Por fin íbamos a conocer esta parte de España que, unas veces por una cosa y otras por otra, siempre habíamos dejado de lado. Las dos principales ciudades de la Comunidad murciana nos esperaban con los brazos abiertos. Además, yo siempre previsor, iba a aprovechar para conocer en persona a Miguel, miembro de un maravilloso grupo de coleccionistas de monedas al que pertenezco y que este coordina a las mil maravillas. Para ello, íbamos a aprovechar un bono regalo que nos habían hecho Víctor y Ana un par de Navidades antes por pasar un fin de semana en el lugar de España que nosotros eligiéramos. Y fíjate qué casualidad que íbamos a aprovecharlo para dormir en San Pedro del Pinatar, localidad donde residía este amigo coleccionista.
Salimos de Bailén temprano, en torno a las seis de la mañana, siendo noche cerrada. Trescientos setenta kilómetros –que recorrimos con un tráfico fluido y sin problemas– nos separaban de la capital murciana donde llegamos en torno a las diez de la mañana. Habíamos reservado una habitación en el HOTEL ZENIT, un tres estrellas situado en la céntrica plaza de San Pedro presidida por la iglesia del mismo nombre, muy cerca de la popular plaza de las Flores. El hotel había sido renovado recientemente con cierto estilo con predominio de los tonos rojizos. El precio que abonamos por dormir fue de 45 euros. La habitación nos satisfizo completamente: amplia, limpia, con paredes enteladas en dos tonos claros y con una cama muy cómoda y amplia. Dejamos las maletas recogidas en el armario y en torno a las once abandonamos el hotel en dirección a la cercana catedral. El cielo estaba un poco enmarañado, no tenía un azul limpio, aunque la temperatura era agradable. Tomamos la calle Jara Carrillo y seguimos por Tomás Maestre para llegar a la plaza del Cardenal Belluga, también conocida como plaza de la Catedral, un espacio triangular presidido por la mole catedralicia en uno de sus lados, por el Palacio Episcopal en otro, por una serie de establecimientos de restauración en el extremo opuesto y, finalmente, el llamado EDIFICIO MONEO enfrente de la fachada principal de la catedral. Este inmueble ha sido la construcción reciente que más ha dado que hablar en la ciudad. Para algunos fue un acierto porque es bonito y en esa plaza no se podía hacer otra cosa más que “romper” con el clasicismo de las otras construcciones; para otros, es un edificio que no viene a cuento en ese lugar. Nosotros somos de la opinión de los primeros, aunque hay momentos en que la duda se apodera firmemente de nuestra valoración. Y fue en la terraza de este edificio situada en un nivel más baja que la plaza, el BAR AYUNTAMIENTO, donde decidimos hacer un alto para desayunar. Pedimos una infusión de manzanilla para Concha, un café con leche para mí y sendos bocadillos de jamón, que nos resultaron muy apetitosos. Completado el ágape, nos dirigimos hacia la fachada principal de la CATEDRAL para disfrutar de sus cincuenta y cuatro metros de altura. Construida en la primera mitad del siglo XVIII, está considerada como una de las más importantes del barroco. Fue concebida como una fachada-retablo, donde veinte santos, tres arcángeles, un ángel de la guarda y los misterios de la Virgen dan forma a esta representación visual de la ciudad del Dios vivo. Consta de tres puertas de acceso, que definen las tres naves de la Catedral, y dos cuerpos de altura. La calle central, con la PUERTA DEL PERDÓN, está dedicada a Santa María, y rematada por el jarrón con azucenas, escudo del Cabildo y de este templo. Nos decidimos a entrar y nos sorprendió poder hacer sin abonar entrada alguna. Eso sí, para compensar esta gratuidad el templo se hallaba en penumbra, lo que dificultaba la realización de las fotos que hicimos. La nave central acoge el altar mayor y el coro. Este espacio sufrió un grave incendio a mediados del siglo XIX en el que no sólo se perdió el retablo, la sillería del coro y los órganos, sino que el fuego fue tan intenso que las vidrieras estallaron, a excepción del rosetón del brazo sur del crucero. Preside el Altar mayor un retablo neogótico, con la imagen de Santa María de Gracia en su camarín. El Altar mayor goza de la categoría de Capilla Real, ya que alberga el sepulcro con el corazón y las entrañas de Alfonso X el Sabio. Concluida la visita, salimos al exterior en la plaza de los Apóstoles, embellecida por la visión exterior de la Capilla de los Vélez, donde se abre la portada del mismo nombre, Aquí una oficina bancaria atrajo nuestra curiosidad, una oficina de La Caixa bajo el nombre de Banco de Murcia. La PORTADA DE LOS APÓSTOLES es la única del siglo XV que conserva la catedral. Está construida en estilo gótico flamígero y recibe su nombre de los cuatro personajes que encontramos a los lados del arco de entrada: San Andrés y San Pablo a la izquierda y Santiago y San Pedro a la derecha. Sobre ellos aparecen profetas y reyes del Antiguo Testamento y ángeles músicos. Remata la portada, el único rosetón que posee la Catedral. Desde allí nos dirigimos por la calle Oliver, rodeando la catedral, hasta llegar a la plaza de Hernández Amores, en cuyo centro se eleva una esbelta cruz de mármol, se tiene una visión excelente de la torre catedralicia y se encuentra otra de las puertas de acceso al interior: la PORTADA DE LAS CADENAS, una de las primeras obras renacentistas de la península. Fue concebida como un gran arco triunfal que homenajea a la Monarquía Hispánica. Entramos por esta portada de nuevo a la catedral, la atravesamos y volvimos a salir de nuevo por la Puerta de los Apóstoles para dirigirnos hasta la cercana calle de San Antonio donde se puede contemplar la sobria fachada del CONVENTO DE SAN ANTONIO. Desde aquí, vuelta de nuevo sobre nuestros pasos para dirigirnos a través de la calle Trapería hasta el REAL CASINO con una fachada primorosa. Es un edificio singular desde el punto de vista arquitectónico. Su construcción comenzó en 1847 y es una mezcla de las distintas corrientes artísticas que coexistieron en la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX en España. Accedimos a su interior, abonamos seis euros por dos entradas acompañada de sendas audioguías y comenzamos la visita. Traspasada la puerta de entrada y un pequeño vestíbulo neobarroco se accede al PATIO ÁRABE, cuya espectacular decoración de estilo neo nazarí requirió más de veinte mil láminas de pan de oro para su encofrado. Cabe señalar también la BIBLIOTECA, en la que destaca su tribuna superior de maderas talladas, sustentada por ménsulas de fundición que representan flamencos y el contiguo tocador de señoras que está decorado con frescos de alegorías femeninas de la diosa Selene, pintadas en el techo. Por otro lado, el SALÓN DE BAILE, la dependencia más conocida de los murcianos, es de estilo neobarroco. Las valiosas pinturas que lo embellecen -cuatro matronas entre nubes- representan la Música, la Escultura, la Pintura y la Arquitectura, Además, sus cuatro medallones representan a los hijos ilustres de Murcia: Romea, Salzillo, Floridablanca y Villacís. También hay que destacar el salón de billar, y dos salones de tertulia con enormes ventanales con vistas a la calle Trapería a los que los locales, con el fino humor que les caracteriza, apodaron “las Peceras”. Finalizada la visita, abandonamos el Casino y nos dirigimos hacia la calle Marín Balbo, vía que presenta una notable curvatura en la que se encuentra el PALACIO DE LOS FONTES, del siglo XVIII con una bellísima portada, que conforma un conjunto muy original junto con el anexo PALACIO DE PACHECO, este con una atractiva portada renacentista del siglo XVI. Dada la hora que era, pasaban ya algunos minutos de las dos de la tarde, decidimos hacer un alto para un refrigerio ligero. Nos decantamos por el mismo local en el que habíamos desayunado, el BAR AYUNTAMIENTO, ubicado en los bajos del Edificio Moneo de la Plaza del Cardenal Belluga, porque nos había dado una buena sensación, se notaba que tenía una muy abundante clientela y los precios no resultaban demasiado excesivos. Unas cervezas y una copa de vino junto con sendos bocadillos de lomo y una generosa tapa de tortilla de patatas fue nuestro frugal almuerzo. No queríamos cargar mucho de comida el cuerpo para poder continuar nuestra visita por la tarde. De vuelta a la plaza de la Catedral, nos detuvimos unos momentos para contemplar la belleza global de la enorme fachada del PALACIO EPISCOPAL, en cuya construcción colaboraron varios maestros canteros venidos de las obras catedralicias. Es un magnífico ejemplo del estilo rococó, de planta cuadrada, entre italiano y francés de sobrios volúmenes y delicada gracia decorativa, evidente en sus bellas portadas. Con la sombra permanente de la maravillosa fachada catedralicia, atravesamos por la calle del Arenal hasta la Glorieta de España, espacio relajado y bellamente ajardinado donde se encuentra la fachada principal del AYUNTAMIENTO. La Casa Consistorial presenta una portada de cuatro grandes columnas corintias soportando un frontón que dota de mayor importancia al balcón principal. Encima del balcón hay un gran escudo de la ciudad escoltado por las estatuas de dos musas. En el centro del frontón se encuentra el reloj de la ciudad, con un carrillón que al dar las horas y las medias interpreta melodías típicas de Murcia. También a esta glorieta da la fachada trasera del Palacio Episcopal que presenta una elegante portada barroca. En uno de sus extremos se encuentra la ESCULTURA DEL CARDENAL BELLUGA, religioso y estadista, fue el organizador de tropas y defensor del rey Felipe V y la causa borbónica, por lo que desempeñó diversos cargos importantes, entre ellos el de capitán general de Murcia. En el otro extremo de la plaza que parece ser, o al menos da la impresión, una especie de globo terráqueo o esfera armilar de nombre CARPE DIEM. Muy cerca otra escultura de bronce rinde HOMENAJE AL NAZARENO, cuyo autor desconocemos. Salimos de la glorieta y nos acercamos al río Segura, en cuyo cauce orillada vimos una escultura gigante de un sumergido en sus aguas llamada la SARDINA ENCALLADA, con la que los murcianos rinden homenaje al popular Entierro de la Sardina del Carnaval. Continuamos camino por la orilla del río y pasamos por delante de la exquisita fachada del PALACIO AMUDÍ, edificio de comienzos del siglo XVII, destinado al almacenaje de grano procedente de los diezmos. En la actualidad se ha convertido en un centro interesante de exposiciones. De hecho, decidimos entrar para visitar una muestra de Lidó Rico – HISTOIRES DES HOMMES VOLANTS– que nos resultó bastante curiosa y bonita. Contiguo a este palacio destaca un lienzo de la muralla árabe. Continuamos por el MERCADO DE VERÓNICAS, sito en la calle del mismo nombre, vía en la que es posible ver nuevos restos de la antigua muralla de la ciudad. Desde aquí nos dirigimos hacia el BANCO DE ESPAÑA, situado en la Gran Vía del Escultor Francisco Salzillo. Muy cerca, una escultura HOMENAJE A PACO RABAL, actor murciano de fama mundial reconocida, situada en un pequeño ensanche de la calle Fernández Ardavin. Finalmente llegamos hasta la plaza de Julián Romea donde se encuentra el TEATRO ROMEA, que homenajea al célebre actor murciano Julián Romea. Y en este punto, algo más de las ocho de la tarde/noche, decidimos volver al hotel. Nos duchamos, nos cambiamos de ropa y de nuevo nos echamos a la calle dispuestos a tomar algo para cenar. Anduvimos poco ya que prácticamente a la vuelta de la esquina nos detuvimos en el BAR GRAN RHIN. Picamos algunas tapas de ensaladilla servidas en una especie de rosquilla alargada de pan que servía de recipiente a la vez para sostener la tapa, regadas generosamente con cerveza, Después fuimos a tomar otra cerveza a la concurrida plaza de las Flores, en el bar LA TAPA, en cuya cartelería anunciaba sus tapas estrella: la marinera, la bicicleta y el marinero. Ante mi cara de extrañeza, un diligente camarero me lo aclaró al momento: la marinera lleva anchoa, la bicicleta solo ensaladilla rusa y el marinero sustituye la anchoa por boquerón en vinagre. Probamos las tres. Concluida la cena, nos dimos un paseo relajante por el entorno de la catedral, bellamente iluminado. Regresamos al hotel sobre las diez y media de la noche.
Nos levantamos temprano y recogimos la habitación. Abonamos el hotel y llevamos la maleta al coche que se encontraba aparcado en la cercana plaza de San Julián. Nos montamos y nos dirigimos al entorno del MUSEO SALZILLO situado en la calle Dr. Jesús Quesada Sanz. Aparcamos el coche en la plaza de San Agustín, frente a la ubicación del museo y como era temprano y este se encontraba cerrado, recorrimos la calle de San Andrés buscando algún bar o cafetería donde desayunar. El primero que nos encontramos fue el CAFÉ DE ALBA. Sendos cafés con leche y un par de medias tostadas de aceite y tomate nos espabilaron lo suficiente como para encaminarnos diligentemente hacia el museo compuesto por la unión de dos iglesias contiguas, la IGLESIA DE JESÚS y la de la VIRGEN DE LA ARRIXACA. La plaza de San Agustín, amplio espacio ajardinado que sirve de esparcimiento a los vecinos del barrio. En un lateral de la misma hay una ESCULTURA DE UN ÁNGEL, donado a la ciudad con motivo del III centenario del nacimiento del ilustre imaginero murciano. Pagamos seis euros para poder acceder al interior del museo El complejo museístico combina, por un lado, la iglesia de Nuestro Padre Jesús, construcción barroca del siglo XVII, y por otro la arquitectura vanguardista del nuevo edificio dedicado al escultor. Salzillo trasformó estructuras de madera y policromía en lecciones de emoción y sentimiento. Obras como La Última Cena, La Dolorosa, San Juan o La Oración del Huerto entre otras, se pueden admirar en su enclave original, el templo, escenario ilustrado con hermosas pinturas murales del siglo XVIII, que sirven de marco perfecto para la contemplación de las escenificaciones escultóricas. Otro de los tesoros del museo es el llamado Belén de Salzillo: una obra en la que, a través de sus quinientas cincuenta y seis figuras, inmortalizó la Murcia del siglo XVIII. Gracias al virtuosismo y la extrema calidad manifestados en su ejecución, el espectador queda imbuido en la atmósfera de la época. Las fisionomías, los personajes, las formas de vestir, los oficios y el gran realismo de sus gestos y expresiones, se unen y muestran al visitante un espectáculo visual difícil de olvidar. Finalizada la visita, cuando eran algo más de las doce de la mañana, enfilamos dirección a CARTAGENA, ciudad que dista de la capital murciana unos cincuenta kilómetros de buen firme y magnífica autovía. Allí nos esperaba el Hotel Los Habaneros, donde pernoctaríamos esa noche.
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