que deba su nombre a la presencia de focas monje –desaparecidas en la actualidad– que habitaban este arrecife y que los antiguos navegantes podían confundir con sirenas. Los arrecifes que se elevan por encima del nivel del agua, que como un cristal que nos permite observar el mosaico del fondo marino coloreando el mar de turquesas, verdes y todas las tonalidades de azul, son antiguas chimeneas volcánicas que deben su color oscuro al material volcado por ellas. Hicimos fotos desde todos los ángulos posibles a todo aquello que considerábamos fotografiable. Una luz increíble, que arrancaba fuertes contrastes plateados sobre la variedad de azules y verdes que nos mostraba el mar,  se colaba a través de un cielo nublado que, por momentos, luchaba por librarse del manto de nubes que lo constreñía. Nos llamó también la atención una bonita composición de azulejos que mostraba de un modo muy didáctico la flora y la fauna existente en la zona. Finalizada la visita, desandamos parte del camino recorrido para dirigirnos hacia la localidad de San José. Volvimos a pasar de nuevo –y esta vez sí nos detuvimos– por la solitaria IGLESIA DE LA ALMADRABA DE MONTELEVA, sita en la cercana playa de Las Salinas, de la que también toma su nombre: Iglesia de las Salinas. Este pequeño núcleo de población levantado a principios del siglo XX fue construido para dar cobijo a los trabajadores de las salinas que aún hoy en día se siguen explotando. 

Llegamos a SAN JOSÉ después de recorrer los escasos veinticinco kilómetros que nos separaban del Cabo de Gata. Dimos un breve y tranquilo recorrido, deambulando por la playa y las casas y apartamentos cercanos al paseo marítimo, que en ese momento se encontraba prácticamente desierto. Apenas nos cruzamos con algún que otro imprevisto paseante que regresaba tras la compra de algún supermercado. La playa, de aguas tranquilas en ese momento, mostraba a las bravas las consecuencias de algún reciente temporal, pues se encontraba repleta de cañas y ramas que las olas habían arrastrado hasta la orilla. Completado el paseo, nos acercamos brevemente en dirección al inicio del sendero que se abre en el inhóspito paisaje volcánico de la zona en dirección a la PLAYA DE LOS GENOVESES, de la que habíamos leído que era una auténtica preciosidad. La playa recibe este nombre porque a mediados del siglo XII una flota de doscientas naves genovesas, que venían a ayudar al rey cristiano Alfonso VII a conquistar Almería a los berberiscos, estuvo acampada en esta bahía durante un par de meses hasta que se produjo el ataque a la ciudad. También aprovechamos para contemplar, justo al inicio del sendero que nos lleva a la playa, la preciosa estampa que conformaba sobre el horizonte el MOLINO DEL COLLADO DE LOS GENOVESES, una construcción molinera de tipo mediterráneo, que mantiene aparentemente en buenas condiciones la mayor parte de su entramado, aunque echamos a faltar las lonas que moverían las aspas a causa del viento. En este punto, nos miramos Concha y yo preguntándonos si nos animábamos a recorrer a pie –el acceso en vehículo privado está prohibido– los casi dos kilómetros que nos separaban de la cala o desistíamos de nuestra idea inicial, pues este paseo nos entorpecería la agenda planificada de visitas que teníamos previsto realizar. Ganó la opción de volver al coche y continuar lo planificado. Otra vez sería.

De nuevo en el coche, nos dirigimos hacia la PLAYA DE LOS ESCULLOS, un reducido núcleo de población al abrigo del cercano Castillo de San Felipe, una batería de cañones de mediados del siglo XVIII, mandado construir por Carlos III como elemento disuasorio y defensivo de la costa almeriense. Habíamos llegado hasta aquí pues nos interesaba visitar unas dunas oolíticas fósiles que nos impresionaron al contemplarlas por primera vez. Estas dunas, según nos explica la web del Cabo de Gata, “se formaron en la  era Cuaternaria, hace más de cien mil años cuando el mar Mediterráneo cubría toda la zona del Parque Natural, los oolitos son pequeñas partículas esféricas que se forman por agregación de carbonato de calcio en capas concéntricas alrededor de un núcleo formado por un grano de arena en los fondos marinos de mares cálidos a poca profundidad. Después el mar, debido a un cambio climático que hizo subir las temperaturas, retrocedió hasta sus actuales límites, dejando al descubierto la gran duna fosilizada. Luego la erosión del viento, la lluvia y el oleaje del mar han hecho el resto, esculpiendo estas caprichosas formas junto al mar”. Junto a estos farallones de arena fosilizada, se abre una coqueta cala encajonada por dos entrantes rocosos en el agua. Únicamente nos topamos con una mujer y, supusimos, su hijo que jugaban con la oscura arena de la playa bajo una colorida sombrilla, y una pareja de jóvenes que saltaban una y otra vez desde las cercanas rocas a la fresca agua que bañaba el litoral en ese momento. 

Completada la visita a esta curiosidad de la naturaleza, seguimos nuestra ruta hacia el norte de la provincia recorriendo los poco más de diez kilómetros que nos separaban de LAS NEGRAS, un elegante conglomerado de pisos bajos, apartamentos y casas blancas que se abren, pendiente abajo, a una preciosa cala, uno de cuyos extremos vigila y cierra un enorme acantilado de color oscuro al que, si se le echa un poco de imaginación, nos recuerda vagamente el perfil de una cabeza humana. Habíamos decidido visitar este enclave por recomendación de unos amigos, José Luis y Alfonsi, que veraneaban con cierta frecuencia aquí. Era ya una hora prudencial para tomarse una cerveza ya que las agujas del reloj habían sobrepasado brevemente del mediodía. Nos sentamos en un chiringuito llamado LA BODEGUIYA,  en unos taburetes situados junto a un barril de vino decorado con motivos flamencos, que hacía las veces de mesa sobre la misma arena de la playa. Allí pedimos un par de cervezas muy frescas que nos sirvieron con premura acompañadas de unas aceitunas por las que pagamos cuatro euros, mientras disfrutábamos del encantador paisaje. Después de numerosas poses fotográficas, nos encaminamos de nuevo al coche para enfilar nuestros pasos hacia CARBONERAS, que distaba algo más de treinta kilómetros desde Las Negras. Habíamos planificado almorzar en esta localidad veraniega almeriense con un núcleo importante de población en relación con el resto de los municipios de la zona. El nombre de Carboneras nos retrotrae al pasado fundacional de la localidad. En efecto, la industria carbonera fue uno de los motivos por los que se fundó la localidad. Los escarpados montes que hoy rodean la ciudad fueron en su día frondosos bosques de encinas y de otras especies de árboles mediterráneos. La actividad industrial que se inició en el siglo XVI terminaría con esta biodiversidad vegetal.  Otra de las razones por las que surgió Carboneras fue eminentemente defensiva. El rey Felipe II cedió en 1559 el municipio como señorío al marqués del Carpio. Por aquellos años, la costa andaluza, especialmente la almeriense por su lejanía y aislamiento era la puerta de entrada preferida por los piratas berberiscos en sus razias. La zona, a su vez, vivía una prolongada y desasosegante inestabilidad social como consecuencia de las revueltas moriscas. El marqués del Carpio levantó el CASTILLO DE SAN ANDRÉS para defender la zona precisamente contra los ataques berberiscos y la sublevación morisca. Aparcamos en una de las calles perpendiculares al paseo marítimo, por donde deambulamos con aparente calma buscando un local que nos agradara donde sentarnos a comer. Dado que no encontramos nada que nos atrajera, decidimos alejarnos del paseo marítimo y adentrarnos por las calles interiores de la localidad. Llegamos, recorriendo la calle Colón hasta toparnos con el BAR CASTILLO, típico bar de pueblo, tranquilo, con pocos clientes, situado en la calle Nueva, frente al castillo de esta localidad. Pedimos sólo cerveza, pues había que conducir después; Concha, una clara, y yo unas botellas de Mahou. Comimos a base de tapas, todas muy variadas y caseras: unas excelentes albóndigas sobre una cama de tomate y pimientos fritos, tanto que repetimos; también nos apuntamos a probar los callos, las patas de calamar –muy abundantes para ser una tapa–, el lomo, la palometa –bastante buena– y un nuevo pescado llamado “gallo pedro” de carne prieta y de sabor muy agradable. Total, once euros. Los dos alucinamos un poquito por el precio pagado, tanto que le preguntamos a la camarera si no se había equivocado al elaborar la cuenta. Con el estómago lleno, decidimos dar un paseo por las calles de la localidad para bajar un poco la comida. Subimos por la calle Sacritía –curioso nombre por la pérdida de la “s”– hasta llegar a la IGLESIA DE SAN ANTONIO DE PADUA, templo de finales del siglo XVIII, de estética sencilla y andaluza. Poco después volvíamos de nuevo al paseo marítimo donde buscamos una cafetería donde tomar algún café que nos despejara de la opípara comida que habíamos degustado. Y así fue como nos topamos con la HELADERÍA MIRA, en cuya terraza nos sentamos. Pedimos un té frío –Concha no quiso beber nada– y un par de helados que degustamos tranquilamente frente al mar. 

Poco después, volvimos de nuevo al coche y nos dirigimos hacía la última etapa de nuestro viaje, ya de regreso a nuestro hotel: NÍJAR, localidad archiconocida mundialmente por ser el lugar donde se desarrolla la trama de la obra teatral de Federico García Lorca, Bodas de sangre. De la visita poco podemos contar, ya que recorrimos algunas de las calles del pueblo sin bajarnos del coche, que dejamos aparcado cerca de la placita que se abre entre la IGLESIA DE SANTA MARÍA DE LA ANUNCIACIÓN, una edificación del siglo XVI levantada con doble finalidad religiosa y defensiva, muy modificada con las sucesivas reformas llevadas a cabo con el paso de los siglos, y el AYUNTAMIENTO. Dio la casualidad de toparnos con un entierro al llegar a la iglesia, circunstancia que nos desvió de la visita al templo por respeto al fallecido y su familia. Sí observamos con curiosidad una bombona de butano colgada en la fachada de una casa cercana a la iglesia y que no era más que un signo publicitario más del distribuidor oficial de Repsol del pueblo. Consumada la visita, volvimos de nuevo al coche del que ya no bajamos hasta llegar a la plaza de la Catedral en torno a las seis y media de la tarde, lugar donde se encontraba el HOTEL CATEDRAL donde dormiríamos esa noche. Bajamos de nuevo las maletas, que permanecieron en la recepción hasta que regresé del cercano aparcamiento del hotel. Para entonces nos habían adjudicado la habitación 27, desde la que era visible la plaza catedralicia y la céntrica calle de Eduardo Pérez. La estancia era bastante amplia, estando presidida por una cama de dimensiones considerables, sobre una paredes en las que predominaba el color blanco. Curiosamente –era la primera vez que lo veíamos en un hotel– la televisión plana que había en la habitación podía funcionar también como monitor de ordenador, pues tenía esa doble función. Nos duchamos y descansamos un rato, haciendo hora para salir a dar un pequeño paseo por los alrededores de la catedral, mientras hacíamos hora para la cena a la que estábamos invitados por deferencia del hotel. Así, en torno a las nueve de la noche, nos sentamos en una de las mesas que conformaban la terraza del establecimiento hotelero ubicada prácticamente junto a los muros de la catedral almeriense. Nuestra cena-regalo a base de tapas nos la ofrecía la dirección del hotel como compensación del lío que habíamos tenido con la reserva de la estancia. Una vez ubicados en nuestra mesa, comenzamos a degustar las siguientes tapas dobles: montadito de tomate raf con boquerones y rulo de cabra, carpaccio de presa con virutas de parmesano, ajoblanco con bocadito de gallo pedro en pasta brik y solomillo de bellota con trixar y queso de crema. Una vez que finalizamos las tapas, nos sirvieron una degustación de postres a compartir, todo ello regado con tres bebidas por cabeza y una copa de cava. Una vez finalizamos la cena, decidimos volver a caminar un rato para hacer hueco y poder tomarnos una última copa en la cafetería del hotel antes de irnos a dormir. A eso de las once, estábamos sentados en una mesa ubicada en un rincón del interior del local –el fresco ya comenzaba a dejarse notar– tomando un gin-tonic de Martin Miller con Fever Tree y una infusión de manzanilla que fue lo que le apeteció beber a Concha. Poco después subíamos a nuestra habitación para descansar después de un largo día. 


ALMERÍA: TERCER DÍA

Nuestro tercer día por tierras almerienses nos recibió con una temperatura bastante agradable y un cielo azul eléctrico que, visto a través de la balconada de la habitación del hotel, invitaba a salir a disfrutar del momento. Concha, como otras tantas veces, prefirió quedarse a dormir un poco más, mientras que yo, como siempre, salía por la puerta del hotel cuando el reloj marcaba algo más de las siete de la mañana, tratando de aprovechar el tiempo y dar una vuelta por la ciudad, por todos aquellos espacios y lugares que no habíamos visitado y que yo consideraba interesantes. Minutos después, tras tomarme un café con leche en un bar cercano al hotel, me dirigí en primer lugar hacia la llamada PUERTA DE LA VEGA, un pequeño espacio ajardinado muy cerca de la amplia, hermosa y arbolada avenida de Federico García Lorca, en una de cuyas esquinas estaba ubicada la figura esquemática de uno de los símbolos definitorios de la ciudad y provincia: el INDALO, una figura rupestre del Neolítico tardío que se encuentra en el Abrigo de Las Colmenas, Vélez-Blanco. Representa a una figura humana con los brazos extendidos y un arco sobre sus manos, si bien su significado no ha sido aún esclarecido de forma definitiva. El Indalo se ha considerado como un símbolo de buena suerte durante siglos en la provincia de Almería, siendo a la vez el símbolo más representativo todo lo almeriense. Continué por la avenida en dirección al puerto disfrutando de las numerosas esculturas que se prodigaban a un lado y a otro. Así el MONUMENTO A LOS DONANTES DE SANGRE, obra del escultor Rodrigo Valero, inaugurada en 2003. Un poco más abajo, dos esculturas de Miguel Moreno, una a cada lado del paseo central de la avenida que, bajo el nombre de EL SALUDO, representan a un hombre y una mujer saludándose. Muy cerca se encontraba otra estatua, de nombre LA CARIDAD, con la que la ciudad quiere homenajear a las víctimas de las inundaciones de 1894, a través de la imagen de una mujer con sus dos hijos abrazados a ella. Es obra de Luis Fernández Cortés. Desde aquí pasé a la rectangular plaza de las Velas, precioso espacio ajardinado con primor en cuyo centro se ubica el OBELISCO DE LA RAMBLA, otro de los iconos de la ciudad incorporados recientemente, y en uno de sus extremos la llamada FUENTE DE LOS CIENTO TRES PUEBLOS, separada en dos zonas por un puente de madera; una de las zonas cuenta con dos hileras de chorros, y la otra con varias circunferencias de chorros sumando un total de 103 como representación de la cantidad de pueblos de la provincia de Almería. Y casi sin darme cuenta me encontré en el PUERTO, remodelado recientemente, en uno de cuyos laterales viene a morir el CABO INGLÉS, un antiguo cargadero de mineral, ejemplo de la arquitectura del hierro. Su construcción concluyó en 1904, y unía la estación de ferrocarril con el puerto. Casi pegado a este trozo de historia de la ciudad, en un lateral del parte de las Almadrabillas se ubica la escultura ONDULACIÓN, obra de Rosa Serra, regalo a la ciudad de Juan Antonio Samarach, que fue presidente del Comité Olímpico Internacional, con motivo de la celebración de los Juegos del Mediterráneo del año 2005. En la misma zona, bajo la estructura de hierro del Cabo Inglés, se encuentra ubicado el MONUMENTO A VÍCTIMAS ALMERIENSES DE MAUTHAUSEN, obra de la almeriense Mariángeles Guil, donde a través de la presencia de ciento cuarenta y dos pilares, uno por cada una de las víctimas almerienses en este campo de concentración nazi, forman un bosque de columnas alegórico de la permanencia, de la lucha y del sufrimiento de estos almerienses en la memoria de sus paisanos. 

Finalizada la visita a esta zona de la ciudad, me dirigí hacia el Parque Nicolás de Salmerón, pasé por delante de la estética fachada del GRAN HOTEL ALMERÍA que se abre hacía el puerto. Casi enfrente, una escultura en acero cortén denominada PUERTA DE ALMERÍA, que representa una puerta de coral rojo característico de los arrecifes que hay en la isla de Alborán. Un poco más adelante, me topé con la FUENTE DEL REMERO y aún un poco más, la elegante FUENTE DE LOS DELFINES, que en ese momento se encontraba seca y con bastantes síntomas de suciedad. Giré a mi derecha por la calle Arapiles hasta pasar por delante de la SUBDELEGACIÓN DEL GOBIERNO. Ni que decir tiene que las calles, dado el carácter festivo del día y lo relativamente temprano de la hora, se encontraban casi vacías. Tras caminar un buen trecha llegué a la plaza Pablo Cazard, pequeño espacio urbano donde se miran frente a frente, por un lado, el TEATRO CERVANTES y, de otro, la sede de la CONFEDERACIÓN DE ESCUELAS DE ARTES PLÁSTICAS Y DISEÑO, ubicada en un edificio de dimensiones considerables. También aquí es visible una de las cabinas de salida de los Refugios de la Guerra Civil, que visitaríamos un poco más tarde. A la vuelta de esta Escuela de Arte, se localiza el SANTUARIO DE LA VIRGEN DEL MAR, que forma parte del complejo CONVENTO DE SANTO DOMINGO, ubicado en la plaza de la Virgen del Mar. Al exterior, la fachada de los pies presenta en el centro una portada de cantería, que marca un hueco trilobulado en su parte superior. Ésta se completa con unos laterales en resalto y un piñón en el remate. La fachada de poniente es de construcción sencilla, en ella se abre la puerta lateral enmarcada por molduras. En el interior,  presenta planta de cruz latina con tres naves en el brazo mayor, articuladas en tres tramos. Continué el paseo por la calle Gravina donde me encontré con una casa de dos plantas pintada en su totalidad de color rosa y que como es de suponer, se la conoce como la CASA ROSA, un edificio centenario que nos ofrece una fachada decorada con variados elementos, destacando entre otros un azulejo con una imagen del Señor Cautivo de Medinaceli. No faltan los faroles. Continué mi deambular matutino hasta llegar a la recoleta plaza Bendicho para contemplar el BUSTO A CELIA VIÑAS,  educadora y poetisa nacida en Lérida y fallecida en Almería. Cerrando un lateral de la plaza destaca la elegante fachada de la CASA DE LOS PUCHE, del siglo XVII, sin duda, el ejemplar más importante de vivienda señorial burguesa de los siglos XVI a XVIII conservado en la capital almeriense. La fachada presenta un vano central bajo arco de medio punto y clave resaltada sobre la que aparecen las armas heráldicas de los dueños de la casa. Encuadran el conjunto dos colunas toscanos exentas de fuste acanalado. Seguí hasta llegar al BUSTO DE FEDERICO GARCÍA LORCA, que vivió en esta ciudad durante tres años en su niñez. El busto de ubica en la plaza Maestro Rodríguez Espinosa, que precisamente fue el maestro de Lorca durante su estancia en Almería de 1906 a 1909. En esta misma plaza, se encuentra la casa donde residió durante estos tres años. Desde una esquina de esta plazuela es visible parte del ábside de la catedral. Mis pasos me llevaron por la calle Braulio Moreno hasta al REAL HOSPITAL DE SANTA MARÍA MAGDALENA. Se crea a instancias del obispo Fray Diego Fernández de Villalán en el año 1489, sustituyendo al antiguo Hospital Viejo de la Almedina, que se encontraba entonces en muy malas condiciones. Su portada, flanqueada entre pilastras jónicas acanaladas con guirnaldas que soportan un entablamento donde se apoya un balcón central es de una gran belleza. A escasa distancia también es agradable la vista de la fachada de la IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA, que se encontraba cerrada en ese momento, dada la hora que era. Fue levantada hacia el último cuarto del siglo XVII en el solar de la que fue mezquita mayor de la ciudad durante el dominio musulmán y después primera catedral. En el exterior destaca el almohadillado de la fachada y la portada, flanqueada ésta por medias columnas fajeadas que sostienen un frontón triangular partido y rematado del escudo del obispo Portocarrero. Se trata de un gran ejemplo de portada manierista. En este punto comencé el camino de regreso al hotel para recoger a Concha y continuar las visitas que teníamos planificadas para esa mañana. Previamente, paseé por la calle Bailén, nombre que tan grato recuerdo me traía. Al llegar a la plaza de la Catedral me entretuve un rato fotografiando aquellos pequeños detalles que atraían mi atención, fundamentalmente los motivos decorativos de la fachada principal del edificio catedralicio. También tuve la deferencia de fotografiar la estatua del obispo almeriense DIEGO VENTAJA MILÁN, asesinado al comienzo de la Guerra Civil. 

Concha ya me estaba esperando y había desayunado en el hotel. Pocos minutos después de las diez de la mañana nos echamos de nuevo a la calle y nos dirigimos hacia la IGLESIA DE SAN PEDRO que formaba parte del antiguo Convento de San Francisco. Al exterior, el templo presenta una fachada a los pies con un cuerpo central entre torres retranqueadas. En su interior –se celebraba la misa en ese momento y había numerosos fieles– presenta tres naves con bóvedas sobre pilares de orden jónico y coro a los pies. Seguimos camino hacia la plaza de las Flores, donde se encontraba el hotel en el que habíamos dormido la primera noche y, como no, la ESTATUA DE JOHN LENNON, con la que volvimos a hacernos nuevas fotografías. Desde allí nos dirigimos nuevamente a la PUERTA DE PURCHENA, pasando y visitando la IGLESIA DE SANTIAGO, fundada en 1494 por los Reyes Católicos, cinco años después de la reconquista cristiana de la ciudad. Destaca un relieve de Santiago Matamoros en una de sus portadas. En la Puerta de Purchena destaca sobre el resto de los edificios la conocida como CASA DE LAS MARIPOSAS, un edificio atractivo porque acumula múltiples valores: a nivel histórico es un testigo de la historia de la ciudad en el siglo XX y el relato de una saga familiar, sus propietarios originales, los Campos; a nivel arquitectónico es uno de los mejores ejemplos de la tipología arquitectónica de bloque plurifamiliar burgués; y en lo simbólico su torre mirador en la esquina con sus famosas mariposas es un icono urbano de la ciudad. Atravesamos el entramado urbano de la Puerta y nos acercamos a la plaza de San Sebastián, espacio trapezoidal presidido por el templo del mismo nombre, IGLESIA DE SAN SEBASTIÁN, levantada en el solar de una antigua mezquita. El edificio actual se construyó en 1673. Presidiendo el altar mayor encontramos la talla del Cristo del Amor, crucificado tallado por el polifacético artista almeriense Jesús de Perceval. También en esta plaza se encuentra una escultura de proporciones considerables por nombre LA ESPERA, realizada en bronce patinado por Francisco Javier López Huecas en 2008. Retrata a una mujer de cierto peso y elevados años dedicada a las labores domésticas en actitud de descanso. Llegados hasta aquí, desandamos parte de lo recorrido y nos dirigimos a la entrada de la última visita que teníamos planificada a las once de esa mañana: los REFUGIOS DE LA GUERRA CIVIL. Era la primera vez que visitábamos un espacio de estas características y de tan infausto recuerdo. Llegamos puntuales al punto de acceso ubicado en un lateral de la Puerta de Purchena, un cubículo acristalado en cuyo interior validamos las dos entradas que habíamos adquirido al precio de cuatro euros y nos sentamos en unos de los múltiples asientos a la espera del guía del grupo de personas que en ese momento se encontraban allí. Almería, aunque no vivió directamente la Guerra Civil iniciada en 1936, sí sufrió los efectos de los ataques desde el aire y desde el mar: 52 bombardeos que persiguieron objetivos militares , estratégicos e incluso civiles. En este contexto bélico, los ciudadanos almerienses deciden emprender la construcción de refugios subterráneos y colaborar activamente en su ejecución para protegerse de las bombas en caso de alarma. Desde octubre de 1936 hasta la primavera de 1938, se construyeron más de cuatro kilómetros y medio de galerías subterráneas, a nueve metros de profundidad con más de sesenta accesos para albergar a casi treinta y cinco mil almerienses. Se pensó en todo. En la ventilación con tubos de uralita de 100 milímetros de diámetro ubicados junto a las bocas y que resistiera el lanzamiento de granadas de mano; en la colocación de entrantes y salientes que evitaran las avalanchas y, a su vez, hicieran de pantalla en caso de que estallasen granadas; en dos hilos de cobre para alimentar las bombillas que iluminaban los refugios; en una despensa que almacenase víveres en caso de necesidad; y hasta en la instalación de un quirófano para atender a los heridos. Una vez que la guerra termina, las bocas de accesos son cegadas y estos refugios no se volvieron a utilizar, pero las galerías han continuado dormidas, atravesando, como una espina dorsal, la ciudad de Almería. La visita, muy didáctica y magníficamente ambientada por el guía que nos tocó en suerte, duró casi una hora y nos puso la piel de gallina nada más que pensar cómo pudo resistir aquella gente hacinada en aquellos pasillos interminables. 

Finalizada la visita, nos dirigimos al coche, ya habíamos cargado con nuestro equipaje previamente, e iniciamos el camino de vuelta a Bailén. No obstante, y dado que aún nos quedaba toda la tarde por delante, decidimos hacer un alto en el DESIERTO DE TABERNAS para visitar para visitar el espectáculo y la reconstrucción de lo que sería un poblado del Oeste americano, último retazo del filón de películas de vaqueros e indios que se rodaron en esta zona en los años sesenta y setenta. Pero al llegar a la entrada del parque temático, un detalle que no habíamos tenido en cuenta nos quitó las ganas de seguir con esta visita. El precio de las dos entradas se subía a cuarenta euros, cantidad que no estábamos dispuestos a abonar. Lo pensamos mejor y nos dirigimos hacia el pueblo de Tabernas donde buscaríamos algún establecimiento para comer, dada la hora que era en esos momentos. Y lo encontramos en el bar que atiende la zona pública del denominado CÍRCULO DE AMIGOS DE TABERNAS, en la Glorieta de España. El local, de aspecto bastante cutre, lo atendía un muchacho diligente y con ganas de agradar. Entre otras tapas comimos huevas de maluca, lomo, tocineta, chopitos a la plancha, un patatón – rodaja de patata grande cocida y asada posteriormente, cubierta con una salsa de aceite, ajo y perejil–y una tapa de chorizo con sus respectivas cervezas –yo ya bebía sin alcohol por aquello de que nía que conducir–.  Total, pagamos nueves euros por todo. Salimos del local pensamos que habíamos aprovechado mejor el dinero que si hubiéramos entrado a ver el poblado vaquero. Llegamos a Bailén pasadas las seis de la tarde. El puente del Pilar había sido muy fructífero. 


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